Viviendo y Compartiendo el Evangelio

El triple significado de la cena del Señor

pan y vino
Por Joseph Tkach
La Cena del Señor es un recordatorio de lo que Jesús hizo en el pasado, un símbolo de nuestro presente compañerismo con él y una promesa de lo que hará en el futuro. Revisemos estos tres aspectos.
El pan y el vino son recordatorios de la muerte de Jesús en la cruz
En la tarde cuando fue traicionado, mientras Jesús estaba comiendo con sus discípulos, tomó un poco de pan y dijo, “Éste es mi cuerpo dado para ustedes; hagan esto en memoria de mí” (Lucas 22:19). Ellos comieron un pedazo del pan. Cuando nosotros participamos en la Cena del Señor, cada uno come un pedazo de pan en memoria de Jesús.
“De la misma manera, después de haber cenado, tomó la copa, diciendo: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre el cual es derramada por ustedes” (v. 20). Cuando nosotros bebemos una cantidad pequeña de vino en la Cena del Señor, recordamos la sangre de Jesús que se derrama por nosotros, y que su sangre significó el nuevo convenio. Así como el antiguo pacto se selló con la rociadura de sangre, el nuevo pacto se estableció por medio de la sangre de Jesús (Hebreos. 9:18-28).
Pablo dijo: “Porque cada vez que comen este pan y beben de esta copa, proclaman la muerte del Señor hasta que él venga” (1ª Cor. 11:26). La Cena del Señor es una mirada retrospectiva de la muerte de Jesucristo en la cruz.
¿La muerte de Jesús es una cosa buena, o una cosa mala? Hay ciertamente algunos aspectos de mucha aflicción respecto a su muerte, pero la gran apreciación de este suceso es que su muerte es la mejor noticia posible. Muestra cuánto Dios nos ama. Tanto fue ese amor que envió a su Hijo para que muriera por nosotros, para que nuestros pecados puedan perdonarse y podamos vivir por siempre con él.
La muerte de Jesús es un tremendo regalo para nosotros. Es precioso. Cuando recibimos un regalo de gran valor, un regalo que involucró un sacrificio personal, ¿cómo debemos recibirlo? ¿Con lamento y pena? No, eso no es los que el dador quiere. Más bien, debemos recibirlo con gran gratitud, como una expresión de gran amor. Si por ello derramamos lágrimas, deben ser lágrimas de alegría.
Así que la Cena del Señor, aunque es un recordatorio de una muerte, no es un funeral, como si Jesús todavía estuviera muerto. Es realmente lo contrario, nosotros observamos esto sabiendo que la muerte de Jesús sólo duró tres días.
Sabiendo que la muerte no nos sujetará para siempre, nos regocijamos que Jesús ha conquistado a la muerte, y ha librado a todos los que fueron esclavizados por miedo a la muerte (Heb. 2:14-15).
¡Podemos recordar la muerte de Jesús con el conocimiento feliz que él ha triunfado por encima del pecado y la muerte! Jesús dijo que nuestro llanto se convertirá en la alegría (Juan 16:20). Venir a la mesa del Señor y participar en la comunión, debe ser una celebración, no un funeral.
Los Israelitas del antiguo pacto miraban a los eventos de la Pascua como un momento definido en su historia, el tiempo cuando su identidad como nación empezó. Era cuando ellos escaparon de la muerte y la esclavitud a través de la mano poderosa de Dios y fueron librados para servir al Señor. En la iglesia cristiana, miramos los eventos que rodean a la crucifixión y la resurrección de Jesús como el momento definitorio en nuestra historia. Es de cómo escapamos de la muerte y la esclavitud del pecado, y cómo nos libramos sirviendo al Señor. La Cena del Señor es una conmemoración de ese momento que define nuestra historia.
La Cena del Señor figura nuestra relación presente con Jesucristo
La crucifixión de Jesús tiene una importancia continua en todos quienes han tomado una cruz para seguirlo. Continuamos participando en su muerte y en el nuevo pacto porque participamos en su vida.
Pablo escribió: “Esa copa de bendición por la cual damos gracias, ¿no significa que entramos en comunión con la sangre de Cristo? Ese pan que partimos, ¿no significa que entramos en comunión con el cuerpo de Cristo?” (1ª Cor. 10:16). Por medio de la Cena del Señor, mostramos que compartimos en Jesucristo, comulgamos con él, estamos unidos a él.
El Nuevo Testamento habla de nuestro compartir con Jesús en varias formas. Compartimos en su crucifixión (Gal. 2:20; Col. 2:20), su muerte (Rom. 6:4), su resurrección (Efesios 2:6; Col. 2:13; 3:1) y su vida (Gal. 2:20). Nuestras vidas están en él y él está en nosotros. La Cena del Señor simboliza esta realidad espiritual.
Juan 6 da un cuadro similar. Después de que Jesús proclamó ser el “pan de vida”, dijo: “Quienquiera que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (v. 54).
