antes del principio2010JoeTammy11-217x300Por Joseph Tkach

La doctrina de la Trinidad lleva con nosotros más de mil seiscientos años. La mayoría de los cristianos consideran que es uno de los aspectos de su fe “dados por sentados” y no piensan mucho sobre él.  El teólogo J. I. Parker notó que la Trinidad se considera una pequeña rama del “tronco teológico” al que nadie le presta mucha atención.[1]

Cualquiera que sea tu nivel de comprensión de la doctrina de la Trinidad, de una cosa puedes estar seguro: El Dios Unitrino está permanentemente comprometido a incluirte en la maravillosa relación de la vida del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Comunión

La doctrina de la Trinidad enseña que no hay tres dioses, sino solo uno, y que Dios, el único verdadero Dios, el Dios de la Biblia, es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Siempre ha sido difícil explicar con palabras este concepto. Pero vamos a tratar de hacerlo. Podemos decir que el Padre, el Hijo y el Espíritu habitan mutuamente el uno en el otro. Esto es, la vida que comparten interpenetra perfectamente.

En otras palabras, no hay tal cosa como el Padre separado del Hijo y del Espíritu. No hay tal cosa como el Hijo separado del Padre y del Espíritu. Y no hay Espíritu Santo separado del Padre y del Hijo.

Esto significa que cuando estás en Cristo estás incluido en la relación y gozo de la vida del Dios Unitrino.

Significa que el Padre te recibe y tiene relación contigo como lo hace con Jesús. Significa que el amor de Dios, demostrado de una vez para siempre en la Encarnación de Jesucristo, es el amor que el Padre ha tenido siempre por ti, incluso antes de que creyeras, y siempre lo tendrás.

Significa que Dios ha declarado en Cristo que le perteneces a él, que estás incluido, que tú importas. Esa es la razón por la que la vida cristiana es toda sobre el amor, el amor de Dios por ti y en ti.

Dios no nos hizo para estar solos. La humanidad fue creada a la imagen de Dios, como dice la Biblia (Génesis 1:27), fue hecha para relacionarse amorosamente, para tener comunión con Dios y los unos con los otros.

El teólogo sistemático Colin Gunton lo dijo así: “Dios es, como ‘precursor’ de su creación, una comunión de personas existiendo en relación amorosa”.[2]

La sorprendente y maravillosa relación compartida por el Padre, el Hijo y el Espíritu es la misma relación de amor dentro de la que nos coloca nuestro Salvador Jesús por medio de su vida, muerte, resurrección y ascensión como Dios en la carne.

Cohabitación mutua

Esta unión/comunión del Padre, el Hijo y el Espíritu le llamaron perichoresis los primeros padres griegos de la iglesia. Usaron la palabra para referirse a la cohabitación mutua.[3]

¿Por qué importa esto?  Porque es precisamente esa vida interior de amor en el Dios Unitrino lo que Dios comparte con nosotros en Jesucristo.

El teólogo Michael Jinkins lo describe de esta forma: “Por medio de la entrega propia de Jesucristo, por medio de desvestirse a sí mismo para asumir nuestra humanidad, Dios comparte su propia vida interior y comunión con nosotros, uniéndonos a él por medio del Verbo a través del poder del Espíritu Santo.  Así el Dios que es amor nos lleva a una participación real en su vida eterna”.[4]

¿Suena demasiado “teológico”? Vamos a hacerlo más simple: Como le dijo Pablo a los paganos en Atenas, en Dios “vivimos, y nos movemos, y somos” (Hechos 17:28). El Dios en el que vivimos, nos movemos y somos es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, existiendo el uno en el otro en amor y comunión perfecta. El Hijo se convirtió en humano para que nosotros los humanos pudiésemos unirnos en él en esa perfecta comunión de amor que él comparte con el Padre y el Espíritu. Todo esto lo  aprendemos de la propia revelación perfecta de Dios en Jesucristo, y atestiguado en las Escrituras.

“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto” (Juan 14:6-7).

“¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? …Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí…” (Juan 14:10-11)

“En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros” (Juan 14:20).

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti…” (Juan 17:20-21).

“Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:19-20).

La salvación fluye del amor absoluto de Dios, no de un intento desesperado por reparar los daños del pecado.

La salvación fluye del amor y la fidelidad absolutas de Dios por la humanidad, no de un intento desesperado por reparar los daños del pecado. El desprendido propósito de Dios por la humanidad existía antes de que el pecado entrara jamás en la escena (Efesios 1:4). Dios ha asegurado nuestro futuro. Al Padre, como Jesús dijo: “le ha placido daros el reino” (Lucas 12:32). Jesús nos ha llevado con él a donde está (Efesios 2:6).

Dios tiene el propósito de estar siempre con nosotros. Con todos nosotros: “Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:19-20). A menudo olvidamos esto, pero Dios nunca lo hace.

En su abrazo

abrazo jesusEn Jesucristo, por medio del Espíritu Santo, por la voluntad del Padre, nosotros, seres humanos mortales y pecadores, a pesar de nosotros mismos, somos mantenidos graciosa y amorosamente en el abrazo divino del Dios Unitrino.

Eso es exactamente lo que el Padre pretendió para nosotros desde el principio: “En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (Efesios 1:5-6).

La redención no empieza con el pecado humano sino con la naturaleza de Dios, su absoluto e inquebrantable amor por la humanidad. Por medio de la Encarnación del Hijo, convirtiéndose en uno de nosotros y haciéndonos uno con él, Dios nos incluye a nosotros, lo seres humanos, en el abrazo del amor abarcador del Padre por el Hijo y del Hijo por el Padre. Dios nos hizo por esta misma razón, para que en Cristo podamos ser sus hijos amados.

