Me sentí muy pequeña, al estar bajo esa gran bóveda aterciopelada. También, me sentí insignificante ante esa vastedad, pero de cierta manera, me sentía muy segura. En poco tiempo, nuestra conversación pronto cambió a tonos bajos mientras que un sentimiento sobrecogedor y de respeto descendía sobre nosotras. Hablábamos en voz baja mientras señalábamos hacia la oscuridad de la noche.
Mi apetito por la astronomía aumentó. Por lo tanto, unas semanas más tarde, invité a mi esposo a una reunión de astronomía cerca del lago de un parque. Los entusiastas del club de astronomía tenían sus telescopios apuntando hacia el firmamento, entrenados ya para localizar puntos de interés. Pudimos admirar conglomeraciones de estrellas así como también las lunas de Júpiter.
Los miembros consultaban gráficas estelares y de sus bocas salían nombres de constelaciones en lenguas extranjeras. Estos entusiastas conocían su camino en el cielo así como yo conozco mi camino cuando ando en un centro comercial. Conforme tropezábamos en la oscuridad para llegar a nuestros vehículos, quedé impresionada de lo mucho que sabían estas personas y de lo poco que sabía yo. El contraste me golpeó de forma repentina. Había pasado de la admiración y maravilla hacia la ignorancia y a la insuficiencia de conocimientos de astronomía.
¿Qué le ocurrió a mi sentido de asombro de la niñez? ¿Acaso será que los niños experimentan el asombro porque todavía no entienden cómo funciona su mundo? Por ejemplo, las olas en la orilla del mar proporcionan un lugar fascinante para jugar hasta que alguien explica la influencia que tiene sobre el mar la rotación de la tierra y la atracción gravitacional de la luna. Por otra parte, ahora puedo predecir cuándo subirán y bajarán las olas, y saber exactamente de cuánto tiempo dispongo para hacer una castillo de arena.
Esta es una información que es útil, sin embargo, hace peligrar el sentido de la aventura y del asombro. De cualquier modo, de pronto me he vuelto más calculadora cuando voy por conchas en la playa o cuando hago proyectos de arte en la arena. Las culturas antiguas adoraban a la incontrolable naturaleza que existía alrededor de ellos—el fuego, el viento, la lluvia. En cambio, nosotros somos más sofisticados. Entendemos los patrones del clima global, y podemos rastrear climas calamitosos, tornados y huracanes.
También, no sólo admiramos a las aves en su vuelo; ahora hemos diseñado aviones que nos llevan de costa a costa en cuestión de horas. Asimismo, desde la comodidad de mi sofá puedo pasear alrededor de la Tierra y de los cielos en una pantalla electrónica. Al toque de un botón, puedo escuchar una orquesta sinfónica o leer un libro mientras paseo por la vereda de mi parque.
¿Es esto progreso? Sin lugar a dudas lo es. Estoy agradecida de que podemos salvar y mejorar vidas a través de la ciencia y de la química. Sin embargo, conforme nos enfocamos en los detalles y reducimos todo a sus elementos básicos, me temo que fácilmente despojamos de la vida algo de su misterio y asombro. ¿Qué tan a menudo me he permitido recrearme en el poder de la lluvia golpeando el techo de mi terraza, o de ser encantada por el viento al esculpir sobre las dunas o de quedar hipnotizada por las llamas de una fogata ya muy entrada la noche? A pesar de ello y no obstante, no quiero llegar al punto de no llegar a ver los hechos científicos del pasado, los números y las explicaciones acerca de la sorprendente belleza que existe alrededor de mí.
Ahora bien, si me disculpan, tengo un atardecer que me está rogando que lo admire. Por lo tanto, no voy a pensar acerca de la rotación de la tierra, las gotas de agua formando las nubes, o en las partículas de polvo que arrastradas por el aire reflejan la luz vespertina. Simplemente, me voy a sentar a disfrutar del espectáculo y dejar que Dios me asombre. ◊
Sue Berger es terapista de masaje y esposa de pastor. Ella disfruta de la naturaleza, las siestas y escribir. La puedes interrumpir en su correo siguiente: (en inglés) Sue@OnePilgrimsMusings.com




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