Una prostituta, un acaudalado explotador, una mujer poseída por demonios, un soldado romano, un samaritano con las llagas abiertas y una samaritana con maridos en serie; me maravillo de que Jesús se haya ganado la reputación de ser «amigo de pecadores» como estos. Jesús pudo amarlos porque vio más allá de la inmundicia y la costra de degeneración; porque sus ojos captaron el original divino escondido en todo ser humano. Jesús veía un hijo descarriado de Dios, veía a un ser humano a quien su Padre ama y por quien se angustiaba, porque iba por el mal camino.

Jesús veía más allá de la superficie de mugre y suciedad, al verdadero ser humano que había debajo. Jesús no identificaba a la persona con su pecado, sino que veía en ese pecado algo ajeno, algo que en realidad no le pertenecía, y de lo cual lo iba a liberar para devolverle su verdadera personalidad.

Philip Yancey, Gracia divina Vs. condena humana, pag. 205

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