Creencias Cristianas Básicas


Capítulo 10


La Vida Cristiana


Cuando aceptamos a Jesucristo como nuestro Salvador, hemos empezado la vida cristiana. Pero aceptar a Cristo es sólo el comienzo; Dios no ha terminado con nosotros todavía.

Una vez que hemos recibido la fe, ¿qué hemos de hacer? ¿Cómo es que la fe hace una diferencia en la manera como vivimos? ¿Qué es lo que Dios quiere hacer con nosotros? ¿Quiere cambiarnos? y ¿cómo podemos facilitar esa transformación?

La meta de Dios en nuestras vidas

Dios desea que cada uno de nosotros seamos “transformados según la imagen de su Hijo» (Romanos. 8:29). Estamos en el proceso de ser » transformados a su semejanza» (2 Corintios 3:18). Asimismo, Pablo se esforzaba para que Cristo fuera «formado» en los creyentes (Gálatas 4:19). El describió nuestra meta en la siguiente manera: “todos llegaremos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a una humanidad perfecta que se conforme a la plena estatura de Cristo.» (Efesios 4:13).

Por lo anterior, como hijos de Dios, debemos de asemejarnos más al Hijo de Dios. El no es sólo nuestro Salvador, es también nuestro ejemplo a seguir, mostrándonos lo que debemos de ser como humanos. Cuando creemos en Cristo, tenemos una identidad nueva y un nuevo propósito para vivir. Nuestra identidad nueva es “hijo de Dios.» Nuestro propósito es ser una “nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad» (Efesios 4:22-24); debemos de actuar como la nueva persona que somos.

¡Qué meta tan grandiosa! Debemos de ser como Dios es. Dios nos está cambiando para que lleguemos a ser más como Él; más como Jesús, quien nos mostró cómo era Dios mientras vivía en la carne. Obviamente, de nosotros mismos no podemos llegar a ser como Dios es. Pero Dios lo puede hacer; ¡y lo está haciendo! Y Él no está haciendo esta transformación en contra de nuestra voluntad, sino sólo conforme estemos de acuerdo a lo que Él está haciendo en nosotros. Y nos está ayudando a que estemos de acuerdo mediante la ayuda de su Espíritu Santo que trabaja en nuestras mentes y nuestros corazones, porque “Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer por su buena voluntad» (Filipenses 2:13).

Asimismo, no necesitamos ser como Cristo en cuanto a tener habilidades de carpintería, tener las costumbres culturales de su tiempo o tener su apariencia física. Más bien, debemos de ser como Él en cuanto a la «verdadera santidad y justicia.» Debemos de ser como Cristo en nuestra moral y en nuestra devoción a Dios. Este es el propósito de la vida cristiana, que crezcamos pareciéndonos cada día más a Jesús. Necesitamos ser cambiados en nuestro interior, en nuestros pensamientos. El apóstol Pablo declara: «Sean transformados mediante la renovación de su mente» (Romanos 12:2). También, «y se han puesto el de la nueva naturaleza, que se va renovando en conocimiento a imagen de su Creador (Colosenses 3:10). Cuando pensemos como Cristo, seremos como Él es.

Sometiéndonos

Dios es el que hace el trabajo, pero tenemos una parte en ello. Podemos resistir a su obra, o podemos someternos para colaborar en ella.

En la historia de la cristiandad, sobresalen tres prácticas: la oración, el estudio bíblico, y la adoración. Millones de cristianos han encontrado que estas prácticas (algunas veces son llamadas disciplinas espirituales) ayudan a presentarnos ante Dios para hacer su obra en nuestras mentes y en nuestros corazones. Con la oración, reconocemos nuestra necesidad de Dios. Somos recordados de que Él es nuestra norma a seguir, el punto de referencia en nuestras vidas. Crecemos en amor a Dios cuando alabamos su poder y le agradecemos su misericordia. Vivimos cada día dentro de un contexto apropiado, le alabamos por cada cosa buena, reconociendo su propósito en nuestras vidas. Confesamos nuestras necesidades y solicitamos su ayuda no sólo por nuestras necesidades físicas sino también por nuestra transformación espiritual.

La oración era una parte constante de la vida de Jesús, y si Él la necesitaba, nosotros con mayor razón la necesitamos. Pero en ocasiones es difícil. No siempre sabemos lo que tenemos que decir, o qué pedir, o cómo alabarle. No es fácil apartar un tiempo para ello. Pero necesitamos hacerlo regularmente. Con la oración, no sólo le hablamos a Dios, también escuchamos lo que Él nos dice conforme el Espíritu Santo comunica ciertos pensamientos a nuestras mentes.

