Odisea Cristiana

NÚMERO 19

 

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En este número

 Palabras antiguas...  ¿pero verdaderas por siempre?

 

 El sermón de Ev-Ángela

 

 En otras palabras: La cola de un elefante

 

 Rincón de Esperanza: Una visita sin cita

 

Estudio Bíblico: ¿Viviremos otra vez?

 

 Sólo un don nadie

 

 

 

 

Palabras Antiguas…

¿pero verdaderas por siempre?

¿Todavía podemos confiar en la Biblia?

 


 

Antes era todo tan sencillo ¿verdad?

N

osotros teníamos una Biblia Reina Valera de 1960, con las palabras de Jesús escritas en rojo. Tenía una columna al centro de las páginas con referencias útiles, y también tenía un amplio margen que te permite añadir tus propios comentarios “inspirados”. Todas tenían la pasta de color negro. No cabía duda, ésta era la Palabra de Dios.

            Ya no es así. Ahora hay docenas de traducciones de la Biblia que tienen deslumbrantes encuadernaciones. Los programas de computadora nos dan acceso directo a cientos de trabajos de referencia con sólo apretar un botón. Y hemos descubierto que las respuestas a las preguntas difíciles y las explicaciones de las escrituras difíciles no son tan claras ni tan sencillas como habíamos creído.

            Incluso peor aún, hemos visto cómo se incrementa la crítica a la Biblia en sí misma. Desde que El Código da Vinci se hizo muy popular, se han publicado cientos de libros sobre muchos llamados evangelios, epístolas y otros escritos antiguos que nunca se incluyeron oficialmente en la Biblia. Otros escritores dicen haber encontrado información codificada en los textos de la Biblia original, revelando detalladas predicciones de acontecimientos importantes de nuestro tiempo.

 

“Hemos visto cómo se incrementa la crítica a la Biblia en sí misma ¿Qué se supone que debemos hacer con esta avalancha de información?”

           

Muchos de estos libros son producciones oportunistas, escritas rápidamente para aprovechar el interés creado por la novela de Dan Brown. Pero otros son buenas investigaciones, y están escritas por investigadores serios bien cualificados para ofrecer sus puntos de vista.

            ¿Qué se supone que debemos hacer con esta avalancha de información? ¿Ha habido una conspiración para ocultarnos información vital? ¿Es la Biblia sólo una colección de escritos antiguos reunidos y preservados por los seres humanos? ¿Podemos seguir confiando en que es la Palabra de Dios? No debemos tener miedo de enfrentarnos con estas duras preguntas. Y esperamos mostrarte que hay respuestas y que no hay motivos para perder la confianza en el libro que Dios nos dio “para hacernos sabios en la salvación por la fe en Cristo Jesús” (2ª Timoteo 3:15).

 

¿Se contradice la Biblia a sí misma?

            La respuesta es sí y no. La Biblia está escrita en muchos estilos literarios. Algunos de estos estilos no se utilizan como estamos acostumbrados en el mundo moderno. Usan analogías, figuras literarias y lenguaje simbólico que no se dejan interpretar claramente.

            Si toda la Biblia se lee de una manera simple o literal, nos parecerá que tiene algunas contradicciones. Incluso los trabajos de los investigadores más conservadores de las Escrituras admiten que la Biblia contiene irregularidades gramaticales, exageraciones, descripciones imprecisas y citas inexactas. Tenemos que admitir que 1 Corintios 1:14, por ejemplo, es un error, porque Pablo nos lo dice.

            Nuestra habilidad para comprender y razonar está formada por nuestras experiencias personales y las tradiciones y modos de entender que configuran nuestras ideas y nuestra visión del mundo. Los que vivieron hace miles de años tenían una visión del mundo muy diferente de la nuestra. Incluso hoy, debido a diferentes tradiciones y experiencias, la gente honestamente llega a diferentes conclusiones sobre lo que la Biblia enseña, especialmente en los detalles.

            La Biblia no es siempre tan fácil como esperamos de la literatura en el siglo XXI. Pero lo fundamental es tener en cuenta las lecciones de la Biblia que no son controvertidas. Como Mark Twain dijo una vez: “No son las partes de la Biblia que no entiendo las que me preocupan, sino las partes que entiendo”.

 

¿Podemos esperar que la Biblia sea una guía fiable para todos los aspectos de la vida hoy?

            Una vez más, sí y no. La Biblia no dice que nos vaya a decir todo lo que necesitamos saber sobre todos los temas, ni siquiera de la mayoría de los temas. Cuando la Escritura nos habla del Sol que se levanta, como en Mateo 5:45 por ejemplo, su propósito no es hacer una afirmación del campo de la astrofísica. Cuando dice que la semilla de mostaza es la más pequeña (Mateo 13:31-32), no está tratando de darnos una lección de botánica. Las Escrituras lo que sí hacen es afirmar que son una guía valiosa de nuestras relaciones con Dios y con otros humanos. Dicen la verdad sobre la fe, la adoración, la salvación, la moral y la ética (2 Timoteo 3:15-16). Pero lo hacen de manera que lo pueda entender cualquiera en cualquier tiempo.

