Por Geoff Millar
Hace casi cuarenta años, mi esposa y yo compramos la única casa que hemos tenido. Decir que nuestro albergue era el “sueño de un renovador” sería faltar a la verdad, porque en realidad era un basurero.
Progresivamente, con el tiempo, dinero y oportunidades disponibles, la convertimos en la casa que amamos.
Inicialmente limpiamos el exterior, pintamos y sembramos. En un tiempo relativamente corto la casa se veía casi tan buena como cualquier otra en el vecindario, pero en el interior todavía nos faltaba mucho que arreglar.
Instalamos ventanas más grandes y lámparas, así que la casa estaba llena de luz. Reemplazamos la instalación eléctrica y la plomería, reconstruimos la cocina y el baño. Año tras año, cuarto por cuarto, la restauración continuó.
Después de 40 años todavía tenemos cosas que hacerle a la casa, pero ahora es irreconocible en comparación a cuando nos vinimos a vivir aquí hace años.
Una de las lecciones que un cristiano llega a comprender es la obra de restauración que Jesús hace cuando comienza a vivir su vida en nosotros.
Este maravilloso proceso a lo largo de nuestra vida se llama santificación. Es lo que Jesús hace cuando volvemos nuestras vidas a Él, le escuchamos y queremos ser como Él.
En el sentido espiritual, Él tampoco tiene mucho con que empezar, pero año tras año Él continúa con la restauración que todos los seres humanos necesitamos.
Él identifica pacientemente y remueve los aspectos negativos que nosotros hemos colocado con tornillos de orgullo.
Gradualmente, Él coloca los frutos del Espíritu Santo: “amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio” (Gálatas 5:22).
Las preciosas actitudes de Jesús pueden impactar positivamente las vidas de la gente con quienes interactuamos, actitudes espirituales que le dan gloria a Él. (Juan 16:14).
Esta es una restauración maravillosa que toda la gente debería aceptar con entusiasmo. El fruto del Espíritu no es apariencia religiosa, es el camino de la vida cristiana, algo que debemos vivir diariamente.
Todo lo que mi esposa y yo hemos restaurado, algún día se arruinará, pero lo que Jesús restaura durará por toda la eternidad.