Ahora bien, ¿cómo podemos saber si esas ideas vienen de Dios o vienen de nuestra propia mente? Para poder discernir la diferencia, necesitamos entrenarnos en la mente de Dios y este entrenamiento sólo viene a través del estudio bíblico. Notemos que las Escrituras eran importantes para Jesús. Él las conocía bien y consideraba que tenían autoridad. Él empleó las Escrituras para rechazar las tentaciones del demonio (Mateo 4:1-11). Él dijo que no «sólo de pan vive el hombre»; que también necesitamos de «toda palabra que sale de la boca de Dios» (v.4). Por lo tanto, necesitamos las palabras de las Escrituras. Dios hizo que estos libros fueran escritos para nuestra instrucción e inspiración (2 Timoteo 3:16). Las Escrituras nos ayudan a cambiar los pensamientos para que éstos se parezcan más a los de Cristo. Los primeros cristianos se dedicaban a aprender las doctrinas de los apóstoles (Hechos 2:42). Recibimos las mismas enseñanzas a través del Nuevo Testamento. El estudio de las Escrituras es parte del plan de Dios para nuestra transformación. Sin embargo, Él no nos obliga a hacerlo, es nuestra elección.

Por otra parte, sabemos que no siempre es fácil estudiar las Escrituras, por dos razones.

Primero, algunas partes de la Biblia son difíciles de entender, y algunas veces el significado está sujeto a debates. También, hay tal profundidad en la Escritura que tomaría toda una vida abarcar y comprender ese conocimiento. No lo entendemos todo en un solo estudio. Entendemos un poco la primera vez, un poco más en la segunda pasada, y un poco más en la tercera ocasión. De manera que no esperemos entenderlo todo de inmediato. Es útil el enfocarnos en las cosas que entendemos, no en las que desconocemos.

Sin embargo, para la mayoría de las personas, la parte más dura del estudio bíblico es tomar el tiempo para hacerlo. Necesitamos formar el hábito, hacerlo como una disciplina regular.

Muchos cristianos encuentran útil el leer una pequeña porción de la Biblia cada día, luego pensar y orar sobre lo leído. Los libros devocionales también son útiles. El asunto principal es formar el hábito y mantenerlo.

La adoración es una tercera disciplina que nos ayuda a crecer para parecernos más a Cristo. Jesús dijo que Dios estaba buscando a personas que le adoren con sinceridad (Juan 4:23). Los primeros cristianos se dedicaban al compañerismo, al partimiento del pan y a la oración (Hechos 2:42). Se juntaban para la adoración. Por lo mismo, mientras más adoremos a Dios, estaremos más cerca de Él. Asimismo, nuestra fe será fortalecida si estamos en contacto con otras personas que tienen fe.

Existen muchas otras disciplinas espirituales, o herramientas para el crecimiento espiritual. Estas incluyen la meditación, el ayuno, el estar a solas con Dios, la sencillez, la generosidad, el servicio, entre otras herramientas. No obstante, a pesar de todo esto, recordemos que el crecimiento espiritual no es por nuestros propios méritos. No llegamos a ser como Cristo mediante la autodisciplina. Más bien, las herramientas o disciplinas espirituales, son nuestra aceptación a Dios, ofreciendo menor resistencia a su influencia en nuestras vidas, son sólo un camino por el cuál Dios puede hacer su obra en nosotros.

Jesucristo es el Señor

En griego del Nuevo Testamento, uno de los títulos más comunes de Cristo es el de kyrios, comúnmente traducido como «Señor». Esta palabra griega se puede referir a un terrateniente, a un oficial del gobierno, u otra persona con autoridad. También se podría referir a Dios, tal como viene con frecuencia en el griego del Antiguo Testamento. Asimismo, cuando el emperador romano quería que la gente le llamase kyrios, él clamaba ser “el Señor”, la autoridad suprema y los cristianos rechazaron esto. En lugar de decir que «Nerón es el Señor,» ellos dirían «Cristo es el Señor,» aunque en ocasiones les llegó a costar la vida. Aunque obedecieron las leyes romanas siempre que podían (Romanos 13:1-7), ellos siempre profesaron lealtad indiscutible sólo a Jesucristo. Sólo él tiene autoridad suprema porque Él es el Señor.

Pedro nos dice: “ Más bien, honren en su corazón a Cristo como Señor (1 Pedro 3:15). Jesús siendo nuestro Señor es también nuestro Protector y Jefe. Debemos de confiar en Él y obedecerle. Él dio su vida por nosotros, podemos seguir confiando en que nos dará lo necesario. No obstante, ello no significa que nos dará todo lo que queremos, incluyendo salud y dinero. De hecho, Jesús dijo que inclusive iríamos a tener pruebas (Hechos. 14:22; Hebreos. 12:5-11) pero debemos de confiar de que Él sabe lo que hace, que es para nuestro propio bien.

