Por Charles Fleming

Como cristianos, todos nosotros tenemos experiencias y períodos fundamentales que moldean nuestras vidas. El apóstol Pedro no fue diferente. Echemos un vistazo a tres de aquellas áreas: su llamado, cuando reconoció a Jesús como el Mesías, cuando lo negó y cuando Cristo lo perdonó.

El llamado de Pedro

Después que Pedro y otros pescadores habían trabajado toda la noche sin haber pescado nada, Jesús les dijo que intentaran nuevamente (Lucas 5:1-11). Ellos echaron sus botes al agua otra vez y pescaron como nunca antes.

Pedro cayó a los pies de Jesús y dijo: «¡Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador!»

Afortunadamente, la historia no termina allí. Nuestro Señor con su gracia no se aleja a la primera señal de resistencia o falta de fe de Pedro. Su amor por nosotros es muy fuerte para permitir que eso ocurra. Felizmente, la aceptación de Pedro no es tan superficial como para que él pueda resistir la invitación posterior de Jesús. Pedro deja su vocación de pescador y sigue a Jesús (vers. 11). ¿Qué podemos aprender de este momento fundamental en la vida de Pedro?

Lecciones para nosotros

La lucha de Pedro es nuestra lucha. Aceptamos a Jesús, pero no incondicionalmente. Tenemos áreas de nuestras vidas donde colocamos un letrero que dice: «Aquí no, Señor». Esas son áreas que no queremos cambiar. Quizá son vicios o malos hábitos. O quizá son tan dolorosas que en lugar de confrontarlas, rehusamos admitir que tenemos un problema. Quizá tenemos falta de fe.

Como Pedro, cuando esto ocurre, debemos reconocer nuestra falla y aceptar nuestro continuo llamado del Señor para seguirlo. El no hacer esto guía a vidas que pueden estar llenas de actividades religiosas, pero con muy poco del poder transformador de Jesucristo.

Pedro estaba en un momento fundamental de su vida. ¿Crecería él en la gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador? ¿Obtendría él una forma de religión espiritualmente sin poder?

Las iglesias también encaran tales desafíos. Una iglesia es un grupo de individuos. La calidad de la vida espiritual de la congregación es un reflejo de las decisiones que hacen los miembros.

Cuando tomamos cuenta de dónde estamos como iglesia, podemos preguntar cuál fue el fruto de nuestras enseñanzas previas. Por ejemplo, nuestra decisión de separar el mensaje de Jesús del mensajero (predicando las buenas noticias sobre la pronta venida del reino, pero sin hacer de la persona de Cristo la característica central), ¿nos guió a un encuentro íntimo, transformador con Jesús? ¿O terminamos con un acercamiento a una religión llena de muchas actividades reverenciales, pero con poca experiencia personal con Jesús?

Un sincero compromiso por agradar a Dios era lo que motivaba a la mayoría de nosotros. Nuestras vidas eran –y aún son– enriquecidas por tomar las Escrituras seriamente y por practicar autodisciplina. Pero nos faltó la realidad de un caminar íntimo con nuestro Salvador.

Estamos descubriendo ahora lo que Pedro descubrió hace mucho tiempo. Caer a los pies de Jesús y llamarlo «Señor» es significativo sólo cuando va acompañado por una aceptación de su poder y derecho a transformarnos.

Como Pedro, necesitamos cambiar de mantener a Jesús fuera de nuestras vidas a entregarnos a él como el único en cuyo nombre podemos tener el perdón de nuestros pecados (Hechos 2:38).

Inspirado e ignorante

Otro momento fundamental en la vida de Pedro ocurrió cuando Jesús les preguntó a sus discípulos quién pensaban ellos que él era (Mateo 16:13-23). En el versículo 13, Pedro reconoció que él había aceptado a Jesús como «el Cristo, el Hijo del Dios viviente». Jesús dijo que tal discernimiento pudo venir sólo por inspiración del Padre.

Jesús empezó a explicar a sus discípulos el clímax de su ministerio terrenal: su muerte y resurrección. Sin su crucifixión y resurrección no habría salvación. Nada podría ser más importante. Pero Pedro no lo vio de esa manera. Le reclamó a Jesús que olvidara tal idea. «Señor, ten compasión de ti mismo. ¡Jamás te suceda esto!» (vers. 22)

La reacción de Jesús es aún más fuerte que la de Pedro. «Entonces él volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres tropiezo, porque no piensas en las cosas de Dios, sino en las de los hombres» (Mateo 16:23).

¿Qué podemos aprender de esto? Primero, es posible estar tan bien en algunas áreas que podría ser sólo el resultado de inspiración. Sin embargo, al mismo tiempo, es posible estar equivocado en algunos asuntos fundamentales. Pedro aceptó lo que Jesús era, pero no captó el corazón y centro del ministerio de Jesús: su sacrificio.

En efecto, vemos que es posible ser un siervo de Dios y aun cometer errores significativos. El Señor misericordioso no nos desecha a causa de nuestros errores. En Mateo 17:1 Jesús invita a Pedro a ser uno de los únicos tres para presenciar su transfiguración.

