Tammy Tkach

Una vez tuve la oportunidad de sentarme en un torno de alfarero con un poco de barro. Mi meta era crear un jarrón, pero el resultado de mis esfuerzos parecía más un tazón deforme.

Comencé poniéndome un delantal y amasando el barro como si fuera masa de pan. Amasar saca las burbujas, que usted no querrá cuando está en el torno. Luego, dejé caer de golpe el barro sobre el torno y le rocié agua. El barro debe estar húmedo o no se puede moldear.

El paso más importante al hacer alfarería es centrar el barro. Si no está centrado, colapsa y usted no puede hacer nada con él. Mis primeros intentos produjeron barro que sencillamente se rehusaba a cooperar. Finalmente le pregunté al instructor cómo se debe centrar el barro.

Ella dijo que mi problema era que estaba poniendo sólo mis manos sobre el barro, cuando debía poner todo mi cuerpo sobre él. Cuando usted centra el barro, tiene que poner la muñeca de su mano derecha contra el barro y luego usar su cuerpo para empujarlo. El peso de su cuerpo empuja el barro al centro del torno. Puesto que está girando, la fuerza centrífuga envía el barro a las orillas, pero el peso de su cuerpo lo mantiene en medio.

Naturalmente, mientras estaba intentando crear una obra maestra, Isaías 64:8 vino a mi mente: “A pesar de todo, Señor, tú eres nuestro Padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero. Todos somos obra de tu mano”.

Traté de imaginarme en ese trozo de barro, siendo centrado con la mano de Dios, suavizado con el agua del Espíritu Santo y moldeado de acuerdo a su voluntad. Es humillante comprender que somos tan dependientes de Dios para lo que somos y lo que llegaremos a ser, como el barro lo es del alfarero.

Todo el proceso me recordó de nuestro caminar cristiano. De hecho, hay muchas analogías que uno puede sacar de los alfareros, el barro, los jarrones y el agua, podría llenarse un libro. Yo mencionaré sólo unas pocas.

Centrar el barro es similar a ser un cristiano. Así como yo tuve que poner todo mi cuerpo sobre él, así debemos poner todo nuestro corazón y nuestro ser en seguir a Cristo. Jesús no quiere seguidoras a medias, sino dedicadas y entusiastas.

Estar centrado evita que el barro se caiga. Si nosotras estamos centradas en Jesús, tampoco caeremos. Él debe estar al centro de nuestras creencias y nuestro ser.

Algunas veces usted se ensucia no sólo las manos, sino también su cara, su ropa y aún su cabello. De forma similar, al ser un cristiano es imposible permanecer nítida y limpia cuando se ministra a personas en situaciones difíciles, porque la vida está llena de sangre, sudor y lágrimas.

Finalmente, así como el alfarero debe tener su obra final en mente, nosotros debemos enfocarnos en lo eterno. El barro no es muy atractivo, tampoco lo es la vida a veces. Pero si un alfarero puede ver un hermoso jarrón en el barro deforme y descolorido, seguramente Dios puede ver nuestro maravilloso potencial eterno. Sabiendo esto, podemos ver una recompensa celestial y una dulzura eterna.

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