¡Él está vivo!

¿Realmente ocurrió? La pregunta es mucho más que algo académico.
Porque si Jesucristo murió realmente en una cruz romana
y fue resucitado de vuelta a la vida, lo cambia todo.

«A través de la cruz, Dios se encuentra con nosotros en nuestra perdición y nos halla, poniéndonos en el camino que nos lleva a casa—un camino por el cual Cristo ha caminado antes que nosotros, abriendo así una senda por la cual podamos seguirle, sabiendo que al hacerlo así, pasamos de muerte a vida eterna».

Alister McGrath, Entendiendo a Jesús, Zondervan, 1987

Por Mike Feazell

Es divertido cómo algunas veces creemos cosas que no tienen sentido o que no tienen ninguna evidencia que las apoye. Las teorías sobre conspiraciones abundan hoy. Los tabloides tienen un negocio multimillonario que alimenta con falsas promesas, a los lectores creyentes, con una dieta estable de lo sensacional, si no es que de lo ridículo. Usted ha visto los encabezados: Elvis todavía está vivo. JFK fue raptado por extraterrestres. Hitler está viviendo en Argentina. Mineros han descubierto una entrada al infierno. Un bebé mitad lagarto, mitad humano. El mundo se acabará en el 2005.

Y después están los hechos que simplemente damos por sentado en nuestro mundo científico moderno: El mundo es una esfera, no algo plano como un hot cake. La tierra gira alrededor del sol, no vice versa. Un virus causa el sarampión. Alexander Graham Bell inventó el teléfono. Abraham Lincoln escribió el Discurso de Gettysburg en el reverso de un sobre.

«Aquella iglesia, armada con tal afirmación improbable e iniciando con un puñado de pescadores sin educación y de cobradores de impuestos, barrió con todo el mundo conocido en los siguientes trescientos años. Es la historia perfectamente sorprendente de una revolución pacífica que no tiene paralelo en la historia del mundo. Ocurrió porque los cristianos fueron capaces de decir a los que preguntaban: ‘Jesús no sólo murió por usted. ¡Él está vivo! ¡Usted puede conocerlo y descubrir por usted mismo la realidad de la que le hablamos!’ Lo hicieron y se unieron a la iglesia. Y la iglesia, nacida de esa tumba pascual, se esparció por todas partes».

Michael Green, Evangelismo a través de la iglesia local, Nelson, 1992

La mayoría de nosotros cree estas cosas, no porque personalmente las hayamos comprobado, sino porque confiamos en las autoridades que nos dicen que son verdaderas. Usamos el teléfono; quién lo inventó realmente no nos importa. Vamos al doctor cuando nos enfermamos; quién descubrió cierta vacuna no nos importa. Y podemos disfrutar una bella puesta de sol sin pensar mucho en los movimientos planetarios.

Vivimos en un mundo de hechos, pero la mayoría de los hechos que conocemos tiene poco, si algo, que ver con quiénes somos y cómo escogemos vivir. La resurrección de Jesús es diferente. Puede ser fácil creer que Jesús fue resucitado como si fuera sólo otro hecho para un examen de historia. Pero éste hecho no es como otros hechos. Lo cambia todo.

Si Jesucristo realmente fue resucitado de los muertos, entonces Él es mucho más que sólo otro gran personaje en la historia. Él es quien dijo ser—el Hijo de Dios. Y si eso es así, entonces Él, y todo lo que dijo, tiene que tomarse con seriedad. La resurrección de Jesús se encuentra en el centro de la fe cristiana. Creemos en Jesús porque Jesús no se quedó muerto. Dijo a Sus discípulos que resucitaría en el tercer día después de Su crucifixión—¡y lo hizo! El hecho de la resurrección verificó Su afirmación: Él era en verdad el Hijo de Dios. Y verificó que Dios había actuado decisivamente al tratar con el pecado humano.

¡Celébre!

Si hay alguna característica que es universal entre los cristianos de todas las líneas denominacionales, es la celebración de la muerte y la resurrección de Jesús. La celebración puede ocurrir en una variedad de formas, pero desde aquel primer domingo por la mañana cuando el sepulcro fue encontrado vacío, los cristianos lo han recordado. Y es mucho más que sólo una memoria. Es participación.

