Cuando se oye la voz de Dios


RINCÓN DE ESPERANZA

Cuando se oye
la voz de Dios

 Por Pedro Rufián Mesa
Al llegar Esperanza, Andrés, su oncólogo, había dejado abierta la puerta de su despacho, que daba a la sala de su enfermera ayudante, como siempre hacía, por razones de ética cristiana, cuando la paciente era una mujer. La enfermera sabía que tenía que avisarle cuando acabara su jornada de trabajo, no porque el doctor quisiera controlar su horario, sino porque no deseaba quedarse solo en la consulta con una mujer sin que ella estuviese.
La primera vez que le dijo esto a su enfermera le pareció un poco extraño, pero después de que le explicara que, además de médico, era cristiano evangélico y pastor lo comprendió y le empezó a parecer lógico y congruente aunque un poco extraño.
Ella empezó a interesarse por el cristianismo después de haber tenido más de una conversación con Andrés a raíz de esa explicación sobre su ética profesional cristiana. Ahora estaba preparándose para el bautismo en una iglesia evangélica cercana a su domicilio.
 El tratamiento
               Andrés continuó diciéndole a Esperanza: “Si no hay inconveniente de tu parte creo que en dos semanas podrás empezar el tratamiento. Es conveniente que empecemos a contrarrestar el mal cuanto antes”.
Esperanza casi lo interrumpió para preguntarle: “Doctor, he escuchado que la agresividad del cáncer es mayor en las personas más jóvenes que en las mayores, ¿es eso así?“. “Normalmente, y por regla general, es así. Como sabes, el cáncer es una enfermedad celular, y las células son mucho más activas en las personas jóvenes que en las de más edad”.
Al ver como le cambiaba el semblante a Esperanza el doctor continuó de inmediato, tratando de animarla: “Pero también es cierto que cuando se es joven como nosotros, las energías, la capacidad y las ganas de luchar por sobrevivir son también mucho más grandes que en una persona mayor. Y además, ahora que estás empezando a oír la voz de Dios y a creer en él, tienes al mejor aliado de tu lado. No te olvides de eso”.
La luminosidad de una esperanza renovada transformó de nuevo el rostro de ella, e hizo un pequeño gesto deseando preguntar algo. Andrés, que se percató de ello se calló de inmediato.
“Andrés, ¿significa eso que puedo pedirle a Dios que me cure el cáncer, como cuando la otra noche le pedí que me ayudara a descansar y a tener tranquilidad en mi mente?”.
               “Sin duda. Dios es el Todopoderoso. No hay nada que él no pueda hacer”.
Mientras hablaba, Andrés alargó su mano para coger la Biblia que tenía en uno de los cajones de su escritorio y mirando fijamente a Esperanza le dijo: “Mira lo que dice Jesús aquí en Mateo 19:26 ‘…más para Dios todo es posible’. A Dios le puedes pedir todo lo que necesites o desees, pero tienes que ser consciente de que él es absolutamente soberano. Nos concede aquello que sabe es lo mejor para que  se haga realidad en nuestras vidas su plan espiritual para nosotros”.
“Así que puedo pedirle que me ayude a curar del cáncer, especial-mente ahora que te he conocido a ti y me puedes guiar en mi recién iniciada relación con él. Tengo muchas incógnitas y preguntas en mi mente y desconozco todo lo que puede ser la voluntad de Dios para mí. Hasta ahora he vivido la mayor parte de mi vida de espaldas a él. Por ello no sé si contestará a mis oraciones”.
Esperanza hizo una pausa esperando de Andrés algunas respuestas.
“¡Por supuesto que puedes pedirle que te sane del cáncer!  Yo creía que lo habías empezado a hacer ya como te reté a que lo hicieses hace dos semanas. Una vez más quiero que sepas que, como pastor, estoy aquí para ayudarte a que encuentres en la Palabra de Dios las respuestas a tus preguntas y para que vayas conociendo la voluntad de Dios para tu vida. Como tu doctor, también estoy aquí para ayudarte a luchar la batalla contra el cáncer. Aunque se espera que con esta nueva quimioterapia los efectos secundarios sean menos desagradables, deseo que sepas que aún así perderás esa preciosa melena negra que tienes, perderás el apetito y sufrirás nauseas”.
Esperanza hizo una mueca de desagrado y dijo: “Ninguna lucha es agradable mientras se está en el fragor de la batalla, pero si se vence la dulzura de la victoria hace olvidar pronto los sufrimientos de la contienda. Esa es mi mentalización para el tratamiento. A propósito, muchas gracias por el piropo a mi melena”.