Esta ha sido la voluntad de Dios para nosotros desde antes de la creación: “…según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, …dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, …así las que están en los cielos, como las que están en la tierra” (Efesios 1:4-6, 9-10).

A través de la Encarnación expiatoria del Hijo, Jesucristo, los seres humanos están ya perdonados, reconciliados y salvados en Él. Se ha proclamado amnistía divina para toda la humanidad en Cristo.

El pecado que entró en la experiencia humana por medio de Adán no puede mantener su llama ardiendo ante la impresionante inundación de la gracia de Dios por medio de Jesucristo. “Así que”, escribió el apóstol Pablo, “como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Romanos 5:18).

¿Salvación universal?

¿Entrarán todos automáticamente en el gozo de conocer y amar a Dios, quizás incluso en contra de su voluntad? Tal cosa es en realidad una contradicción. Ya que es imposible que ames a alguien en contra de tu voluntad. Dios atrae a toda la humanidad a sí mismo (Juan 12:32), pero no fuerza a nadie a ir. Dios quiere que todos vengan a la fe (1 Timoteo 2:4), pero no obliga a nadie. Dios ama a todas las personas (Juan 3:16), pero no fuerza a nadie a amarle, el amor tiene que ser voluntaria y libremente dado, o no es amor.

La idea de la salvación universal es errada, ya que solo aquellos que confían en Jesús pueden amarle y experimentar el gozo de la salvación. Aquellos que no confían en él, que rechazan su perdón, o la salvación que ganó ya para ellos, sea porque no la quieren o simplemente porque no les importa, no pueden amarle y gozar de su compañerismo.

Para aquellos que consideran a Dios su enemigo, su amor constante por ellos es una grave y grotesca intrusión. Cuanto más son confrontados con su amor, más lo odian. Para aquellos que odian a Dios, la vida en el mundo de su Creador es el infierno.

Como C. S. Lewis dijo: “Los condenados, en un sentido, son rebeldes con éxito hasta el fin; para los que las puertas del infierno están cerradas en el interior”.[5]  O como Robert Farrar Capon explicó: “No hay pecado que puedas cometer que Dios, en Jesús, no haya perdonado ya. La única forma en la que puedes estar en problema continuo es rechazando el perdón. Eso es el infierno”.[6]

Siempre en su mente

mundo en sus manosLa doctrina de la Trinidad es mucho más que solo un credo para ser recitado o impreso en una síntesis doctrinal. La verdad bíblica central de que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, en realidad da forma a nuestra fe y a nuestras vidas como cristianos.

La sorprendente y hermosa relación compartida por el Padre, el Hijo y el Espíritu es la misma relación de amor en la que nos coloca nuestro Salvador Jesús, a través de su vida, muerte, resurrección y ascensión, como Dios en la carne (Juan 16:27; 1 Juan 1:2-3).

Antes de todos los tiempos el Dios Unitrino determinó llevar a la humanidad a la indescriptible vida, relación y gozo que comparten el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo como el único verdadero Dios (Efesios 1:4-10).

En Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, se nos ha dado la paz con el Padre, y en Jesús estamos incluidos en la relación y gozo de la vida compartida de la Trinidad (Efesios 2:4-6). La iglesia se compone de aquellos que ya han venido a la fe en Cristo, pero la redención se aplica a todos los seres humanos (1 Juan 2:1-2).

La brecha se ha cerrado, el precio se ha pagado. Está abierto el camino para la raza humana, como el hijo pródigo en la parábola, para que vuelva a casa.

La vida, muerte, resurrección y ascensión de Jesús son la prueba de la devoción total indudable del Padre a su amoroso propósito de incluir a la humanidad en el gozo y en la relación de la vida de la Trinidad. Jesús es la prueba de que el Padre nunca nos abandonará. En Jesús, el Padre nos ha adoptado y nos ha hecho sus hijos amados, y él nunca olvidará sus planes para nosotros.

Cuando confiamos en Jesús como lo más importante en nuestra vida, no es una confianza vacía. En él son perdonados nuestros pecados, nuestros corazones son hechos nuevos y somos incluidos en la vida que él comparte con el Padre y el Espíritu. La salvación es el resultado directo del amor y el poder siempre fiel del Padre, demostrado incontrovertiblemente por medio de Jesucristo, que se nos da por medio del Espíritu Santo.

No es nuestra fe la que nos salva. Es solo Dios el que lo hace: el Padre, el Hijo y el Espíritu. Y Dios nos da la fe, como un don, para abrir nuestros ojos a la verdad de quien es, y quienes somos nosotros como sus hijos amados. La palabra eterna y todopoderosa del amor e inclusión de Dios para ti nunca será silenciada (Romanos 8:32, 38-39). Tú le perteneces y nada en el cielo o en la tierra podrán cambiar jamás eso. ◊



[1] James Packer, God’s Words (Baker, 1998), Pág. 44.

[2] Colin Gunton, The Triune Creator: A Historical and Systematic Study (Eerdmans 1998),  Pág. 9.

[3] Circumincesio la palabra en latín equivalente a la griega perichoresis.

[4] Michael Jinkins, Invitation to Theology (InterVarsity, 2001), Pág. 92.

[5] C.S. Lewis, El Problema del Dolor (Collier, 1962), capítulo 8, Pág.127).

[6] Robert Farrar Capon, The Mystery of Christ (Eerdmans, 1993), Pág. 10.

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