“La Biblia está supuesta a llegar a todas las personas a lo largo del tiempo. Desde antes de la Edad Media hasta después de la Era Espacial”

            Recuerda, la Biblia quiere llegar a personas a lo largo de los siglos, tanto a los que vivían en los tiempos del Nuevo Testamento, durante la Edad Media, durante la Revolución Industrial del siglo XIX, las dos Guerras Mundiales, la segunda parte del siglo XX… como a los que vivimos hoy. Y si Jesús no viene todavía, la Biblia seguirá llevando su mensaje a incontables generaciones futuras, cuya tecnología nos hará parecer hombres primitivos.

 

Así que, ¿estás diciendo que la Biblia no es históricamente fiable?

            Si lo comparamos a la mayoría de los escritos antiguos es muy fiable. Pero su nivel de precisión está disminuyendo por las expectativas de la ciencia e historia modernas. Las listas genealógicas pueden estar incompletas (Mateo 1:8; 2 Crónicas 22-24), los años de reinado de los reyes se han podido malinterpretar debido a las regencias, narrando hechos fuera de su secuencia temporal (Mateo 4:18-22; 8:14 Lucas 4:38-5:11), los hechos profetizados pueden no haberse cumplido en todos sus detalles (Hechos 21:11, 32-33; 27:10, 22), etc.

            Toda afirmación bíblica es verdad, pero algunas son imprecisas e incompletas. La “verdad” sobre algo no requiere que aceptemos todos los comentarios bíblicos como histórica o científicamente precisos. La mayoría de las críticas que se alegan contra la Biblia son fáciles de rebatir, y no alteran su mensaje principal.

            Cada parte de la Biblia debería ser evaluada de acuerdo a su propio uso y propósito. Su propósito raramente necesita incluir detalles de historia o de ciencia. Algunas de esas cosas las necesitamos saber y otras no. Dios no está preocupado por si entendemos astrofísica, botánica o cronología; y nos equivocamos si tratamos de usar su libro inspirado para propósitos para los que no fue ideado.

 

¿Estás diciendo que no se aplica todo a nosotros?

            Algunas partes de la Biblia están diseñadas para una situación específica en una cultura específica, y sería erróneo por nuestra parte separarla de su contexto e interpretarlas según nuestra situación actual y según nuestras maneras de expresión propias.

            A los cristianos del primer siglo se les dijo que orasen con las manos levantadas (1 Timoteo 2:8). A los esclavos se les decía que se sometieran incluso a amos crueles (1 Pedro 2:18). A las vírgenes se les aconsejaba que permanecieran vírgenes (1 Corintios 7:26). A las mujeres se les decía cómo vestir cuando orasen (1 Corintios 11:5), y a los hombres se les decía cuán largo debía ser su cabello (v. 14). También se decía que había que saludar dando un beso. Todo esto atendía a lo que era apropiado en el siglo primero en la cultura mediterránea, pero no necesariamente se da ahora en toda la cultura occidental.

            Si los apóstoles hablasen inmersos en nuestra cultura, puede que citasen el Antiguo Testamento de forma distinta, incluso usarían distintas escrituras. Las parábolas se referirían a la vida urbana, y las referencias a la esclavitud no se incluirían.

            La Biblia se escribió en una cultura diferente. Sus verdades fueron dichas con palabras y estilos marcados por esa cultura. El hecho de ser posible hablar atravesando culturas, para encajar en situaciones que nunca existieron cuando éstas se escribieron, es un testimonio de su autoridad continua. Sus verdades atemporales se nos presentan revestidas de una cultura concreta.

 

¿Nos estás animando a elegir lo que nos convenga a la hora de vivir por toda la palabra de Dios?

            No, al menos no de una manera que permita sólo aceptar las partes que más nos gusten y descartar las que no. Pero la mayoría de nosotros pone un filtro en la Biblia, un filtro del que casi nunca somos conscientes. Decimos que la Biblia es una autoridad para los creyentes y practicantes, pero no aceptamos partes de ella que reglamentan nuestra vida.

            Por ejemplo, la Biblia dice que debes destruir tu casa si tiene moho (Levítico 14:43-45). Pero muchos de nosotros no tomamos esto seriamente. El sentido común nos permite poner esa escritura en su sitio y propósito original.

            Sin embargo, no estamos sugiriendo que de forma rutinaria olvide la Biblia y siga su sentido común. No tenemos que elegir entre esos dos extremos, pero los cristianos deben pensar en la clase de autoridad que la Biblia tiene. Su propósito es introducirte en las buenas noticias del reino de Dios, y hacerte sabio para la salvación.

 

¿Qué consejo das para aquellos que leen estas cosas por primera vez?

            Puede que sea de ayuda pensar en la Biblia como si fuese un árbol. Muchos cristianos ven que el árbol es sólido y con buenas raíces, y en eso están en lo cierto. Pero puede que entonces asuman que todas sus ramas, incluso los tallos, son igualmente sólidas. Piensan que pueden apoyar una escalera contra cualquier parte del árbol sin darse cuenta que algunas de las ramas no se diseñaron para soportar ese peso.

