Envíanos algunos niños

Una historia de transformación

Por John Peterson

Una nublada mañana de domingo en Febrero del 2003, miré a mi “congregación” en Lexington, Ohio, Estados Unidos—esa semana sólo éramos 3 personas ancianas y yo—y enfrenté la realidad. Esta iglesia se está muriendo. “Señor Dios”, oramos, “si vamos a sobrevivir, debemos tener niños. Envíanos algunos niños”.

Esta simple oración inició una cadena de oraciones contestadas que ha transformado nuestra pequeña y moribunda congregación en un próspero grupo de personas que trabajan juntas para servir a su comunidad local. Aquí está como pasó.

Mientras orábamos fuimos movidos a darle una nueva mirada a Mateo 19:14. Se nos ocurrió que podríamos estar “pasivamente” prohibiendo que los niños vinieran a Jesús simplemente por no buscarlos. Así que mientras continuábamos orando para tener niños a los cuales amar, también pedimos por dirección, ya que no sabíamos cómo buscarlos.

Tres semanas después, dos miembros de Marion (una ciudad a 32 millas de distancia) trajeron a su nieta a la iglesia. Ese fue un nuevo día para nosotros. Toda la congregación derramó su amor sobre esta preciosa niña. Todos nos presentamos a ella y la invitamos a que se quedara a almorzar en un restaurante cercano. En el restaurante ella verdaderamente parecía disfrutar de la bondad y la atención. A la semana siguiente ella trajo a dos de sus amigas.

Dos semanas más tarde esta misma pareja entró a nuestro estacionamiento con cinco niños que llenaban su pequeño auto Hyundai. El mismo día un visitante llegó al servicio. Él vio el auto lleno de niños y mencionó que necesitábamos una vagoneta. Reconocimos la necesidad y le informamos que adquirir una no parecía algo posible. Él dijo que tenía una vagoneta para pasajeros y que estaba dispuesto a donárnosla.

Después de recibir la vagoneta y prepararla para nuestro uso, empezamos a ir a Marion por los niños y luego a llevarlos de regreso a casa después de la reunión de la iglesia (dos viajes redondos de 65 millas cada uno). El número de niños empezó a crecer. La mayoría de ellos eran niños de la ciudad con serios “problemas”. Nuestra oración cambió de “envíanos algunos niños” a “Señor Dios, por favor ayúdanos a amar a estos niños que nos estás enviando”.

Encontramos que no podíamos cambiarlos a todos, así que nos enfocamos en unos pocos y dedicamos tiempo extra a ayudarlos a ver un futuro más brillante en Jesús. Estos empezaron a ministrar a los demás. El tiempo pasó y sentimos que el Espíritu Santo nos guió a trasladar la congregación de Lexington a Marion, donde vivían todos los niños.

Nuestra oración cambió de ‘envíanos algunos niños’ a ‘Señor Dios, por favor ayúdanos a amar a estos niños que nos estás enviando

Una búsqueda mostró que estaba disponible un salón para reuniones en el Centro Comercial Southland. El lugar era ideal y el administrador del centro comercial dijo que podíamos usar el local ocasionalmente, pero no de una manera regular. Pero el administrador tuvo otra sugerencia. El centro comercial tenía una unidad de almacenaje extra que hasta hacía poco había sido usada como bodega, y ahora estaba desocupada. La renta sería “sólo” $2,000 por mes.

Explicamos que el presupuesto de nuestra pequeña congregación sólo podría pagar $700 al mes, y que eso incluía $150 para las facturas de servicios públicos. El administrador del centro comercial se miraba titubeante, pero estuvo de acuerdo en pensarlo. Él le llamó a John unos pocos días después con otra oferta. Él podía dar en renta la unidad extra por $550 al mes más $150 para las facturas de servicios públicos.

Esto sólo pudo haber sido la provisión de Dios.

Transformamos la unidad extra en un placentero santuario. Lentamente, la gente empezó a llegar—algunos regresaron a adorar con nosotros después de habernos dejado algunos años atrás. Y algunos empezaron a traer niños. Una pareja trajo a sus nietos, que habían sido abandonados por sus padres.

Dios estaba contestando nuestra oración por niños. Estábamos recibiendo niños que necesitaban amor—niños heridos, niños dañados, niños perturbados que habían conocido sólo rechazo, niños que habían pensado, e incluso, habían intentado suicidarse. Un pequeño niño estaba tan traumatizado que ni siquiera podía hablar. Pero podía hablar con señas, y ha aprendido a decir con señas muy orgullosamente “Jesús me ama” con una gran sonrisa.

El domingo por la mañana es ahora el tiempo de reunión de algunos interesantes miembros de la iglesia, pero Dios continúa derramando Su precioso Espíritu sobre nosotros conforme le adoramos. Nuestra congregación ha crecido a un paso estable, pero nos dimos cuenta que carecíamos de los dones para realmente educar a los niños. Necesitábamos un maestro debidamente cualificado. Se necesitaba otra respuesta a la oración.

Un amigo había pintado la dirección del sitio Web de la iglesia sobre un costado de nuestra vagoneta. Un día Anna Jones vio la vagoneta llena de niños, anotó la dirección del sitio Web y se comunicó con el pastor. Sucedió que Anna era una cualificada maestra cristiana que estaba buscando una iglesia donde pudiera usar sus habilidades. Y otra oración fue contestada.

Hoy “Corazón de la Cruz” ha pasado por un largo camino, ha dejado de ser sólo una reunión de unas pocas personas ancianas. Hoy cuando se da el sermón semanal, nuestros escuchas todavía son de edad mediana y avanzada, aunque son mucho más que tres. Pero de la parte trasera del salón de reunión viene el sonido de los niños que participan alegres en su clase. Además, los niños más pequeños están jugando con su equipo. Y en un cuarto adyacente, un grupo de adolescentes está participando en un animado estudio bíblico.

Nuestros servicios están impregnados de actividad y energía. Algunos de los niños sí tienen problemas de conducta, pero finalmente todos responden al amor y a un genuino interés, los cuales algunos niños realmente nunca habían experimentado. Entendemos que los niños empiezan a formar su cosmovisión a temprana edad, y tratamos de proveer un medio ambiente de amor y aceptación. Tenemos un servicio de jueves por la noche para los adolescentes que es bien concurrido y algunos de los adolescentes traen a sus amigos de la escuela.

Cuatro veces al año, concluimos nuestro servicio con una ceremonia de “Pasa la luz”. Al cantar “Enciende una luz”, cada miembro sostiene una vela. Empezando desde el frente, cada uno enciende la vela de su compañero, hasta que todo el cuarto brilla con varias docenas de pequeñas luces. Está muy lejos de ser un ritual vacío. Simboliza de qué se trata esta pequeña pero dinámica congregación.

Este pastor no tiene duda de lo que ha pasado. Pedimos que Dios nos enviara a los niños sufrientes y lo hizo. Somos la prueba viviente de que “cuando ya no puedes hacer nada, Dios si puede hacer algo”.

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Introducción al ministerio de niños

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