¿Hechos para la relación?
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¿Hechos para la relación? “Deseo y pido a Dios que este tratamiento en fase experimental funcione”. Estas palabras del oncólogo, que estaba terminando de administrarle la primera sesión de quimioterapia, hicieron reflexionar a Esperanza. La admiración de ella por su doctor, Andrés, crecía en secreto. Lo encontraba tan seguro, tan confiado, tan amable y resuelto en su trato con los pacientes, y especialmente con ella. Se preguntaba si esos rasgos eran heredados, aprendidos de su familia y de la educación recibida, o eran fruto de su vida como creyente. De alguna manera ella intuía que, como cristiana recién convertida, tendría que empezar a cambiar algunas cosas, sobre todo en lo que tenía que ver con su relación con los demás. Como psicóloga se esforzaba por ser amable, pero sabía que muchas veces no le salía del corazón. Mientras reposaba en la camilla, como el doctor le había dicho, la invadió una gran paz que se reflejaba en su rostro. Pensaba que no tenía por qué sufrir ansiedad por su estado de salud. En el fondo de su corazón ahora sentía que Dios la amaba y quería lo mejor para ella. Se sentía confiada y serena, con una seguridad interior que nunca había experimentado antes. Andrés, que había regresado a sentarse en su mesa de trabajo mientras la paciente se recuperaba, estaba dándole algunas instrucciones a la enfermera para sus pacientes siguientes. Pero de vez en cuando miraba a Esperanza, pues quería estar pendiente de cualquier reacción inmediata al tratamiento en su paciente. Al verla tan absorta, y pensando que podría estar mareándose, le preguntó: “¿Esperanza te encuentras bien?”. Ella tardó unos segundos en volver la vista a él y contestar, como si estuviese regresando del país de sus pensamientos al mundo de la realidad: ‘¡Estoy estupendamente! ¡Llena de gozo, alegría y paz interior! ¡Siento que querría darle gracias a Dios y abrazar a todo el mundo!’. Mientras decía esto se levantó de la camilla y se aproximó a donde el doctor estaba sentado y le dio un abrazo y un beso tímido en la mejilla. Andrés reaccionó con algo de timidez y con la cabeza un poco agachada le dijo con emoción contenida: “¡Eso es estupendo! La ayuda de Dios y esa actitud positiva que tienes van a ser muy importantes para hacer frente a tu desafío”. Esperanza continuó: ‘¿Cómo he estado tan ciega como para no sentir la necesidad de darle gracias a Dios por tantas cosas como me ha dado?’. El doctor entonces aprovechó para leerle una reflexión en ese sentido que se encontraba en un libro que estaba leyendo. “Toma asiento y escucha lo que escribió Agustín de Hipona: ‘Y ahora, ¿con qué palabras deberíamos de alabar el amor de Dios? ¿Qué agradecimiento deberíamos darle? Nos amó de tal forma que por nosotros él, a través de quien fue hecho el tiempo, fue formado en el tiempo, y él, una eternidad anterior al mundo, fue más joven en edad que muchos de sus siervos en el mundo. Él, que hizo al hombre, fue hecho hombre. Le fue dada existencia por una madre que él trajo a la existencia. Fue llevado en las manos que él formó y mamó en los senos que él llenó’[1]. Descender e introducirse en su creación es lo que manifiesta el amor de Dios por el ser humano”.
Continuará |
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[1] Agustín de Hipona, “Navidad: La Palaba de Dios no puede ser explicada por el hombre” en Veinte siglos de gran predicación: Una Enciclopedia de predicación. Ed. Clyde E Fant Jr. y Wlilam M Parson Jr. (Waco, Tex.: Word, 1971.
[2] Invitation to Theology por Michael Jinkind Inter.Varsity Press Downers Grove, Illinois, 2001, Pág. 173



Es un artículo muy bonito. Aprecio mucho a su autor y a la Sra. Rufián. Son encantadores, y sus chiquillos también. Les echo de menos. Ya no me gusta el teléfono. Estoy aprendiendo a manejar el ordenador. He intentado enviarles un mensaje por el procedimiento correcto, pero no funciona. !Que el Señor les bendiga!.