            Las ramas pequeñas pueden soportar la escalera por un tiempo pero, cuando un viento fuerte sopla o cuando hay una presión especialmente fuerte, la escalera se vuelve inestable y posiblemente peligrosa.

            Debemos empezar en el tronco del árbol y movernos por las ramas sólo cuando hemos comprobado su estabilidad. Algunas partes de la Biblia son buenas para la decoración, por ejemplo, pero no para sustentar peso. Tienen valor, pero no siempre en la manera que creemos. Fueron inspiradas por un propósito y hacemos mal si intentamos que sirvan para un propósito diferente. Nunca olvide el hecho de que la información de la Biblia está ahí para hacernos “sabios para la salvación”. En eso sí puedes confiar.

 

Pero una vez que admites que la Biblia tiene sus limitaciones ¿no dejas abierta la caja de Pandora?

            Puedes creer algo sin tener pruebas irrefutables. Pero hay cosas que puedes aceptar por fe. No fe ciega, sino fe basada en evidencias y sustancia, como dice la epístola a los hebreos. Una persona que se compromete con Dios tiene razones para tener fe. Aunque no necesariamente se apoye en razones científicas capaces de convencer a un ateo.

            Y, de igual manera, tampoco pueden aquellos que tengan dudas basarse en pruebas científicas. Un ateo no puede probar que Dios no existe, o que Jesús no resucitó. Así que no consideres las evidencias para tu fe de una clase inferior a las evidencias que tiene un escéptico.

            La experiencia personal nos ayuda a entender que la Biblia tiene autoridad. Este es un libro que tiene el coraje y la honestidad de hablarnos de nuestra depravación y de la gracia de ofrecernos una conciencia limpia y vida eterna. Nos da una transformación espiritual y rectitud, no por normas y mandamientos, sino de una forma inesperada: a través de la gracia y del trabajo redentor de nuestro Señor. La Biblia nos da testimonio del amor, el gozo y la paz que podemos tener por la fe; realidades que están, como dice la Biblia, más allá de nuestra habilidad de ponerlas por escrito. Este libro nos da sentido y propósito en la vida cuando nos habla de la creación divina y de la redención.

            Nos damos cuenta de que no todos van a estar de acuerdo con este entendimiento. Otros llegan a conclusiones distintas sobre la credibilidad de la Biblia. Algunos cristianos creen que toda palabra debe tomarse en su sentido literal. Y habrá quienes incluso creerán que es menos fiable de lo que nosotros hemos dicho aquí. Respetamos su fe en Cristo, pero repetimos lo que creemos, en resumen, que la Biblia es la palabra inspirada de Dios, con autoridad y confiable en materia de fe, adoración y ética. 

¿Qué ocurre con los evangelios “extra-bíblicos” y las epístolas que no están en el Nuevo Testamento? ¿Por qué no los leemos igualmente? ¿Cómo sabemos lo que debe estar en el Nuevo Testamento?

Todo eso realmente merece un artículo aparte, que se publicará próximamente. ■
 

El Sermón de Ev-Ángela

Por Jeffrey Broadnax

H

ace poco Ángela nos dio un asombroso ejemplo de evangelismo. Ella había invitado a siete miembros de una misma familia a la iglesia el mes pasado y, al parecer, todos se lo pasaron muy bien. Mientras que muchos cristianos hubiesen preferido dedicarse a la tauromaquia en vez de a la evangelización, Ángela, de tan solo seis años, lo hizo parecer fácil.

            “Vivir y compartir el evangelio” es el lema de nuestra denominación, y llevo tiempo animando a mi congregación a comprometerse con esta gran comisión. Es lo que se supone deben hacer los cristianos, ¿verdad?

            Pues bien, como al parecer esta cosa llamado “evangelismo” asusta de lo lindo a muchos cristianos, el ejemplo de Ángela describe, de una forma muy hermosa, un sencillo retrato de lo que puede ser un concepto complicado de llevar a cabo.

            A principios de año invité a los miembros de nuestra iglesia a que cada año buscasen a una persona con quienes podrían cultivar una relación y aprender de sus vivencias. También les pedí sí intercambiarían sus propias experiencias vividas, y quizás invitar a alguna de esas personas a compartir un día de alabanza con nosotros. Estos sencillos pasos son una parte más del modo de vivir el lema de nuestra iglesia al compartir el verdadero amor y esperanza a través de auténticas relaciones.

            A menudo los evangélicos concentran sus esfuerzo en “acercar a las personas a Cristo”, pero nuestro esfuerzo ha estado en “llevar a Cristo a las personas” por medio de su amor, al tiempo que crecía nuestra amistad. Y a este respecto, nuestra pequeña “Ev-Ángela” nos bendijo con un ejemplo puro e incontaminado de cómo llevar a cabo el trabajo de nuestra comisión.

 

Si tu corazón anhela sentir una nueva forma de vivir, una verdadera libertad y un pensamiento transformado, entonces ¡que Cristo sea alabado, porque has compartido el evangelio!