El apóstol Pablo tenía muchas pruebas, pero él aprendió a estar contento en cualquier situación (Filipenses 4:11). A veces tenía carencias, y otras veces tenía abundancia, pero Cristo fue su fuente de fuerza aún cuando pasaba por hambres (v. 12-13). Su Señor le proveía de lo necesario en un momento dado. A veces, le proveía con una manera de escapar de alguna prueba determinada. En otras ocasiones, Dios le daba la fortaleza para resistir alguna prueba.

Nuestro Señor es también nuestro Maestro, quien nos da instrucciones y espera que obedezcamos. El apóstol Pablo hablaba de la obediencia que viene con la fe (Romanos 1:5); y Santiago dice que una fe sin obediencia es una fe muerta (Santiago. 2:17). También, en nuestras acciones, mostramos si confiamos o no en Cristo.

Sabemos que Él murió por nosotros, y en respuesta, le servimos y vivimos para Él (2 Corintios 5:15). Asimismo, nos ofrecemos a Dios para ser empleados en obras de justicia (Romanos 6:12-13).

Fe, esperanza y amor

¿Por qué debemos de obedecer a Dios? La razón más sencilla: es nuestro deber. Notemos que Cristo nos compró a través de su muerte en la cruz (Hechos 20:28), por lo cuál es justo que hagamos lo que Él nos indique. Somos hijos de Dios y hacemos lo que Él nos mande. Por otra parte, tengamos en cuenta que no obedecemos para ser salvos. La salvación viene primero, y después le sigue la obediencia. Sin embargo, la obediencia va más allá del deber. La obediencia debe de venir del corazón, obedecemos porque queremos hacerlo, no porque tenemos que hacerlo.

¿Existen más razones de por qué debemos de obedecer? Hay tres razones principales: fe, esperanza y amor. Con la fe, creemos que los mandamientos de Dios son para nuestro propio bienestar. Él nos ama y quiere ayudarnos, no quiere darnos cargas innecesarias. Como nuestro Creador que es, Él tiene la sabiduría de conocer cómo debemos de vivir, qué es lo mejor y qué causará la mayor felicidad a la larga. Debemos de confiar en Él, su perspectiva es mucho mejor que la nuestra. También, la obediencia expresa la fe en su sabiduría y amor. Fuimos hechos para ser obedientes (Efesios 2:10), y la vida funciona mejor si estamos sintonizados con la manera en que fuimos hechos.

Por otro lado, la obediencia también involucra la esperanza de una bendición futura. Si no hubiera una vida futura, entonces la cristiandad sería vana (1 Corintios 15:14-18). Jesús prometió que sus discípulos encontrarían la vida eterna como algo mucho más valioso que cualquier otra cosa de esta era (Marcos 10:29-30). Todo el que haya sido salvado tendrá el gozo de conocer a Dios en la vida eterna, pero también existen recompensas además del gozo eterno. Jesús animó a sus discípulos ha hacer «tesoros en el cielo» (Mateo 6:19-21). Varias de sus parábolas revelan que seremos recompensados de acuerdo a lo que hayamos hecho en esta vida, y ello porque Dios recompensa a aquellos que le buscan (Hebreos 11:6).

Asimismo, el apóstol Pablo también escribió acerca de los galardones «sabiendo que el Señor recompensará a cada uno por el bien que haya hecho» (Efesios 6:8). Ahora bien, notemos que no está hablando de salvación, sino de galardones además de la salvación.

Es por lo mismo, que él describe el juicio como un fuego que prueba la calidad de obra de cada persona «Si lo que alguien ha construido permanece, recibirá su recompensa» (1 Corintios 3:14). Si se quema dicha obra, él la perderá, pero aún permanecerá salvo (v.15).

Por ello, mientras más seamos como Cristo ahora, más lograremos mantener con nosotros lo que estemos edificando después que fallezcamos. De nuevo, la recompensa no es la única razón por la que trabajamos, recordemos que somos hijos del Rey, no empleados que sólo serán pagados por lo que trabajen. Nuestro motivo final por obedecer es el amor. Esto incluye amor por los que nos rodean, porque están mejor que si no obedeciéramos a Dios. Las instrucciones de Dios son sensatas, no reglas arbitrarias. Esas instrucciones ayudan a las personas a llevarse mejor entre sí.