En nuestra iglesia podemos mirar atrás a décadas de enseñanzas erróneas. Pero, podemos mirar también atrás a décadas en las que Dios estuvo trabajando en nuestras vidas.

Dios nos sanó. Él respondió nuestras oraciones. Él intervino en nuestro comportamiento. A pesar del hecho de que algunas de nuestras enseñanzas eran piedras de tropiezo que impidieron a algunas personas ver el evangelio de gracia en su pureza. Esto sólo muestra cuán misericordioso es Dios. Él está deseoso de usarnos.

Pedro no fue el único siervo de Dios que no entendió cuál es la magnitud del deseo de Dios de sacrificarse a sí mismo. Sin embargo, él no permaneció en ese camino. Más tarde escribió: «Pues para esto fuisteis llamados, porque también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas… Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero a fin de que nosotros, habiendo muerto para los pecados, vivamos para la justicia. Por sus heridas habéis sido sanados» (1 Pedro 2:21, 24).

Como muchos otros, nosotros también desvalorizamos la gracia de Dios. Creíamos en la gracia, pero en una versión inadecuada de la gracia. Gracias sean a Dios que el tiempo de nuestro mal entendimiento ya pasó. Como ocurrió con Pedro, nuestro Señor nos ha guiado a un tiempo de corrección y ahora estamos purificados, listos para proclamar las maravillas del inmensurable amor y gracia de Dios.

¿Me amas?

El incidente final lo encontramos en Juan 21:1-19. Jesús ya ha sido crucificado, sepultado y resucitado. Desde el punto de vista de Pedro, parte del horror de ese evento es que él negó tres veces a su Señor. Pedro, devastado, ha regresado a su negocio de pesca. ¿Está su vida espiritual volviendo a donde comenzó? ¿Será la influencia de Jesús pronto una memoria olvidada? No con nuestro Señor y su amor que lo abarca todo.

Otra vez los discípulos no tuvieron éxito en la pesca. Otra vez Jesús les ordena intentar nuevamente. Otra vez las redes se llenaron a reventar. Es como regresar al suceso de Lucas 5.

Podemos identificarnos con esto. Luchamos las mismas batallas vez tras vez. El Señor está siempre allí para mostrarnos el camino.

Esta vez, Jesús restaura y faculta a Pedro con una simple pregunta, hecha de tres formas diferentes. ¿Me amas?

Cada vez, el Pedro que antes era impulsivo y seguro de sí mismo tiene una respuesta: «Señor, tú sabes que te amo». Y cada vez Jesús tiene este comentario: «Cuida mi rebaño».

La única respuesta apropiada a un Dios de amor es amarlo a cambio. A menudo la única evidencia que podemos ofrecer no es nuestro desempeño, sino pedirle a Dios que mire nuestros corazones. Somos humanos y pecamos.

Pedro tuvo aprender eso. Él no ofreció evidencias de su pasado, ni hizo promesas. Él sencillamente confió en el Señor, quien sabía que lo amaba. «Si, Señor, tú sabes que te amo». Una vez que Jesús vio que Pedro puso su confianza en él, le dio su comisión.

Nuestra iglesia y el amor de Dios

El mismo Jesús, quien repetidamente tuvo una pregunta para Pedro, ha mostrado persistencia similar en corregir nuestros errores. En efecto, se nos preguntó: ¿Me aman más que a sus tradiciones?

Estábamos equivocados en algunas áreas fundamentales. Pero, a pesar de eso, Dios estuvo con nosotros entonces y está con nosotros ahora.

Necesitamos aceptar lo que Pedro había aceptado, que Jesús no es sólo alguien que reverenciamos y llamamos Señor. Debemos entregarnos a él para que él pueda tomar el hombre pecador que somos y transformarnos.

Pedro tuvo que aceptar que un conocimiento inspirado de algunas verdades sobre Cristo no es suficiente, a menos que incluya una aceptación total de su sacrificio como la única fuente de justicia en nuestras vidas.

Pedro tuvo que aceptar que todas sus habilidades –su fuerte voluntad, su valentía y su impetuosidad– nunca serían suficiente para hacerlo justo ante Dios, o para servir al pueblo de Dios. Él tuvo que llegar a ver que su suficiencia descansaba sólo en el amor de Cristo por él.

Pedro tuvo que aceptar que todo lo que tenía para dar en respuesta era su amor por Cristo. Nosotros –corporativa e individualmente– encaramos esa misma pregunta sencilla que Jesús le hizo a Pedro. ¿Lo amamos?

Digamos: Sí, Señor. Permitámosle hacer por nosotros lo que hizo por Pedro. Jesús guió a Pedro a través de diferentes grados de aceptación a una profunda entrega.

Jesús nunca lo abandonó. Él fue con Pedro a lo largo de todo el camino. Ese mismo Jesús ha estado –y está– con nosotros. Su invitación pudiera ser resumida por las últimas palabras escritas de Pedro: «Creced en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea la gloria ahora y hasta el día de la eternidad» (2 Pedro 3:18).

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