           

Durante una clase de discipulado pudimos ver con toda claridad el mensaje que nuestro Señor nos mostró en Mateo 18:1-4. Jesús dijo “Os aseguro que a menos que cambiéis y os volváis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. Wow, vaya manera de ver como es el reino. Según iba dirigiendo la clase de discipulado, observé al matrimonio Toy y a sus cinco hijos en el primer banco de la iglesia. Era la tercera vez que acudían a la invitación de Ángela. Y ahí estaban, impecablemente vestidos y absorbiendo todo cuanto se decía.

            Observé como durante los cánticos ellos se ponían en pie y en el tiempo de oración y sermón, permanecían sentados. Tras los servicios, comprobé como la familia Toy disfrutó estar rodeados en compañerismo cristiano mientras Ángela nos presentaba a cada miembro de la familia.

            Al parecer, la pequeña Ángela les había invitado a sentarse en la primera fila junto a su familia y respetuosamente había compartido con ellos el desarrollo del culto. La belleza de sus acciones mes fascinó y un sin fin de preguntas inundaron mi mente ¿Es posible que esta pequeña de seis años haya estado escuchando atentamente todas estas semanas? ¿Habrá comprendido lo que he estado predicando?

            La respuesta probablemente sea más reveladora de lo que realmente quisiera reconocer. Francamente, creo que Ángela nunca consideró el evangelismo un problema. Estas eran las personas con quienes jugaba y hablaba abiertamente; aquellos con quienes disfrutaba durante su tiempo libre. Por supuesto que eran una familia “con quien divertirse”, pero, ¿realmente le importaba mucho esto? Ángela solo quería compartir su experiencia cristiana con unos amigos.

            Fue tan fácil, tan natural, para Ángela invitar a la familia Toy a la iglesia y pacientemente compartir con ellos lo que había que ir haciendo. ¿Puede que esta cosa que a menudo a los adultos les hace romper a sudar en realidad resulte ser tan fácil y natural?  

            Pues debo reconocer que, si lo de la familia Toy es una indicación, ¡entonces si lo es!

            Un estudio de George Barna denuncia que el 99% de cristianos evangélicos jamás han compartido el evangelio con un no creyente. ¿Es posible que muchos creyentes hayan estado evangelizando desde el principio, pero sin saber que es así como se llamaba oficialmente?

            Cuando tomamos de nuestro tiempo para de verdad escuchar los relatos de una persona, compartir nuestras propias historias o intentar dejar algún poso espiritual a un conocido hambriento, ¿no estamos evangelizando? Si tu corazón anhela sentir una nueva forma de vivir, una verdadera libertad y un pensamiento transformado, entonces ¡que Cristo sea alabado, porque tu has compartido el evangelio!

Así que, querida Ev-Ángela, muchísimas gracias por el sermón que dedicaste a nuestra congregación. Sentaste un ejemplo útil e inspirador para todos en alocución, en viveza, en amor, en fe y en pureza. Dios quiera que todos pudiéramos abordar las buenas nuevas con tal sencillez y honra.  ■

 

Jeff Broadnax es pastor de tres congregaciones en Nueva York, Director del Campamento de Verano Nuevos Horizontes en Connecticut, Asesor Diplomado de la Junta Nacional y padre de dos.


EN OTRAS PALABRAS

 

La cola de un elefante

 

Por más pequeña que sea la cola del elefante, todavía puede ahuyentar moscas con ella…
(Proverbio del África Occidental)

 

Por James R. Henderson

 


¿

Has notado alguna vez qué tan pequeña es la cola de un elefante comparada con el resto de su cuerpo?

      Sin embargo, su tamaño no disminuye su propósito o efectividad.

      Todos nosotros nos sentimos algunas veces como la cola de un elefante. Quizás pensamos que somos insignificantes en el gran esquema de cosas. Pero no es así como Dios nos ve.

      Algunas veces las personas me dicen que no tienen los talentos o el entrenamiento para hacer una gran diferencia. Los líderes congregacionales de iglesias pequeñas algunas veces piensan que ellos pueden hacer muy poco para Dios ya que carecen de las estructuras y los programas descritos en los libros de crecimiento de la iglesia.

      David fue un pequeño joven que enfrentó un problema gigantesco. El rey Saúl ofreció a David lo más reciente en armadura y armas de guerra. Pero David hizo el trabajo con sólo unas pocas piedras y una simple honda.

      Algunas veces el trabajo más grande es hecho por las personas menos impresionantes con las herramientas más simples. No importa qué tan pequeño pienses que eres o qué tan poco pienses que tienes, Dios te puede usar para Su grandioso propósito.  ■

 

RINCÓN DE ESPERANZA

Una visita sin cita

Por Pedro Rufián Mesa

L

as palabras de Andrés, su doctor oncólogo: “¿Qué te parece si nos vemos en mi consulta en el hospital el próximo miércoles para valorar la quimioterapia a la te vas a someter?, la hicieron descender a la dura realidad de su situación, pues durante la semana no había ni siquiera pensado en el cáncer de páncreas que le habían diagnosticado.