Pero, sobre todo, es nuestro amor por Dios lo que nos hace querer obedecerle. El ha hecho tanto por nosotros, que no podemos sino ser agradecidos y querer complacerlo. «Si ustedes me aman», dijo Jesús, «obedecerán mis mandamientos» (Juan 14:15). «El que me ama, obedecerá mi palabra» (v. 23). El apóstol Juan escribía más tarde: «En esto consiste el amor a Dios: en que obedezcamos sus mandamientos» (1 Juan 5:3). «El que afirma: ‘Lo conozco’, pero no obedece sus mandamientos, es un mentiroso…el amor de Dios se manifiesta plenamente en la vida del que obedece su palabra. De este modo sabemos que estamos unidos a él» (1 Juan 2:4-5).

La obediencia también revela a otras personas que amamos a Dios. La obediencia indica que Él es grande, bueno, y sabio, y lo adoramos. La obediencia también significa que Dios es importante para nosotros, que Él es valioso, que merece nuestra lealtad. Que tus buenas obras sean vistas, dijo Jesús, para que aquellos que las vean «alaben al Padre que está en el cielo» (Mateo 5:16).

“Mantengan entre los incrédulos”, escribió Pedro, “una conducta tan ejemplar que, aunque los acusen de hacer el mal, ellos observen las buenas obras de ustedes y glorifiquen a Dios en el día de la salvación» (1 Pedro 2:12). Un buen ejemplo puede predisponer favorablemente a la gente a Dios. «Compórtense de una manera digna del evangelio de Cristo” (Fil. 1:27). Hay que ayudar en asociar el evangelio con las cosas buenas y no las malas. Nuestro amor por Dios significa que queremos atraerle publicidad favorable, para que otros lo lleguen a amar también. Un mal ejemplo puede acarrear mala reputación al evangelio (Tito 2:5). Aquellos que se alardean de sus pecados no pueden considerarse como miembros de buena fe (1 Corintios 5:1-13).

“Creemos que los cristianos deben de reunirse en compañerismo regular, vivir sus vidas en fe y hacer evidente las buenas nuevas de que los seres humanos pueden entrar al reino de Dios al depositar su confianza en Jesucristo.” Síntesis Doctrinal de la Iglesia de Dios Universal, edición 2001, página 1.

Santificación

Mucho de lo que hemos estado discutiendo viene bajo la palabra teológica santificación, que significa “hacer santo.» Y a través de su muerte en la cruz, Jesucristo ya nos santificó (Hebreos 10:10). Ello significa que nos ha apartado para sí mismo, para su uso. Somos santos y la Escritura con frecuencia nos llama «santos», que también significa santificados.»

En otras palabras, estamos dedicados a Dios. Pero en otro sentido, estamos todavía en el proceso de ser santos (v.14). El trabajo no ha concluido. Quizá habrá notado que nuestra conducta no siempre es la que debería de ser. En el proceso de santificación, nuestros pensamientos y conducta se están conformando a lo que deberían de ser. Somos hijos santos de Dios, y debemos de vivir como tales. Aunque Dios energiza y capacita este proceso, los cristianos tienen una parte activa en ello.

Continuamente se les dice que piensen, hablen y actúen de cierta manera. “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad .» (Filipenses 2:12-13 RVA).

“Dios nos salvó y nos llamó a una vida santa», escribió Pablo (2 Timoteo 1:9). También, él nos exhorta a ofrecer nuestros cuerpos como sacrificios vivos, haciendo su voluntad (Romanos 12:1-2). Nos alienta a vivir una vida digna del Señor» y que andemos como “es digno del Señor, agradándole en todo, llevando fruto en toda buena obra, y creciendo en el conocimiento de Dios» (Colosenses 1:10 RVA).

Asimismo, “La voluntad de Dios es que sean santificados…Dios no nos llamó a la impureza sino a la santidad «(1 Tesalonicenses 4:3-7). “Busquen la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor» (Hebreos 12:14). Por lo anterior, ser como Jesús, vivir como Jesús, podrá parecer una meta irrealista. Sin embargo, es nuestra meta porque Dios es el que trabaja con nuestro ser. A pesar de nuestras fallas, podemos tener la confianza que Él terminará la obra en nosotros (Filipenses 1:6). También, aunque en ocasiones nuestro progreso parezca lento, estamos confiando en Cristo, no en nosotros mismos.

Pablo expresó una actitud excelente: “No es que ya lo haya conseguido todo, o que ya sea perfecto. Sin embargo, sigo adelante esperando alcanzar aquello para lo cual Cristo Jesús me alcanzó a mí” (Filipenses 3:12). Cristo nos ha alcanzado para su propósito, que es el de ser conformados a su imagen. Por ello proseguimos adelante, confiando en Él, luchando por hacer su voluntad.

“Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús.” (v.13-14).

¡Marchemos hacia adelante! ¤

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