Por James Henderson

¿Dónde estaba Dios cuando el tsunami llegó el 26 de diciembre del 2004? ¿Es Dios alguien inútil en una crisis? ¿Cuál es el destino de los que fallecieron? Cuando enfrentamos tales preguntas, es útil recordar los principios básicos de nuestra fe cristiana.

Algunos de los líderes religiosos del tiempo de Cristo consideraban la mayoría de las ocasiones de destrucción masiva humana y muerte intempestiva, como el juicio de Dios contra los pecadores. Cristo condenó tales explicaciones desamoradas, diciendo que aquellos que así juzgaban debían arrepentirse de sus actitudes hirientes. Él dijo que las víctimas de tragedias no son peores pecadores que otros.

Aun hoy, algunos escritores y oradores juzgan a las víctimas en la misma forma como lo hacían aquellos líderes religiosos—pero la instrucción de Cristo permanece, de que debemos volvernos a Dios y dejar de juzgar a los demás (vea Lucas 13:4).

Que la vida es injusta es parte de la condición humana. Eclesiastés 9:11-12 nos dice que «hora y ocasión» nos llega a todos, «como peces que caen en la red maligna». Dios no planifica por adelantado todos los detalles de nuestras vidas y entonces los hace ocurrir. Hora y ocasión son parte de la misma estructura del universo, que es la forma en que Dios libremente escogió hacer las cosas.

Lo que Dios sí planificó por adelantado y lo hizo ocurrir, fue enviar a Cristo para la redención del mundo (Apocalipsis 13:8b). En Cristo, hemos sido liberados del pecado, y esa libertad nos capacita para confiarle a Dios nuestras vidas y las vidas de los demás.

También nos capacita para confiar en que Dios nos de lo que necesitemos para aguantar el sufrimiento. En el amor de Cristo, tenemos una esperanza que va más allá de la muerte, tenemos el ánimo para extender la mano y así ayudar a otros en tiempos de necesidad.

El mensaje cristiano es que a través de las heridas y el sacrificio de Cristo, Dios entiende nuestro sufrimiento y dolor. Mateo 25:35-40 nos recuerda que Jesús se identifica con las víctimas. Al ayudar a alguien en desesperante necesidad, es como si estuviéramos ayudando a Jesús mismo.

La Madre Teresa de Calcuta lo interpretó de ésta manera: «Cuando tocamos a los enfermos y a los necesitados, tocamos el cuerpo sufriente de Cristo» (Madre Teresa: En Mis Propias Palabras/Mother Theresa: In My Own Words. 1910-1997, página 26, compilado por Jose Luis Gonzales-Balado, publicado en 1996 por Gramercy Books, New York).

En Cristo, nuestra respuesta a la calamidad y el mal, es una reflexión de la infinita compasión de Dios. Cuando oramos por los sobrevivientes, participamos en el amor y la compasión de Cristo por los que sufren. La oración le da voz al amor. En el amor de Cristo, oramos por todos aquellos que se duelen, cuyos hogares y sostenimientos han sido destruidos, cuya salud está en peligro debido a alguna posible enfermedad y necesitan reconstruir su quebrantada existencia.

Oramos que ellos puedan encontrar consuelo y ánimo en Dios. Y, según podemos, contribuimos para ayudarlos en su desesperante necesidad. Hechos 10:4 nos muestra que nuestras oraciones y donaciones—dar de nuestra sustancia a aquellos en necesidad—son un memorial ante Dios.

Dios nos dice que Él no se complace en la muerte física de nadie (Ezequiel 18:32). De hecho, Dios odia la muerte y la destruirá.

Así que, ¿qué le ocurrió a los que fallecieron en el tsunami, y a los casi 3,000 que murieron en Nueva York el 11 de septiembre?

¿O a los estimados 3.1 millones que murieron de SIDA en el 2004?

¿Qué acerca de los 937,000 Tutsi y Hutu moderados que fueron masacrados sin misericordia durante los intentos de genocidio Ruandés en los 1990s?

¿Y qué de las 240,000 muertes reportadas en Chechenia desde 1994?

¿O de la adolescente embarazada que se desangró hasta morir en algún aborto a escondidas? ¿Están todas éstas personas perdidas para Dios? Sabemos que los cristianos que fallecen están con el Señor, pero… ¿qué de aquellos que, hasta donde sabemos, nunca tuvieron la oportunidad de recibir o rechazar a Jesucristo? ¿Se han ido para siempre?

Dios se revela a Sí mismo en la Biblia como amando al mundo y enviando a su Hijo al mundo, no para condenarlo sino para salvarlo (Juan 3:16, 17). Si Dios es algo, es compasión. «¡La compasión triunfa en el juicio!» (Santiago 2:13). La respuesta a la pregunta descansa en la compasión de Dios.

En el Salmo 88, David se pregunta si la muerte significa el abandono de Dios, y entonces en el Salmo 139 él refuta esa idea y proclama que el Espíritu de Dios nos encuentra incluso en la tumba. Similarmente, en Eclesiastés 3, el escritor, llamado el Predicador, se pregunta qué le pasa al espíritu o alma de una persona. Entonces, en el capítulo 12:7, él afirma que el «espíritu volverá a Dios, que es quien lo dio». Muertos o vivos, los seres humanos están en las manos del Dios compasivo. La Biblia nos dice que Dios «no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan» (2 Pedro 3:9). Dios es fiel a Su amor pactual. En Su fidelidad, Dios envió a su Hijo a morir por nosotros cuando todavía éramos pecadores. En Su fidelidad, Dios nos amó incluso antes que nosotros lo amáramos. En Su fidelidad, Dios reconcilia consigo mismo al mundo que Él creó (Colosenses 1:19, 20).

Debido a la fidelidad de Dios, podemos poner toda nuestra confianza en Él. Podemos confiar en que Él es, quien dice ser. Él es el Dios que ama al mundo, que redime al mundo, y quien en Cristo, ha compartido el sufrimiento humano. Él es el Dios que promete que más allá de la muerte, en la nueva creación que Él ha preparado para nosotros, veremos a nuestro Señor Jesucristo como Él es.

En Cristo, podemos descansar en la palabra fiel de Dios concerniente a Su misericordia y gracia por toda Su creación, por todas las personas, incluso por aquellos que puedan morir sin haber conocido a Cristo. El tsunami no fue el Día del Juicio. Sólo Dios puede decidir cómo ocurrirá el Día del Juicio, y la Biblia nos dice que Dios ha decidido que el resultado final del Día del Juicio será que «ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor» (Apocalipsis 21:4).

El Cantar de los Cantares dice, «ni las muchas aguas pueden apagarlo (al amor), ni los ríos pueden extinguirlo…» (8:7). Ni tampoco los tsunamis, terremotos, enfermedades, violencia o guerra. El amor de Dios es la esperanza de la humanidad. Y nada puede separar a nadie del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Nada.

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