     De pronto su rostro empezó a reflejar la guerra que su mente sostenía, asediada por una multitud de preguntas y dudas, y debatiéndose entre la negación y la fe en un ser superior, sobrenatural, que quizás la podría ayudar a hacer frente a la injusticia a la que le había tocado hacer frente, la de padecer un cáncer con un porcentaje de cura tan bajo, y siendo tan joven. 

     Esperanza le dio la mano al doctor, mientras lo miraba a los ojos preguntándole: “¿El miércoles voy a la consulta a las diez de la mañana, o a otra hora?”. Andrés le contestó: “¿Podrías venir a última hora, hacia las tres y media de la tarde? Así tendría más tiempo para explicarte el tratamiento y poder contestar a tus preguntas con más tranquilidad. ¿Qué te parece?”. “Muy bien. Así lo haré” contestó despidiéndose. 

     Esperanza se marchó de la terraza del bar en busca de su automóvil pensando en todo lo que Andrés le había dicho. Distraída, casi se tropieza con otra mujer. “Lo siento”, se disculpó.

     ¿Qué le estaba pasando? Se sentía nerviosa. En su mente se agolpaban las ideas en avalancha: ¿Por qué ahora que estaba empezando a comprender algo estoy condenada a morir tan rápidamente? ¿Por qué ahora que estaba empezando a conocer a un hombre con el que podía hablar de todo sin que se espantase, la relación tendría que terminar antes de empezar? Esas y parecidas ideas fueron las que, mientras conducía de regreso a su casa, iba entretejiendo en su mente.

En una encrucijada

     Llegó un poco crispada y de mal humor por lo que consideraba era una mala jugarreta de la vida. Hizo una comida ligera a base de una menestra de verduras naturales ligeramente rehogadas en aceite de oliva virgen con un picado de almendras y nueces, algo de queso tierno y una manzana como postre. Vio las noticias en la televisión y se fue a dormir. Le costó lo indecible conciliar el sueño. Se sentía tensa, desanimada y en parte sorprendida, como cuando uno es injustamente tratado. Al final, rendida de sueño, logró ponerle freno a la incesante fábrica de pensamientos, que es la mente, y logró dormir.

     El día siguiente se fue a trabajar temprano, como de costumbre, y eso, aparentemente, hizo que desviara su mente de sus recurrentes preguntas. Pero cuando llegó a casa, de regreso del trabajo, se vio sola y sitiada por su enfermedad, no pudo resistir más y empezó a llorar pensando en la injusticia a la que la vida la estaba condenando.

     Tomó una cena frugal y para tratar de huir del bullicio negativo en su mente decidió sentarse frente al televisor y ver una película. ¿Cómo podía una psicóloga madura y racional como ella estar sintiéndose así?, se preguntaba. Concluyó que no era el miedo a su enfermedad lo que la intranquilizaba sino la ansiedad de la duda de si era esta vida, o no, todo lo que había. 

Camino de la rendición

     Aquella noche no pudo concentrar el sueño y en su cabeza resonaban las palabras de Andrés: “Háblale a Dios Esperanza. Háblale como hablas conmigo y pídele que te ayude a sanar de tu enfermedad si esa es su voluntad soberana”. Pero no quería rendirse a algo que no fuese racional y que ella no pudiese explicar. Esa era la lucha que venía sosteniendo. Se resistía a rendirse ante un Dios que no podía entender, aunque había venido a aceptar que, ante la evidencia de la creación y de su propia inteligencia, para no creer se necesitaba tener más fe que para hacerlo.

     Después de varias horas dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño, rendida y llena de dolor en su corazón le pidió a Dios que le diera tranquilidad y paz.

     Se dio cuenta que por primera vez había dirigido sus pensamientos a Dios. Ya lo había hecho de niña instruida por su madre, pero ahora lo había hecho por sí misma y no repitiendo oraciones aprendidas de memoria.

     Su petición fue breve, pero sincera. Sorprendentemente no pasaron ni cinco minutos antes de que se durmiera profundamente. Aunque todas las mañanas se despertaba de forma rutinaria antes de que sonara la alarma de su reloj, aquella no se despertó hasta que el sonido del reloj empezó a indicarle que era hora de levantarse.

     Mientras se duchaba no podía dejar de pensar en lo profundo y reparador que había sido el sueño de la noche anterior.

     Casi sin darse cuenta y tímidamente balbuceó: “Gracias Señor”.

     Cuando preparaba su desayuno de cereales con leche, zumo natural de naranja y tostadas con margarina vegetal, su vista se dirigió casi automáticamente hacia un pequeño estante de libros que tenía en la cocina. Allí vio la vieja Biblia que su madre le había regalado antes de morir. Se sintió movida a tomarla, lo que hizo, dejándola sobre la mesa donde estaba poniéndose el desayuno. Mientras mordía una tostada con la otra mano abrió la Biblia. Al dirigir su mirada leyó: “Pues que a su amado dará Dios el sueño”[1].

     Cuando leyó esas palabras dejó de masticar y balbuceó de nuevo: “Gracias Señor”, y pensó que quizás había sido una coincidencia.

