OTRA MIRADA



El niño
en el
aeropuerto

Por Baxter Kruger

En un día de verano frío y con viento hace 20 años, estaba parado en el aeropuerto Aberdeen, en Aberdeen, Escocia, esperando a mi hermano mayor procedente de los Estados Unidos de América. En ese tiempo, mi esposa y yo vivíamos en Escocia mientras que yo estudiaba teología con James Torrance. Mi hermano como yo, era un entusiasta golfista, así que venía a visitarnos y aprovechaba para unas cuantas rondas en uno de los famosos campos de golf en Escocia.


Mientras esperaba, me fijé en un hombre joven, como de 30 años. Había al menos otras 100 personas transitando por el aeropuerto, pero por alguna razón este joven atrajo mi atención. Obviamente estaba esperando a alguien y con no poco entusiasmo. Iba hacia los monitores que informan las llegadas, revisaba su reloj y luego regresaba hacia la ventana. Esto continuó durante más o menos 15 minutos, de pronto, detuvo este ritual y se posicionó enfrente de una de las puertas de la terminal.

No pasó mucho tiempo antes de que un avión se dirigiera hacia la terminal, las puertas se abrieron y la gente se apresuró para salir hacia sus casas o para tomar su siguiente vuelo o hacia el área de entrega de equipaje. Sin tener idea del por qué, yo estaba muy atento a este joven. Entonces sucedió. Un chico rubio de aproximadamente 11 años salió por la puerta y se quedó quieto. Como un venado alarmado, sus ojos revisaron el aeropuerto. Entonces vio a su papá y corrió a sus brazos con todas sus ganas. Había lágrimas de alegría y risas. Ningún padre podría haber presenciado esto sin derramar, a su vez, algunas lágrimas.

Para mí, este fue como un momento Einsteniano de la relatividad. El aeropuerto mismo y todo lo que había en él, parecieron detenerse, como si todos hubieran hecho una pausa para observar. Todavía puedo ver la carita del niño. Él estaba en casa. Entonces escuché una voz dentro de mí diciendo, “Baxter, Baxter, he ahí el evangelio”.

Era como si el Padre estuviera diciéndome: “El niño es mi hijo, Jesucristo. Ahí está la resurrección. Ahí está la ascensión. Y esta es la bienvenida a mis brazos. Y las buenas nuevas, Baxter, es que te trae a ti y a todo el mundo con Él”.

¿Pudiera ser que hubiéramos subestimado a Jesucristo? ¿Pudiera ser que nuestro individualismo de “Llanero Solitario” americano nos hubiera cegado y no viéramos el centro mismo del evangelio?

¿Pudiera ser que Jesús no fuera solo un hombre más entre otros, sino el único por quién y para quién todas las cosas fueron creadas y subsisten? (Juan 1:1-3; Colosenses 1:16-17; Hebreos 1: 1-3)

¿Y podría ser que cuando este único ser se convirtió en uno de nosotros no rompiera su asociación con nosotros, sino que la hiciera aún más fuerte?

¿Y pudiera ser que lo que le sucedió a Él, nos sucedió también a nosotros? ¿Pudiera ser que cuando Él murió, nosotros también morimos con Él? (2 Corintios 5:14)

¿Pudiera ser que cuando Él fue levantado, nosotros también fuimos levantados con Él? (Efesios 2:5-6; 1 Pedro 1:3)

¿Pudiera ser que cuando Él ascendió, nos levantó hacia el abrazo del Padre? (Efesios 2:6)

Qué raro debe sonar a los ángeles escuchar a predicadores implorándonos recibir a Jesús en nuestras vidas, como si nos las hubiéramos arreglado para existir y vivir hasta ahora sin Él. ¿Le ha pedido usted alguna vez a sus hijos que lo reciban en sus vidas?

“El evangelio es la
asombrosa noticia de
que el Padre del Hijo nos
ha recibido en su vida.
Nosotros no le hacemos parte de nuestro mundo;
Él nos ha hecho parte
de su mundo…”

Piense en esto: El evangelio no es acerca de recibir a un Jesús ausente de nuestras vidas. El evangelio es la asombrosa noticia de que el Padre del Hijo nos ha recibido en su vida. Nosotros no lo hacemos parte de nuestro mundo; Él nos ha hecho parte de su mundo, parte de su vida con su Padre.

¿Se puede usted ver a sí mismo y a la raza humana, y de hecho a todo el cosmos en los brazos de ese pequeño niño cuando su padre lo abrazó?

La fe cristiana dice: “Amén, sí Señor, este es quien eres tú y esto es lo que somos nosotros. Creo; ayuda a mi incredulidad”.


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¡Papi! ¡Te quiero mucho!


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