La noche anterior cuando fue traicionado y arrestado para ser juzgado y crucificado, Jesús tuvo Su cena final con Sus discípulos. Mientras Él bendecía y partía el pan ritual, dijo a Sus discípulos, «éste pan es mi cuerpo entregado por ustedes; hagan esto en memoria de mí» (Lucas 22:19). Mientras levantaba y bendecía la copa del vino ritual, les dijo: «Beban de ella todos ustedes. Esto es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de pecados» (Mateo 26:27-28).

«No hay justificación para reducir el significado de ‘la resurrección de Jesús’ a algo como, ‘la continua importancia de Jesús,’ o ‘los discípulos se dieron cuenta que el mensaje de Jesús no podía morir’. Por ‘resurrección’ ellos claramente quisieron decir que algo le había ocurrido al mismo Jesús. Dios lo había resucitado, no sólo los había tranquilizado. Él estaba vivo otra vez, con la vida que es el clímax del propósito de Dios para la humanidad, no sólo fue sacado de las fauces de la muerte sino que vino a ser el conquistador de la muerte, ‘exaltado a la diestra de Dios.’ Fue ésta entusiasta convicción que estaba en el centro de la reacción en cadena, que inició el cristianismo».

James D.G. Dunn, La Evidencia de Jesús, The Westminster Press, 1985

«La resurrección de Jesús al instante fue reconocida como las primicias de la resurrección general (1 Cor. 15:20; Col. 1:18). Jesús fue considerado como el primogénito de los muertos, Aquel por medio del cual la comunidad creyente aprendió a buscar la venida final del reino de Dios, y el cumplimiento de la esperanza apocalíptica.»

Thomas C. Oden, El Verbo de Vida, Harper and Row, 1989

Jesús murió por usted y por mí. Y en el tercer día, destruyó el poder del pecado y de la muerte. En Él poseemos la más grandiosa esperanza imaginable. Hay un rico significado en ésta simple ceremonia que llamamos la Cena del Señor (la última cena de Jesús), Comunión (comunión con Dios a través de Cristo y con los demás creyentes) o Eucaristía (acción de gracias). Pablo escribió: «Esa copa de bendición por la cual damos gracias, ¿no significa que entramos en comunión con la sangre de Cristo? Ese pan que partimos, ¿no significa que entramos en comunión con el cuerpo de Cristo?» (1 Corintios 10:16).

Cuando comemos y bebemos el pan y el vino (o jugo de uva) de la Cena del Señor, algo maravilloso aunque incomprensible, está pasando. Está ocurriendo una comunión con Dios, y a través de Cristo, una comunión con todos los creyentes. A través de éste mandato de Jesús de comer Su carne y beber Su sangre, no sólo mantenemos en nuestra memoria lo que Dios ha hecho por nosotros, sino que también somos traídos a estar juntos, unidos por la fe, hacia una relación íntima con Dios y hacia Su presencia en una forma especial.

Fuera de la esclavitud

Nosotros los humanos sabemos acerca de la esclavitud al pecado. Conocemos las cadenas invisibles, aunque humanamente invencibles, que nos atan a hábitos y tendencias autodestructivas. Sabemos acerca del orgullo, las barreras personales, las defensas del ego, la dañina envidia, el resentimiento, la codicia, la quemante lujuria. Conocemos la impotencia, el fracaso, la frustración, la depresión. Conocemos la soledad, el aislamiento, el temor. Y sabemos acerca del fin de todo ello—la separación que llamamos muerte.

Dios, quien nos ama, también lo sabe. Por eso es que Él envió a Su único Hijo, quien, sin pecado, se sujetó a Sí mismo al medio ambiente cruel e implacable de nuestro mundo oscurecido por el pecado. El amor de Dios es la razón por la cual Jesús tomó sobre Sí mismo nuestra quebrantada condición, aunque sin pecado, y pasó por lo que nosotros pasamos y sufrió, hasta la muerte, en manos de nosotros los pecadores ignorantes y violentos. Pero para Jesús, la muerte no fue el final de la historia. Y debido a Jesús, no es el final de la historia para usted ni tampoco para mí. Jesús fue resucitado a la vida, y a través de Él, nosotros también somos resucitados a una audaz, fresca y gloriosa nueva vida—la vida eterna.