     Terminó su desayuno y partió para su trabajo. Se sentía descansada y relajada como no se había sentido hacía mucho tiempo. Ese día estuvo tranquila en su trabajo, y así pasó los demás hasta que llegó el miércoles, cuando tenía que verse de nuevo con Andrés. Más de una vez, durante esos días, doblegó su altivez intelectual y se dijo a sí misma que quería pensar que fue Dios el que le concedió la paz y la tranquilidad mental que tanto necesitaba.

La visita sin cita

     Se sentía optimista, llena de esperanza y deseosa de verse con su oncólogo, especialmente para contarle como le había pedido a Dios, y para que le confirmara si lo que le había sucedido era su respuesta.

     Como la última vez se propuso dejar que fuese Andrés el que iniciara la conversación, después de todo era su doctor, y en su vertiente profesional tenía que aconsejarla sobre el curso de tratamiento a seguir.

     Esperanza llegó a las 3:30 de la tarde a la consulta del especialista en el hospital.

     Andrés le explicó que casi con carácter experimental podría tratarla con una nueva quimioterapia que había sido presentada en Alemania, en el último Congreso Oncológico Europeo. Con el cóctel que la componía, se pretendía que la medicación actuara más directamente en el área afectada, mientras se esperaba que aminorara los efectos secundarios.

     Después de haberle explicado todo el procedimiento, las dosis y la regularidad de las mismas, Andrés le preguntó: “¿Qué opinas Esperanza?”. “Pues que, igual que me sucede en el aspecto espiritual, por el que he empezado a confiar algo en Dios, aunque no lo entienda, tengo que confiar en el tratamiento que me propones aunque no sepa nada de medicina”. Eso de que “había confiado algo en Dios” levantó la curiosidad del doctor, quien le dijo: “Confía primero en Dios y después en el tratamiento, pues él puede hacer su voluntad por medio de la medicina”.

     Esperanza ya no podía contener más sus deseos de compartir con Andrés su primera experiencia de oración.

     Después de haberle contado lo que le había sucedido, lo tranquila que se había sentido y lo esperanzada que estaba de nuevo, le preguntó: “¿Crees que eso me está sucediendo como respuesta a mi insignificante oración a Dios?”.

     “Creo que sí. Dios mira el corazón y lee los pensamientos y las intenciones, no lo bien elaboradas que sean o las palabras que usemos en nuestras peticiones”[2].

     Esperanza se quedó pensando durante unos segundos y luego contestó: “Yo creía que uno tenía que ser religioso y bueno antes de pedirle a Dios nada. Vaya, que, igual que cuando uno va al doctor, se necesitaba una cita previa”.

     Andrés le dijo: “Uno no necesita ser religioso, ni bueno, ya que el Señor dice que ninguno de nosotros es bueno, como él define el bien. Como se dice en la Carta a los Hebreos, al acercarnos a Dios solo tenemos que creer que él existe y que es galardonador de los que le buscan.[3].  Para visitar al doctor se necesita una cita previa, pero para visitar a Dios nuestro Padre no la necesitamos, igual que yo no necesito una cita para visitar a mi padre. Dios está siempre dispuesto para nosotros y deseoso de escucharnos. Puede hacerlo porque es omnipresente, está en todos los lugares al mismo tiempo. Una característica que solo Dios tiene. Por supuesto, confío que le hayas dado gracias por haberte contestado”.

     “Sí, sí lo hice. No muy convencida, es cierto, pero al haber dormido como hacía mucho tiempo que no lo hacía, me sentí seducida a decir: ‘Gracias Señor’. ¿Lo hice bien?”.

     “Sin duda que sí. Dios mira el corazón y conoce nuestros pensamientos antes de que se conviertan en palabras en nuestra boca”. 

     Esperanza estaba contenta de que Andrés, ahora como pastor, confirmara lo que ella había intuido tímidamente. Dios había contestado su oración. Ahora podría darle gracias de una forma más convincente y compartir con él sus ansiedades y necesidades, segura de que no necesitaba una cita previa para hablarle.

 

Continuará


 

ESTUDIO BÍBLICO

 

¿Viviremos otra vez?

Un estudio de 1ª Corintios 15:1-23

 


 

Por Michael Morrison

 

 

            Pablo escribió su carta a la iglesia de Corinto para referirse a varios problemas y preguntas que tenían los miembros. En el capítulo 15, él responde a la idea de que nadie resucitará de los muertos.

            Pablo empieza con una enseñanza que la gente ya había aceptado:

            "Quiero recordarles el evangelio que les prediqué, el mismo que recibieron y en el cual se mantienen firmes. Mediante este evangelio son salvos, si se aferran a la palabra que les prediqué. De otro modo, habrán creído en vano" (versos 1-2).

            Él describe los puntos principales del evangelio:

            "...que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, que fue sepultado, que resucitó al tercer día según las Escrituras" (vv. 3-4).

            Somos salvados por la muerte y la resurrección de Jesucristo.

