Por Rick Shallenberger

Rick y Cheryl Shallenberger

He tenido buenos jefes en los muchos trabajos que he tenido a lo largo de los años. También he tenido algunos no tan buenos. Algunos parecían hacer todo lo posible para ayudarme a tener éxito; otros parecían empeñados en hacerme quedar mal. Como resultado, en algunos trabajos he hecho bien y se me han dado más y más responsabilidades, en otros no podía esperar para irme y pasé mucho de mi tiempo buscando trabajo en otro lugar.

Nunca olvidaré la vez que me llamaron a la oficina y me regañaron por hacer el tonto en el trabajo. Yo estaba trabajando en producción en ese momento, y era el supervisor de un pequeño equipo. El jefe compartió las muchas veces que venía a nuestra zona de trabajo y mi equipo se reía de algo, o compartía una historia o aparentemente se divertía, y me gritaba que estábamos allí para trabajar, no para hacer el tonto. Escuché un rato y cuando dejó de gritar (y eso fue lo que pasó) le dije: «Si revisas los registros, verás que mi equipo supera a la mayoría de los otros equipos de la planta». Él resopló, dijo que eso era imposible, y llamó al supervisor de piso, quien verificó mi comentario.

El jefe nos dijo que volviéramos al trabajo y me dijo que dejara de divertirme en el trabajo. Lo miré y le dije: «¿En serio? ¿Cómo se supone que voy a decirle a mi equipo que no disfrute de su trabajo?»

Sólo me miró fijamente. No debí haber dicho nada, desde ese momento las cosas empeoraron. Parecía que no importaba lo que yo hiciera, él no era feliz. Sentí que estaba trabajando con un blanco grande en mi espalda, y no tenía idea de qué hacer al respecto. Encontró defectos en todo tipo de cosas y finalmente me agotó. Empecé a buscar seriamente otro trabajo.

Años después, me encontré con ese jefe y me pidió que lo acompañara a tomar un café. Era lo último que quería, pero él insistió y accedí a conocerlo. Imagina mi sorpresa cuando se disculpó: «En vez de animarte y apoyarte, dejé que mi orgullo se interpusiera y perdí a uno de mis mejores empleados.» El continuó, «Mi problema era que estaba celoso de ti y de los otros líderes que tenían buenos equipos. Les caíste bien a tu equipo, y yo sabía que no le caía bien a la mayoría de la gente. En vez de aprender de ti, te hice mi enemigo. Yo era el jefe, pero estaba lleno de arrogancia más que de humildad». Fue una conversación que no olvidaré.

El consultor de desarrollo ministerial de CGI, GiANT Worldwide, proporciona una herramienta muy útil para el desarrollo del liderazgo llamada Power Test (Prueba de Potencia). Como se ilustra en el diagrama de abajo, hace un punto profundo que todos los líderes (pastores y supervisores denominacionales incluidos) necesitan entender: Tú puedes estar a cargo, pero para influir verdaderamente en aquellos a los que diriges, debes responder a su pregunta más básica: “¿Estás de mi lado»

(usado con permiso de GiAnt Worldwide)

Muchos líderes se concentran tanto en el resultado que olvidan que no están ahí sólo para lograr una meta de producción, sino para influenciar y empoderar a otros. Para que eso suceda, se requiere humildad. El poder y la humildad conducen a la verdadera influencia.

Cuando aquellos a los que diriges te ven usando tu poder para ayudarles, para darles recursos, para empoderarles y animarles, ellos quieren seguirte. El mejor ejemplo de esto es Jesús-el que tiene todo poder y autoridad, y que siempre está con nosotros y de nuestro lado. El Hijo de Dios se quitó su manto de luz y poder, y entró en el vientre de una joven judía, hablando de humildad. Después de su gestación y nacimiento vivió una vida llena de poder y humildad (Hebreos 2:9; Filipenses 2:7; Mateo 11:29; Zacarías 9:9).

La conclusión es la siguiente: los verdaderos líderes están siempre a favor de aquellos a quienes lideran.

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