Mi amigo Andy

Alberto E. Sousa


 A primera vista parecía un desconocido.  Se dirigía hacia mí a paso lento mientras yo estaba detenido en una estación de servicio abasteciendo de combustible a mi automóvil.

Finalmente Andy se acercó y con una voz media titubeante, me preguntó, ¿Te acuerdas de mí? Antes que le pudiera responder (pues me agarró de sorpresa) y ante la pausa que Andy detectó en mi, me preguntó lo siguiente: “Soy Andy, ¿te acuerdas? Después de haber escuchado su voz por segunda vez, reaccioné de inmediato con tono alegre; ¡reconocí a Andy después de más de 30 años sin vernos!

Como era pasado el medio día, fuimos a almorzar algo liviano a un lugar cercano.  Charlamos un rato como viejos amigos recordando los momentos más sobresalientes de nuestra amistad. Dos o tres semanas más tarde almorzamos nuevamente en el mismo restaurante. Cuando llegó el momento de enfocar nuestra conversación en lo personal, las cosas cambiaron drásticamente. Andy y yo nos conocimos en una iglesia a la que asistíamos en Santa Mónica. Mis recuerdos de Andy son de una persona callada, reservada y recta. Los dos éramos solteros y con frecuencia participábamos de los eventos sociales de la iglesia, al igual que estudios bíblicos, club de oratoria para caballeros, etc. Andy se desplayó y me confesó que las cosas no le iban muy bien. Tras haber tenido una experiencia religiosa y espiritualmente turbulenta, aún andaba en la búsqueda para llenar el vacío que tanto anhelaba asistiendo a diversas organizaciones religiosas, iglesias, seminarios, consultas, etc. Tal situación me conmovió de corazón y quise ayudar a mi amigo Andy. Brevemente le expuse el evangelio. A saber; la muerte, sepultura y resurrección de nuestro Señor Jesucristo y señalándole el significado de tan misericordioso acto redentor de parte de nuestro Salvador. Andy me prestó atención hasta cierto punto, luego revoloteó los ojos como para eludir totalmente el tema sin querer ser descortés conmigo.

Pasado un tiempo, procuré comunicarme nuevamente con Andy vía telefónica, pero un mensaje grabado me respondió que el número estaba fuera de servicio. Mi insistencia me obligó acercarme hasta su domicilio solo para comprobar que no existía tal dirección. De ahí en adelante nunca más supe del paradero de Andy. Pareciera que se lo tragó la tierra. El ejemplo de mi amigo Andy bien puede aplicarse a muchos que aún están en la búsqueda de significado y sentido de la vida. Dicha búsqueda muchas veces conduce a caminos equivocados que en vez de satisfacer el anhelo humano, perjudica el espíritu con consecuencias a veces irreversibles. 

¡Venid a mí y descansad!

En los tiempos de Jesús grandes multitudes padecían de las vicisitudes de gobiernos injustos, pobreza, desigualdades sociales, prejuicios raciales, persecución religiosa y esclavitud. Otros buscaban a Dios mediante la religión establecida con todos sus dogmas y requisitos. Jesús se dirige a aquellos agobiados por las cargas diarias y en gesto de amor ofrece el rescate y la salvación. Las palabras de Jesús no pueden ser más claras a todos aquellos de esa época. Cansados de una inútil búsqueda que no satisfacía ni respondía a las necesidades espirituales más íntimas, Jesús extiende una mano y los invita a reposar únicamente en El. Esa misma invitación aún permanece vigente para nosotros hoy día.

En el capítulo 11 del evangelio de San Mateo, leemos lo siguiente: Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar . Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”

Una vez que descubrimos este descanso, no hay más nada que buscar o agregar, pues Cristo reúne todos nuestros anhelos de gozo y paz. La mejor forma de conocer y participar de este reposo radica en el sacrificio final en la cruz. La muerte de Jesús en la cruz hizo posible lo imposible. Quitó todos los pecados de toda la humanidad para siempre de una vez por todas. Nuestros pecados fueron transferidos a El a fin de que no suframos la pena de muerte que nos correspondía. 

Fuimos perdonados de todos nuestros pecados pasados, presentes y futuros por el acto amoroso de Cristo en la cruz habilitando así el la reconciliación de Dios hacia nosotros. Dicho acto despejó el camino para la salvación mediante la vida de Cristo. En la carta del apóstol San Pablo dirigida a los romanos leemos lo siguiente: “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por SU VIDA”.  (Rom 5:10)

Cristo es quien nos salva y no el perdón de los pecados o la reconciliación de Dios. La vida resucitada de Cristo nos “resucita” de nuestra muerte espiritual a vida espiritual. Recibimos la vida del Cristo resucitado en nosotros cuando lo aceptamos por fe, creyendo lo que Él hizo en la cruz para perdonar y quitar nuestros pecados y darnos vida eterna. 

No son pocos los que celebran el acontecimiento más asombroso de la comunidad cristiana, la Pascua de Resurrección. Mas allá de ser únicamente un hecho histórico, lo que más debe destacarse es el significado de la resurrección, el hecho de que Jesús resucitó de la muerte para vivir su vida en nosotros. Así como Cristo resucitó de muerte a vida, también nosotros resucitamos de la muerte espiritual a vida espiritual juntamente con Él. La Pascua de resurrección está estrechamente vinculada a la salvación de nuestras almas, puesto que la salvación es pasar de muerte a vida, y la única opción de vida disponible es la de Cristo. ¡Gloria a Dios y su gran amor por nosotros!

No se si mi amigo Andy recibió a Cristo por fe o todavía sigue en la búsqueda de llenar el vacío espiritual que sólo Dios puede lograr. Por mi parte, le diré que terminé mi búsqueda hace varios años. Cuando me encontré con Cristo, todos mis esfuerzos terminaron, pues en Él descansé. Mi reposo es total y absoluto. Mi vida cambió enteramente. He sido salvo, no tengo que preocuparme más de mis pecados ni muchos menos de sentirme culpable, ansioso o desesperado, pues tengo la vida de Cristo en mí ¡latente y abundante!

Mi deseo es que usted también sea beneficiado espiritualmente y tenga un encuentro íntimo y amoroso con nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Recuerde, Cristo ya lo perdonó de todos sus pecados y Él ya está reconciliado con usted. Lo único que tiene que hacer ahora es reconciliarse a Dios y recibir a Jesús. Al hacerlo, la misma vida de Jesucristo resucitado se radicará en su corazón para siempre, teniendo así la salvación eterna que jamás podrá perderla. Puede hacerlo simplemente dando gracias a Dios por el perdón efectuado por Su hijo Jesucristo e invitándole a que entre a vivir en su corazón por fe. Dios le concederá el don del Espíritu Santo y lo guiará por el camino cristiano. Que Dios lo bendiga y cuide. ◊

Alberto E. Sousa vive en Whittier, California, EE.UU. Actualmente trabaja como intérprete y traductor en español, mayormente en las salas de los juzgados civiles de los tribunales de Los Ángeles.


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