 

Tenemos esperanza de una vida futura y ella reposa sobre la resurrección de Jesucristo

            Ya que Pablo se está enfocando en la resurrección, él cataloga la evidencia de los testigos oculares:

            "se apareció a Pedro y luego a los doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales vive todavía, aunque algunos han muerto. Luego se apareció a Jacobo, más tarde a todos los apóstoles, y por último, como a uno nacido fuera de tiempo, se me apareció también a mí" (vv. 5-8).

            Todos lo hemos visto, está diciendo Pablo, y pueden ustedes mismos verificar eso porque la mayoría de esos testigos están todavía vivos. En los versos 9-10 él se desvía del tema para hablar de su llamado como apóstol; y entonces concluye:

            "esto es lo que predicamos, y esto es lo que ustedes han creído" (v. 11).

¿Todo en vano?

            Con este fundamento, Pablo empieza a razonar:

            "Ahora bien, si se predica que Cristo ha sido levantado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de ustedes que no hay resurrección? Si no hay resurrección, entonces ni siquiera Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación no sirve para nada, como tampoco la fe de ustedes" (vv. 12-14).

            Los apóstoles son testigos del hecho que Jesús fue resucitado de los muertos. Por tanto, no tiene ningún sentido que alguien que cree en el evangelio, enseñe que no hay resurrección, porque ya ha aceptado un mensaje que proclama la resurrección. Si el mensaje está defectuoso en su base, no tiene sentido predicarlo, y todos deberían abandonarlo y olvidarse de él.

            Y si el mensaje está equivocado, los apóstoles son mentirosos:

            "Aun más, resultaríamos falsos testigos de Dios por haber testificado que Dios resucitó a Cristo, lo cual no habría sucedido, si en verdad los muertos no resucitan" (v. 15).

            Pero el problema se hace aun mayor que eso. Pablo señala otra consecuencia lógica:

            "Y si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes es ilusoria y todavía están en sus pecados" (v. 17).

            El mensaje del evangelio proclama que Jesús murió por nuestros pecados—pero si el mensaje del evangelio está errado acerca de Su resurrección, no tenemos razón para creer la otra parte del mensaje, que Su muerte se hizo cargo de nuestros pecados. El mensaje de la resurrección está conectado lógicamente con el mensaje de la crucifixión. Si uno es falso, el otro también lo es.

            Y si la gente muere sin ningún perdón, sin ninguna esperanza de vivir otra vez, entonces no tenía sentido que ellos aceptaran el evangelio:

            "En este caso, también están perdidos los que murieron en Cristo. Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera sólo para esta vida, seríamos los más desdichados de todos los mortales" (vv. 18-19).

            En esta vida, corremos el riesgo de ser perseguidos por seguir a Cristo. Renunciamos a nuestros tesoros temporales y placeres en este mundo, pero si esta vida es todo lo que tenemos, ¿por qué deberíamos renunciar a todo? Si renunciamos a todo por un mensaje que ni siquiera era verdadero, seríamos justamente ridiculizados.

Jesús, el primero de muchos

            Pero el evangelio dice que en Cristo tenemos esperanza de una vida futura, y ella reposa en la resurrección de Jesús. La Resurrección conmemora no sólo el hecho de que Jesús volvió a la vida—se convierte en una promesa para nosotros de que también volveremos a la vida. Si Él no se levantó otra vez, no tenemos esperanza, ni en esta vida ni en la siguiente. Pero Él sí se levantó, y por lo tanto, sí tenemos esperanza.

            Pablo reafirma la buena noticia: "Lo cierto es que Cristo ha sido levantado de entre los muertos, como primicias de los que murieron" (v. 20).

            La palabra primicias es altamente significativa. En el antiguo Israel, los primeros granos en ser cosechados cada año eran cuidadosamente cortados y ofrecidos en adoración a Dios. Sólo entonces podía ser comido el resto de los granos (Lev. 23:10-14). Cuando ellos ofrecían las primicias, estaban reconociendo que todos sus granos eran un don de Dios; la ofrenda de las primicias representaba toda la cosecha.

            Cuando Pablo llama a Jesús las primicias, él está diciendo que Jesús es la promesa de una cosecha mucho más grande aun por venir. Él es el primero en ser resucitado, pero Él representa a muchos más que también serán resucitados. Nuestro futuro depende de Su resurrección. No sólo lo seguimos a Él en Sus sufrimientos, también lo seguimos a Él en Su gloria (Romanos 8:17).

            Pablo no nos ve como individuos aislados—Él nos ve como perteneciendo a un grupo. Pero, ¿cuál grupo? ¿Seremos personas que seguimos a Adán, o que seguimos a Jesús?

"Ya que la muerte vino por medio de un hombre", dice Pablo, de la misma manera, "también por medio de un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos volverán a vivir" (vv. 21-22).

            Adán fue las primicias de la muerte; Jesús fue las primicias de la resurrección. Si estamos en Adán, compartimos su muerte. Si estamos en Cristo, compartimos Su resurrección. El evangelio dice que todos los creyentes serán vivificados en Cristo. Este no es un beneficio temporal en esta vida—es algo que disfrutaremos en la eternidad.