El doctor se ruborizó ligeramente pensando que quizás no debió haber hecho ese comentario. Pero sentía que Esperanza era atractiva, inteligente y de una conversación educada y agradable. 
Ella pensó que el comentario de Andrés le daba pie para hacerle una pregunta más íntima.
 La pregunta más íntima
               No sabía como  preguntarle por su estado civil. Sería casado, o estaría divorciado o soltero. El  comentario sobre su melena había incrementado su interés. Se llenó de valor y, con sus armas de psicóloga, empezó a construir el puente que la llevara al lado que deseaba: “Incluso con mi profesión, donde más de una vez me ha tocado aconsejar a personas en situaciones difíciles, es duro hacer frente a esta lucha estando sola, como lo estoy yo. En tu caso, quizás después de terminar aquí en el hospital te irás con tu familia y te olvidarás de las tensiones que te traen tus pacientes”.
“No, no tengo familia aquí. Mis padres y hermanos están en Sudamérica, y no tengo hijos. Una vez me casé, recién terminada mi carrera pero, después de convertirme al cristianismo, mi esposa se divorció de mí y no he querido intentarlo de nuevo. Así tengo más tiempo para el pastorado”.
Había cruzado el puente sin dificultad. Ahora le tocaba a ella.
“Como ya sabes mi madre murió de cáncer hace ya bastantes años. Mi padre se volvió a casar de nuevo. Vive en Barcelona y no podemos decir que tengamos una relación estrecha. Estoy soltera porque todavía no se cruzó en mi vida la persona que conquistara mi corazón.
La enfermera llama coloquialmente desde la sala contigua: “Doctor me marcho para casa. No quiero llegar tarde pues hoy comeremos junta toda la familia”.
Andrés le contesta: “Bajaremos con usted hasta el bar del hospital y nos tomaremos algo”.
               Pidieron dos jugos de fruta y se sentaron en una mesa. El bar estaba tranquilo pues ya había pasado la hora de las consultas.
“Antes afirmaste una verdad tremenda, cuando dijiste ‘hasta ahora he vivido de espaldas a Dios la mayor parte de mi vida por ello no sé si Dios contestará a mis oraciones’”, le dijo Andrés, quien prosiguió. “Todos los seres humanos les hemos dado a Dios la espalda. El apóstol Pablo dice en Romanos 3:10 ‘… No hay justo, ni aun uno, no hay quien entienda. No hay quien busque a Dios’”.
“Todos estábamos en esa situación, es solo por el amor y la misericordia de Dios que él nos mueve el corazón, nos llama, nos hace oír su voz, para que nos acerquemos a él y recibamos su perdón”.
 ¿Cómo sé que es la voz de Dios?
               Y, “¿cómo sé yo que estoy oyendo la voz de Dios?”, le replicó ella. 
El doctor le narra la historia de Samuel siendo llamado por Dios registrada en 1 Samuel 3, y le señala que la actitud del pequeño Samuel era la de estar siempre listo para responder, “Habla porque tu siervo oye” (versículo 10). Y concluye: “Nosotros igualmente tenemos que estar siempre dispuestos a responder a la llamada de Dios.
“¿Y cómo sé yo que es la voz de Dios y no mis imaginaciones?”. En su sincera lucha por saber si está oyendo la voz de Dios, y sacando su vena sarcástica, Esperanza le dice a Andrés: “¿Acaso habla Dios de una forma ruidosa y estruendosa?”.
Andrés, que conoce la Biblia, le cuenta la historia del profeta Elías cuando está en el Monte Horeb y Dios se le muestra para fortalecerlo y animarlo para que cumpla su misión. Sorprendentemente Dios no se le mostró en un viento poderoso que rompía las rocas, ni en el terremoto que le siguió, ni en el fuego que vino tras él, sino que se mostró en un “silbo apacible y delicado”. Cuando Elías lo oyó supo que Dios se estaba manifestando en él. Y después le dijo a ella: “Elías lo supo porque Dios se lo había  hecho sentir en su corazón” (1 Reyes 19:11).
Le explicó que Dios nos habla, la mayoría de las ocasiones por medio de su Palabra, la Santa Biblia, y a través de las oraciones contestadas. Pero también lo hace por medio de su creación. 
Quiso retarla un poco así que le preguntó directamente: “¿Has empezado a leer la Biblia? Cuando empieces a leerla creyendo que la voluntad de Dios está ahí, empezarás a oír la voz de Dios”.
“Creo que ya empecé a oírla cuando la otra noche contestó a mi oración, así que voy a continuar pidiéndole”.
Esperanza tenía que dejarlo, tenía una cita con un niño a quien le estaba ayudando con sus complejos. Se despidieron hasta el próximo miércoles a última hora en el hospital.

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