Viviendo y Compartiendo el Evangelio

No dejemos de congregarnos

Rubén Ramírez Monteclaro


Si estamos haciendo algo que realmente valga la pena en este mundo, seguro que habrá alguien que se oponga.

Ser cristiano en los negocios, en la escuela, en la oficina o en el trabajo que realicemos, es demasiado difícil ya que nos obliga a remar contra la corriente, manifestada en ataques, burlas, distanciamiento familiar y otras situaciones que si no tenemos puesta la mirada en nuestro Dios, acabaremos “tirados” en el suelo, derrotados y con la sonrisa de triunfo de nuestro mayor enemigo, aquel que quiere vernos acabados y desistidos de lo que Dios espera de nosotros. Ser cristiano en esta sociedad alienada de Dios es muy difícil para cada uno de nosotros solos.

Dios no nos hizo para vivir solos, él quiere que nos apoyemos los unos a los otros. “No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2:18); “Más valen dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo. Si caen, el uno levanta al otro. ¡Ay del que cae y no tiene quién lo levante! Si dos se acuestan juntos, entrarán en calor; uno solo ¿cómo va a calentarse? Uno solo puede ser vencido, pero dos pueden resistir. ¡La cuerda de tres hilos no se rompe fácilmente! (Eclesiastés 4:9-12).

Cada vez que hagamos frente a quien nos ataca (sean personas o situaciones de la vida), busquemos la ayuda que nos hace falta. Esa es una de las razones de la existencia de la iglesia y de tener las puertas abiertas para que cada fin de semana nos acerquemos a todos nuestros hermanos para curar las heridas de la batalla librada durante seis largos días. No olvidemos el exhorto de Dios que da título al presente artículo: No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacerlo algunos, sino animémonos unos a otros, y con mayor razón ahora que vemos que aquel día se acerca. (Hebreos 10:25)

Alguien compara la reunión semanal y la asistencia a la iglesia como un hospital al que llegamos heridos, maltratados, enfermos, deprimidos, con la moral y la autoestima por los suelos, con una gran necesidad de sentirnos confortados, animados, “apapachados”, sanados; y cuando compartimos los unos a los otros nuestras penas y sinsabores de toda una larga semana, cuando el mensaje de la Palabra de Dios nos abre los ojos a la realidad de Su inmenso amor por nosotros, la carga se hace más ligera, es más, salimos sin ella, ¿Dónde quedó? En las manos de Jesús quien amorosamente nos dice: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mateo 11:28-30)

El servicio de alabanza semanal es más que una reunión eclesiástica; es la oportunidad más maravillosa de congregarnos para alabar a nuestro Dios Amoroso y entregarle nuestras cargas que tanto nos agobian, teniendo como propósito también animarnos los unos a los otros, manifestando el amor de nuestro Padre en el trato que nos damos, recargando nuestras baterías espirituales para emprender la siguiente semana de trabajo ordinario, con la esperanza de volver al siguiente culto de adoración.

Nuestro Padre es tan amoroso que poco a poco y sin darnos cuenta, nos va haciendo más fuertes (2 Corintios 12:9)para llevar esa carga ligera que es servir al Dios Todopoderoso que ama al mundo de tal manera que nos espera en su reino con un banquete preparado para usted y para mí. Así que no dejemos de asistir a la reunión semanal para recibir la energía que nos llevará, a través de este mundo, al reino del Dios del universo. Espero algún día no lejano, que podamos compartir la vida, usted y yo, todos juntos con Dios allá, donde no habrá muerte, ni llanto, ni dolor. ◊ Odisea Cristiana