            "Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; después, cuando él venga, los que le pertenecen" (v. 23).

            Tan seguro como que Jesús se levantó de la tumba, nosotros también nos levantaremos, a una nueva e increíblemente mejor vida. ¡Regocíjate! Cristo ha resucitado, ¡y nosotros también resucitaremos! ■

 

Preguntas para diálogo

§        Todos los que vieron al Cristo resucitado ya están muertos. ¿Es el testimonio ocular de ellos todavía bueno? (vv. 5-8)

§        ¿Por qué querría alguien predicar que no hay resurrección? (v. 12)

§        ¿Tiene algún valor la fe cristiana, para la vida antes de la muerte? (v. 19)

§        ¿Es justo que Adán determine el destino de todos sus descendientes? (v. 22)

 

 

 


¿Sólo un don nadie?

 

¿A

sí que piensas que eres sólo un “don nadie”? A Dios no le importa lo que tu piensas acerca de ti mismo. Lo que Él piensa de ti es lo que importa, y Él piensa que tú eres su agente especial de operaciones.

            Considera al niño en la playa del Mar de Galilea que voy a presentarte. En los días de Jesús, los niños eran considerados como muy poca cosa. Si las mujeres eran tenidas en poco en esa cultura, a los niños los tenían aun más abajo. Pero cuando llegó el tiempo para que alguien diera un paso hacia adelante con las semillas de uno de los milagros más grandes de Jesús, nuestro Salvador llamó a un “mero” niño, un “don nadie”.

            No fue por accidente. Jesús estaba elaborando un punto, y lo estaba haciendo para ti y para mí. Porque cuando se trata de confianza en servir a Dios, la mayoría de nosotros se imagina que no tiene nada de valor que ofrecer.

            Una gran multitud estaba siguiendo a Jesús porque vieron que Él estaba sanando a gente enferma (lee el relato en Juan 6:1-15). Necesitando un descanso, Jesús llevó a Sus discípulos a lo alto de una montaña para estar a solas un rato, pero la multitud seguía viniendo.

            Así que Jesús se dirigió a Felipe y le preguntó dónde iban ellos a comprar pan para alimentar a aquellas personas. De hecho, Él estaba probando a Felipe con la pregunta, porque Él ya sabía lo que iba a hacer, y no era agotar el pan de todos los panaderos gerasenos.

            ¿“Estás bromeando”? “Ni siquiera nos acercamos entre todos nosotros a la cantidad de dinero que se necesita”, debió haber dicho Felipe.

            Andrés dijo, quizás con un poco de sarcasmo, “Bueno, aquí hay un niño con cinco panes de cebada y un par de pescados. Aunque, no creo que alcance para cinco mil bocas, ¿verdad?”

            Eso era lo que Jesús estaba esperando escuchar. “Hagan que la gente se siente”, dijo Él. Así que los discípulos encontraron una grandísima área con pasto e indicaron a la multitud que se acomodara. Entonces Jesús tomó los panes y los pescados que el muchacho traía consigo y que estaba dispuesto a entregarlos al Maestro. Jesús dio gracias por la escasa ofrenda y la repartió, alimentando a todos hasta que estuvieron satisfechos.

            Después que todos ya habían comido suficiente, Jesús dijo a Sus discípulos que recogieran las sobras. Él no quería que ninguna parte de esa pequeña ofrenda se desperdiciara.

             El niño no tenía mucho, y no hizo mucho, pero lo que tenía y lo que hizo jugó un papel importante en lo que Jesús había decidido hacer. En términos de posición social y en términos de prestigio, notoriedad o rango, el niño no tenía ninguno. Pero Jesús lo conocía y sabía lo que él tenía para ofrecer. No era mucho según estándares humanos, pero lo suficiente para ser una parte de la grandiosa obra de amor del Señor en el mundo.

            Quizás te imaginas que tu tampoco tienes mucho. Quizás te imaginas que lo que sea que tienes no hace la diferencia en el gran esquema de cosas. Pero Jesús usó a ese niño y su bolsa de pan y pescados sobre la playa para decirte lo contrario. Es la obra de Cristo la que importa, y Él te quiere involucrado en ella. Lo que tú consideras pequeño y sin importancia Él lo considera precioso, y lo puede usar para hacer grandes cosas.

            Así que no te escondas detrás del estanquillo de hot dogs cuando podrías pasar a batear. Jesús te quiere en el juego, y Él puede convertir tu mal bateo en un imparable si sólo le das la oportunidad. Confía en Él. Tú eres su agente especial de operaciones.

Y todo es porque Él te ama. Él te quiere ahí junto a Él en lo que está haciendo porque en verdad le caes bien y disfruta tu compañía. E incluso, si todo lo que puedes hacer es dar un vaso de agua de vez en cuando, o simplemente decirle, “eso es grandioso, Señor”, eres importante para Él. No eres un don nadie para Jesús. Nunca lo fuiste. Nunca lo serás.

 

[1]  Salmo 127:2

[2] Salmo 139:1-6

[3] Hebreos 11:6

 

NÚMERO 19

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