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“En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”Juan 1:4

por Mike Feazell
Brillantes exhibiciones de luz y color son parte de la temporada navideña. Para algunas personas, tales exhibiciones no son sino una artimaña mercantil de los comerciantes modernos. Pero para los creyentes, esto puede ser otro recordatorio de la gloria de Aquél Hijo Unigénito de Dios, la Luz del Mundo, quien trae paz y descanso, cosas por las cuáles el mundo gime y anhela con dolor.

Hace más de 2,000 años, cuando Jesús nació en Belén, había un hombre devoto en Jerusalén llamado Simón. A este hombre, el Espíritu Santo le había revelado que no moriría sin antes haber visto al Señor Cristo.

Un día, el Espíritu condujo a Simón a los patios del templo – el mismo día en que los padres de Jesús le llevaban a cumplir con los requisitos del Torá (la ley judía).

Cuando Simón vio al bebé, tomó a Jesús en sus brazos y alabó a Dios diciendo: “Ahora, Señor, despide a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación; la cuál has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lucas 2:29-32).

Una luz a los gentiles

Simón alabó a Dios, situación por la cuál ni los escribas, los sumo sacerdotes y los maestros de la ley podrían haber comprendido: que el Mesías de Israel no era sólo para la salvación de Israel, sino que también era la salvación para todos los demás pueblos del mundo.

Isaías ya lo había profetizado con bastante anticipación: “Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra” (Isaías 49:6; cf. 42:6-7).

Jesús: el nuevo Israel
Los israelitas eran el pueblo de Dios. Dios los había llamado a salir de entre las naciones y los separó del resto mediante un pacto como su propio pueblo especial. Y no lo hizo únicamente por ellos, sino por la eventual salvación de todas las naciones (Isaías 49:6).

Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecadoIsrael iba a ser una luz para los gentiles, pero su luz se había apagado. Ellos habían fallado en guardar el pacto pero Dios es fiel a su pacto, independiente de la lealtad de su pueblo pactante (Romanos 3:3-4).

Por consiguiente, en la plenitud de los tiempos, Dios mandó a su propio Hijo a que fuera la luz del mundo. El fue el israelita perfecto, quien guardó perfectamente el pacto como el nuevo Israel (Romanos 5:18-26). Como el Mesías profetizado, el representante perfecto del pueblo del pacto y la luz verdadera para los gentiles, Jesús liberó del pecado tanto a Israel como a las demás naciones y las reconcilió ante Dios.

Por lo anterior, a través de la fe en Cristo, le damos nuestra lealtad y llegamos a identificarnos con él, nos convertimos en miembros de la fiel comunidad del pacto, la cuál es el pueblo de Dios (Romanos 3:27-30).

Justos en Cristo
No podemos tener justicia por nuestros propios medios. Somos contados como justos sólo si nos identificamos con Cristo el Salvador. Somos pecadores, no somos más justos que Israel.

Por lo tanto, sólo si vemos nuestra pecaminosidad y tenemos nuestra fe en Aquél con quien Dios justifica a los malvados, podemos ser considerados como justos por su propósito para con nosotros (Romanos 4:16, 22-25).

Es por ello que la iglesia necesita de la gracia de Dios tanto como Israel. De manera que todo aquél que ponga su fe en Cristo, judío o gentil por igual, es salvo sólo porque Dios es bueno y fiel, no porque hayamos sido fieles o porque hayamos encontrado alguna fórmula secreta, alguna doctrina “correcta” o la iglesia “apropiada”.

“Él nos ha rescatado,” escribe Pablo en Colosenses 1:13, “de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.”

Confianza en Jesús
Quizá suene fácil, pero es difícil confiar en Jesús. Confiar en Jesús significa poner su vida en sus manos, y eso significa dejar de tomar el control de su vida. No es fácil hacerlo. Nos gusta tomar control de nuestras propias vidas. Nos gusta mandar, hacer nuestras propias decisiones y hacer las cosas a nuestra manera.

Por ese motivo, el rey Acaz no era la excepción. Acaz había rechazado la señal que Dios le había dado para su liberación, paz y salvación. El tenía sus propios planes acerca de cuál era la mejor manera de salvar a su pueblo (Isaías 7:1-17).

Dios tiene un plan a largo plazo para nuestra liberación y seguridad, y también tiene un plan a corto plazo. Pero, al igual que Acaz, no podemos recibir el fruto de sus planes si no nos mantenemos firmes en la fe.

Algunas personas, al igual que Acaz, se sienten seguras en el poderío militar. Otras en la seguridad económica, en su integridad personal o en su reputación personal. Y hay quienes se mantienen firmes en su talento o en su fortaleza, en su ingenuidad, en su habilidad de hacer tratos o en su inteligencia.

Por supuesto que ninguna de estas cosas son malas o pecaminosas por sí mismas. Pero como humanos tenemos la tendencia a depositar nuestra confianza, energía y devoción en ellas, en lugar de mirar hacia la verdadera fuente de seguridad y de paz.

Caminando con humildad

Cuando confiamos a Dios nuestros problemas, junto con la acción positiva que tomemos para tratarlos, y confiamos en su cuidado, sustento, y liberación, él promete estar con nosotros.

Por esa razón, escribía Santiago, “Humillaos delante del Señor, y él os exaltará” (Santiago 4:10). Dios nos llama a que hagamos a un lado nuestra cruzada de toda una vida de defendernos a nosotros mismos, de promovernos, de resguardar nuestras posesiones, proteger nuestras reputaciones y de prolongar nuestras vidas. Dios es nuestro proveedor, nuestro defensor, nuestra esperanza y nuestro destino.

Por ese motivo, debemos de presentar ante la luz, a Jesús—“la luz del mundo” (Juan 8:12), la ilusión de que podemos tener nuestras vidas bajo control. Entonces, podremos levantarnos con él, llegar a ser lo que somos en realidad –los hijos preciados de Dios, a quienes él salva y ayuda, quien pelea por sus batallas, quien calma sus temores, quien comparte sus dolores, y quien asegura su futuro y resguarda su reputación.

Es por ello que “si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1Juan 1:7).

Al dejarlo todo, ganamos todo. Al arrodillarnos, nos levantamos. Al hacer a un lado nuestra ilusión del control personal, somos vestidos con toda la gloria, esplendor y riquezas del eterno reino celestial.

Pedro escribió: “…echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”. ¿Qué le oprime? ¿Sus pecados? ¿Un enemigo? ¿Un desastre financiero? ¿Una enfermedad desvastadora? ¿Una pérdida irreparable? ¿Una situación imposible en la cuál usted se encuentra totalmente impotente para hacer algo? ¿Una relación personal desastrosa y dolorosa? ¿Su nombre mancillado? ¿Falsas acusaciones?

Ante estas cosas, Dios ha enviado a su Hijo, y a través de su Hijo, él toma de nuestra mano y nos levanta y nos ilumina con la luz de su gloria ante la crisis oscura y dolorosa por la que pudiéramos estar atravesando. Aunque andemos por el valle de la sombra de la muerte, no temeremos, porque él está con nosotros.

Él nos ha rescatado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.”Asimismo, Dios nos ha dado la señal de que su rescate es seguro: “que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor” (Lucas 2:11).

En conclusión, a dondequiera que miremos durante esta temporada, tal parece, que hay luces decorativas por todos lados –luces blancas, luces de color y velas encendidas. Sin embargo, con estas luces físicas podemos regocijarnos del tenue reflejo de “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre” (Juan 1:9).

Foto por Humberto Terenziani

Foto por rodprieto

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