La vida de la edad venidera

Con frecuencia pensamos de la vida eterna como algo que Dios nos dará en el futuro. Pero la realidad es, que Jesús dijo que aquellos que creen en Él, aquellos que comen Su carne y beben Su sangre, ya han entrado a la vida eterna. «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré en el día final» (Juan 6:54). Ser resucitado en el día final es algo prometido a aquellos que ¡ya poseen la vida eterna!

Quizás tendemos a limitar nuestro concepto de la vida eterna hacia el futuro porque las palabras vida eterna suenan como algo que todavía no tenemos. Después de todo, todavía somos mortales, y sabemos que vamos a morir antes de que recibamos la inmortalidad. Pero la vida eterna y la inmortalidad no son la misma cosa. La inmortalidad se refiere a nuestros cuerpos físicos. En la resurrección, nuestros cuerpos mortales serán cambiados a inmortales. Pero la vida eterna—la vida de la edad venidera—es algo a la que entramos en el momento en que nos convertimos en creyentes.

La vida eterna podría ser algo más fácil de entender cuando nos damos cuenta que las palabras griegas que Juan usó al citar a Jesús, aionios zoe, se traducen literalmente: «la vida de la edad venidera». Cuando nos convertimos en creyentes, pasamos de la muerte a la vida. Entramos a la nueva vida, la vida de la edad venidera. Esa vida, que es una vida de gozo y amor auto-sacrificial en el poder de Dios, llenará todo el universo después que Jesús regrese. Pero ya ha empezado en Sus creyentes.

Porque Él vive

Jesús dijo, «Ciertamente les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida» (Juan 5:24).

¡Nunca se han dicho palabras más grandiosas de consuelo! No importa qué tan lejos de Dios hemos estado. No importa qué tan oscuros y viles han sido nuestros pecados.

Cuando creemos la palabra de Dios, las buenas noticias de que Dios está rescatando a los pecadores a través de Su Hijo, Dios nos perdona, nos acepta y nos da una nueva vida fresca, una nueva vida en Su reino eterno. Tenemos por la más alta autoridad, la más alta, que en el día del juicio no seremos condenados. Jesús dice que los creyentes ya han cruzado la gran división que separaba la muerte de la vida, y porque Él vive ¡ahora estamos en el lado de la vida!

El reino de los cielos ya ha empezado a mostrarse a sí mismo en el mundo, en las vidas de aquellos que han entrado en él. No perfectamente. De hecho, algunas veces hacemos de él un show corrompido. Algunas veces dejamos caer nuestra cruz, o quizás incluso la tiramos al suelo, pero Cristo en nosotros siempre nos mueve a levantarla otra vez y continuar. La realidad es que ahora somos de Él, y Aquel que empezó la buena obra en nosotros la llevará a culminación hasta el día de Cristo Jesús.

El punto central de nuestra fe

Nuestra fe y esperanza cristianas se basan fiel y completamente en el hecho de la muerte y resurrección de Jesucristo, el Hijo de Dios. De esa verdad central depende todo lo que creemos y por lo que tomamos nuestra posición en confiada esperanza. Porque Él vive, ¡nosotros también vivimos!

Por esa razón la temporada de resurrección es tan importante para nosotros. Es un tiempo de reflexión. Es un tiempo de autoevaluación. Un tiempo de recomprometerse y rededicarse. Y por encima de todo, ¡es un tiempo de agradecimiento y gozo en las insondables riquezas de la gracia de Dios! Él murió por usted y por mí. Y en el tercer día, Él destruyó el poder del pecado y de la muerte. En Él, nosotros, junto con todos los santos, aun mientras caminamos por la senda de la cruz, poseemos la más grandiosa esperanza imaginable.

¡Alabado sea Dios! ¡Él está vivo!

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