Por Mike Feazell

Si Dios ama a las personas, ¿Por qué las destruye? El devastador tsunami del 26 de diciembre del 2004, ha sacudido la fe de personas religiosas por todo el mundo. ¿Qué clase de Dios mataría 200,000 personas de un solo golpe?

«Dios no lo hizo; Él sólo lo permitió,» dicen algunos. Quizás ellos piensen que esa es una buena defensa. Yo no, y dudo que usted también. Permitir algo que usted podía evitar, no es mucho mejor que hacerlo usted mismo.

Cuando algo malo pasa, queremos que alguien tenga la culpa. Cuando la cosa mala es un desastre natural, no hay nadie más a quien culpar sino a Dios. Terremotos, huracanes, tornados, maremotos, caídas de rayos. Las compañías de seguros los llaman «obras de Dios». Nadie tiene la culpa—nadie, es decir, excepto Dios.

El reciente tsunami es sólo un ejemplo en una larga línea histórica de desastres naturales que entumecen la mente. Mirando al pasado, más de 3.5 millones murieron en las inundaciones y la hambruna de Corea del Norte en 1995-98. Más de 900,000 murieron en la hambruna de Etiopía en 1984. Murieron 242,000 en el terremoto de Tangshan, China, en 1976. La hambruna de Etiopía en 1974 reclamó 200,000.

La inundación marina de Bangladesh en 1970 se llevó de 200,000 a 500,000. La hambruna de China en 1960 se llevó 20 millones. Un millón murió por la epidemia gripal en 1957, y hasta 100 millones murieron por la epidemia gripal en 1918. Los terremotos de Nansan, China, en 1927 y de Gansu, China, en 1933 mataron 200,000 cada uno. Hasta un millón murió en Huayan Kou, China, en la inundación de Yangtse Kiang en 1887. La epidemia de viruela de Francia en 1870-71 mató 500,000. Un millón murió por la hambruna de Irlanda en 1845. El terremoto de Irán en 1780 mató 200,000. Diez millones murieron por la hambruna de Bengal, India, en 1769. El terremoto de Shensi, China, en 1556 reclamó 800,000. Y la peste negra de Europa y Asia en 1346-52 se llevó 25 millones de vidas.

La gente pregunta, ¿por qué un Dios amoroso permite que suceda tan grande mutilación criminal?

Tengo otra pregunta. ¿Por qué Dios permite que alguien muera?

Recientemente asistí al funeral de una mujer que era celebrada por sus muchos y personales ministerios de amor. Murió de cáncer y su sufrimiento fue totalmente horrible. El mes pasado un adolescente murió en un incendio por un choque automovilístico en un resbaloso camino invernal. Había salido de vacaciones de un colegio cristiano, y estoy seguro que su sufrimiento y el dolor de sus padres, parientes y amigos fue igual de real que el sufrimiento y dolor de cualquier persona que murió en el tsunami.

¿Por qué Dios permitió que la Madre Teresa muriera? «Estaba muy anciana,» podría decir alguien. «Es la forma natural de las cosas. Envejecemos y morimos».

Sí, es la forma natural de las cosas. Los cuerpos se desgastan. Las arterias se obstruyen, y si se obstruyen lo suficiente, se corta el fluido sanguíneo y causa embolias o ataques al corazón. Algunas veces las células se confunden y se alocan, convirtiéndose en células cancerosas que desbaratan los tejidos y órganos a su alrededor. Con el tiempo, los huesos pierden su densidad y una caída accidental puede quebrar una cadera. Las articulaciones pierden su elasticidad. Los ojos pierden su nitidez.

El suelo también se erosiona y la corteza terrestre cambia. El agua se evapora. La lluvia cae. Los ríos crecen. El viento sopla. Incluso la gente saludable y la gente joven pueden ser golpeadas por rocas que caen ó desperdicios que vuelan. La gente queda atrapada en rápidas inundaciones, aludes de lodo y túneles colapsados en las minas. Las personas se caen de los techos, de las ventanas y de los andamios. Algunas veces les sucede cuando están haciendo trabajo humanitario, tratando de ayudar o salvar a alguien más. Y Dios, mucho más a menudo que nunca, está a un lado mirando que ocurra sin levantar un dedo para detener aquello.

Cuando alguien que amamos envejece y muere por «causas naturales» lo aceptamos como la forma en que Dios ha diseñado la creación—hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir.