Es esencial que encontremos nuestra comida espiritual en Jesucristo. La Cena del Señor figura esta verdad continua. “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él” (v. 56), significa que nosotros vivimos en Cristo, y él vive en nosotros.
Así que la Cena del Señor nos ayuda a mirar hacia arriba, a Cristo, y ser conscientes que la verdadera vida sólo puede estar en él y con él.
Pero cuando somos conscientes de que Jesús vive en nosotros, también hacemos una pausa para pensar qué tipo de hogar le estamos dando a él. Antes que él entrara en nuestras vidas, éramos habitaciones de pecado. Y Jesús lo sabía antes de tocar a la puerta de nuestras vidas. Él quiere entrar para hacer la limpieza. Pero cuando Jesús toca, muchas personas intentan hacer un rápido orden antes de abrir la puerta. Sin embargo, nosotros somos humanamente incapaces de limpiar nuestros pecados. Lo más que podemos hacer es esconderlos en el armario.
Así que escondemos nuestros pecados en el armario, e invitamos a Jesús a pasar a nuestra sala. En un futuro le permitimos entrar a la cocina, y luego al vestíbulo, y posteriormente a una alcoba. Es un proceso gradual. En el futuro Jesús consigue que el armario dónde nuestros peores pecados están ocultos, sea limpiado por él. Año tras año, cuando crecemos en la madurez espiritual, rendimos más de nuestras vidas a nuestro Salvador.
Es un proceso y la Cena del Señor juega un papel importante en este proceso. Pablo escribió: “Así que cada uno debe examinarse a sí mismo antes de comer el pan y beber de la copa” (1ª Cor. 11:28). Cada vez que participamos, debemos examinarnos, concientes del gran significado que involucra esta ceremonia.
Cuando nos examinamos, encontramos a menudo que tenemos pecado. Esto es normal. No hay ninguna razón para evitar en participar en la Cena del Señor. Simplemente es un recordatorio en el que necesitamos a Jesús en nuestras vidas. Sólo él puede librarnos de nuestros pecados.
Pablo criticó a los cristianos de Corinto por su manera de observar la Cena del Señor. Los miembros adinerados venían primero, y comían una gran cena e incluso se emborrachaban. Los miembros pobres venían en último lugar, aún hambrientos. El adinerado no estaba compartiendo con el pobre (vv. 20-22). Ellos realmente no estaban compartiendo la vida de Cristo, porque no estaban haciendo lo que él haría, no eran comprensivos de lo que quiere decir el ser miembro del cuerpo de Cristo, y que los miembros tienen las responsabilidades entre si unos con otros.
Al examinarnos, necesitamos echar una mirada alrededor para ver si estamos tratándonos de la misma manera que Jesús ordenó. Si usted está unido con Cristo y yo me uno a Cristo, entonces nosotros realmente nos unimos entre si también. Así que la Cena del Señor, es una figura de nuestra participación en Cristo, también figura nuestra hermandad.
Pablo escribió en 1ª Cor. 10:17: “Hay un solo pan del cual todos participamos; por eso, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo” Participando juntos en la Cena del Señor, nos imaginamos el hecho que nosotros somos un cuerpo en Cristo, uno entre sí, con responsabilidades entre si.
La costumbre de lavado de pies también figura nuestra relación unos con otros. Aquellos que son grandes en el reino de Dios, aquellos quienes realmente están viviendo la vida del reino de él, están sirviendo unos a otros. Jesús mostró esto a sus discípulos lavándoles sus pies (Juan 13:1-15). Nosotros lo mostramos lavando los pies de una persona, y permitiendo que nos laven los pies. La vida cristiana involucra servir y ser servido. Esto debe ser así a lo largo de nuestras vidas, no sólo como simbolismo.
El simbolismo de este ritual puede mostrarse también con una verdadera actitud de servicio, de preocupación por el bienestar de la otra persona.
La Cena del Señor también nos recuerda el futuro, el retorno de Jesús,
Tres escritores del Evangelio nos señalan que Jesús dijo: “Les digo que no beberé de este fruto de la vid desde ahora en adelante, hasta el día en que beba con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre” (Mateo 26:29; Lucas 22:18; Marcos14:25). Siempre que participemos, recordamos la promesa de Jesús. Habrá un gran banquete “mesiánico”, un “Banquete de boda”, de celebración. El pan y el vino son prototipos de lo que será la más grande celebración de victoria en toda la historia. Pablo escribió que “Siempre que se coma este pan y beba esta copa, se proclama la muerte del Señor hasta que él venga” (1ª Cor. 11:26).
Nosotros siempre miramos hacia adelante, así como hacia atrás, hacia arriba, hacia el centro y hacia alrededor. La Cena del Señor es rica en significado. Por eso ha sido una parte prominente de la tradición cristiana a lo largo de los siglos. A veces se convirtió en un ritual inanimado, lleno más de hábito que de significado. Cuando se convierte en un simple ritual, pierde significado, algunas personas exageran deteniendo el ritual completamente. La mejor respuesta es restaurar el significado. Por eso es útil para nosotros repasar lo que simboliza este acontecimiento.