Tengo más de 30 años como miembro de la Iglesia de Dios Universal. Creo que fue Jesucristo quien me trajo a esta iglesia puesto que es el Padre quien nos trae a Jesús y Jesús es quien nos coloca en el cuerpo como él quiere.

Han pasado seis años desde los cambios en la Iglesia, cuando Dios removió la carga de la ley de nuestras enseñanzas. Como resultado de estos cambios muchos de nuestros miembros nos abandonaron. Cada vez que alguien dejaba de asistir yo sentía como si hubiera perdido a un ser querido trágicamente. Me solía preguntar: ¿Qué voy a hacer? ¿Me voy o me quedo?

Aún recientemente me hacía estas preguntas. Después de leer un artículo acerca del tema, Jesús tocó mi corazón y me abrió el entendimiento de forma maravillosa y así pude entender lo que estaba sucediendo.

Muchos de nosotros hemos oído la analogía de Jesús como un general de un ejército compuesto por muchos batallones. Cada batallón representa una iglesia cristiana con cierta función en el gran combate. La meta es obtener la victoria final cuando él general regrese.

Nuestra iglesia era como un batallón en la línea de batalla del enemigo. En enero de 1995, nuestro pastor general tomó la decisión de pasarnos de las líneas enemigas a la línea de batalla de la gracia de Jesús.

La reacción a esta decisión fue completamente inesperada. Flechas de amargura, rencor, frustración e indignación atacaron a muchos en el regimiento. La pérdida de vidas fue substancial, el campo de batalla se llenó de cuerpos. Las dudas y las heridas llevaron a muchos miembros a la agonía. Otros completamente desorientados atacaron a los líderes. Muchos hermanos y hermanas resultaron heridos mientras otros lloraban desconsolados. Los miembros del batallón se desmoralizaron. Muchos miembros desalentados volvieron a sus casas a atender sus asuntos personales y tratar de olvidar el pasado. Otros desanimados al ver el estado de ánimo del batallón decidieron transferirse a otros batallones más energéticos y fuertes. Yo me quedé junto a mis hermanos observando cómo iba a terminar la batalla.

Con lágrimas en mis ojos le preguntaba al Señor: ¿qué quieres que haga? El me respondió: consuela a aquellos que lloran, anima a los caídos, no le des la espalda a tus hermanos, ámense los unos a los otros.

En ese momento entendí. Debo permanecer aquí por mis hermanas y mis hermanos. Tengo que volverme a ellos, ayudarles a levantarse, sanar las heridas de su corazón, secar sus lágrimas. Juntos nos levantaremos y podremos mirar a Jesús. Solo él puede sanar las heridas de nuestro corazón y de nuestra mente.

Seguimos hacia adelante despacio, cojeando dolorosamente y arrastrando nuestros pies heridos. Pero Jesús, con sus brazos alrededor de nosotros nos ayuda. Ahora comprendo que lo más importante no es estar al frente de la línea de batalla. Jesús mide la victoria mediante la compasión, el perdón y el amor fraternal.

Ésta es la razón por la cual yo decidí quedarme con mi “familia”, esta iglesia, mi batallón. Sigo adelante tomando en mis brazos a cada uno de mis hermanos y hermanas de manera que mis brazos se conviertan en los brazos de Jesús, para consolar a aquellos que también han decidido quedarse.

Por Jeanne Messier

Miembro de la Iglesia de Dios Universal de Canadá

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