Pero cuando alguien que amamos muere antes de envejecer, preguntamos, «¿por qué Dios permitiría que esto sucediera?»

No es una creación autómata

Sin duda, Dios pudo haber hecho el universo de tal manera que nunca pasara nada malo. Pero no lo hizo. Él creó un mundo que es libre para ser él mismo—y para expresar su identidad en formas continuamente frescas y creativas. Por alguna razón, Él piensa que eso es bueno.

Quizás es así porque se necesita un mundo tal, un mundo salvaje y libre, para ser el lugar productor de cosas que Dios valora en los seres humanos—cosas como ánimo, devoción, lealtad, auto-sacrificio, bondad, generosidad, esperanza, confianza. Según la apreciación de cualquier persona, éstas son sólo algunas de las más nobles características de la humanidad. ¿Existirían esta características en un mundo sin riesgo, peligro, calamidad—y muerte?

¿Y dónde estaría el amor? El amor no es sólo un asunto de llevarse bien. El amor se hace real en el crisol del sufrimiento, del auto-sacrificio, de la lealtad y de la devoción contra las adversidades.

«Oh, de veras,» podría decir alguien. «Si Dios piensa que eso es tan grandioso, ¿por qué no baja Él aquí y pasa por lo que nosotros pasamos en Su así llamada buena creación?» Bueno, eso es exactamente lo que los cristianos creen que Él hizo. Y así como la muerte le ocurre a cada uno de nosotros, Él murió. Pero los cristianos creen que Su muerte cambió a la muerte misma. Él hizo de la muerte una senda hacia la resurrección, a una nueva vida, a una nueva creación en la cual «no hay más muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor».

Y tanto así como odiamos admitirlo y hablar de ello y criticar a quienes lo hacen, todos morimos. Todos morimos de algo. Ya sea que muramos por «causas naturales» o por «desastres naturales» al final esto hace poca diferencia. De cualquier forma, morimos, y nada lo detendrá, sin importar cuán bondadosos o cuán mal intencionados seamos o cuán inteligentes, cuidadosos o sabios seamos. Pero las buenas nuevas son, que sin importar cómo o cuándo muramos, Jesús resucita a los muertos.

Dios podía detener todo movimiento natural de la tierra, aire y agua. Él podía detener a los seres humanos de cometer errores, de tomar decisiones tontas, de ser egoístas, tercos o rudos. Dios podía haber hecho una creación «autómata». Pero no lo hizo. Dios creó un mundo en el cual pudiera existir algo mucho más valioso que una larga vida física. Él hizo un mundo en el cual pudiera existir y crecer el amor. En amor, los seres humanos se unen y responden al sufrimiento y la calamidad. En amor, los seres humanos se perdonan unos a otros, se ayudan unos a otros, se animan unos a otros y se solidarizan unos con otros.

Dios sufre con nosotros

Dios no es un extraño al sufrimiento humano. Los cristianos creemos que Dios se hizo hombre, sufrió como hombre y murió como hombre, y que desde ese tiempo, la humanidad misma ha sido tomada para el propio ser de Dios. En Jesucristo, Dios en la carne, la causa de la humanidad se ha convertido en la causa de Dios. Cuando sufrimos, Dios sufre con nosotros. Dios amó tanto al mundo, registró Juan el escritor del Evangelio, que dio a su Hijo para que todo aquel que cree en Él, tenga nueva vida. Dios envió a su Hijo para salvar al mundo, añadió él, no para condenarlo (vea Juan 3:16, 17).

La muerte es parte de la vida, y toda persona que vive también morirá. Incluso usted y yo. Pero la muerte no es el final de la historia de nuestras vidas. Dios no hizo a los seres humanos meramente para ésta vida de sufrimiento y dolor—Él nos hizo para Su nueva creación de realización y gozo.

Las vidas ahora acortadas, ahora privadas, ahora suprimidas, ahora defraudadas, encontrarán su realización en la vida de la nueva creación. Esa es la esperanza cristiana, y los cristianos sostenemos esa esperanza en fe—fe en que Dios, quien libremente tomó nuestra causa humana como Suya, incluso hasta el punto de morir como un criminal, como uno de nosotros, es fiel a Su palabra.

En esa esperanza y en ese amor, extendemos compasión y ayuda a los demás. Al hacerlo, experimentamos las más profundas riquezas de la verdadera vida, riquezas que son invisibles pero más reales que la protección y la seguridad físicas. El amor verdaderamente «hace que el mundo gire.»

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