¡Me comí el burrito equivocado!

La semana pasada traje a casa un par de burritos para el almuerzo. Abrí el mío, le puse un montón de salsa picante y empecé a comer. Mi hija llevó arriba el de ella para comer en su habitación. Cuando dí mi último bocado, ella bajó las escaleras preguntando si nuestros burritos estaban cambiados. Me di cuenta de que me había comido el burrito equivocado, uno sin carne. No recordé ni noté que el mío se suponía que era el otro, simplemente lo comí sin pensar.

¿Cuánto hacemos sin pensar? A veces es porque siempre lo hemos hecho así, o porque nuestra madre lo hizo de cierta manera. ¿Cuantas creencias tenemos, sin pensar realmente en ellas? Como creer que Jesús tuvo que morir porque su Padre estaba enojado y sólo la muerte podía calmarlo. O creer que Dios no nos ama o perdona a menos que vivamos a la altura de sus estándares increíblemente altos. ¿Cuántas veces cantamos las mismas canciones en la iglesia sin pensar en las palabras?

Un montón de gente piensa que los cristianos dejan su cerebro en la puerta de la iglesia. Ellos piensan que en la iglesia les lavan el cerebro o les dan a beber Kool-Aid. Ser cristiano no significa que dejes de pensar – significa pensar aún más, sobre quién es Dios, por qué estamos aquí, cómo nos relacionamos con él y con nuestros semejantes. Significa estar cada vez más agradecidos de la vida y todo lo que trae.

Trajimos burritos de nuevo a los pocos días y estoy feliz de reportar que comí el correcto – que pensé antes de comer.

Tammy Tkach

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