Viviendo y Compartiendo el Evangelio

La relación de la humanidad con Dios

El pecado ha creado una barrera entre nosotros y Dios, una que no podemos saltar por nosotros mismos. Pero la brecha se ha sanado. Jesús probó la muerte por nosotros (Hebreos 2:9). Con el “fin de llevar a muchos hijos a la gloria” (v. 10)

En el capítulo inicial, procuramos plantear una pregunta que captara exactamente lo que los humanos desean saber acerca de Dios. ¿Qué pregunta le haríamos a Dios, si tuviéramos la oportunidad?

A nuestra titubeante pregunta: “¿Quién eres?”, el Dios imponente, creador y gobernante del cosmos responde claramente y sin ambages: “YO SOY EL QUE SOY” (Éx 3:14).

Dios se nos declara en su creación (Sal 19:1). Ha tenido trato con la familia humana desde que nos creó. A veces truena, sopla, tiembla o arde, y a veces habla en una vocecilla apacible y delicada (Éx 20:18; 1R 19:11-12). Él también ríe (Sal 2:4).

En su registro bíblico, Dios habla de sí mismo y hace constar las impresiones de personas que estuvieron en contacto directo con él.

Dios se revela por medio de Jesucristo y por medio del Espíritu Santo.

Pero queremos saber más de quién es Dios, ¿verdad? Queremos saber por qué nos hizo. Queremos saber lo que él espera de nosotros. No queremos tan solo conocer sobre él —queremos conocerlo a él.

¿Cuál es nuestra relación actual con el Dios sempiterno? ¿Cuál debe ser? Y ¿cual será nuestra relación con él en el futuro? Dios dice que él nos hizo a imagen suya (Gn 1:26-27).

La Biblia nos permite vislumbrar un futuro tan profundo que escasamente podemos imaginarlo.

Dónde nos encontramos ahora

Hebreos 2:6-11 nos dice que nos ha hecho “un poco inferior a los ángeles”. Sin embargo, nos “coronaste de gloria y honra” y nos ha puesto sobre las obras de sus manos. Su designio para el futuro del hombre es no dejar nada que “no le esté sujeto. Ahora bien, es cierto que todavía no vemos que todo le esté sujeto”.

Dios ha preparado un infinitamente glorioso y jubiloso futuro para nosotros. Pero algo nos detiene en el camino. Nos encontramos en estado de pecado, separados de Dios por nuestras transgresiones (Is 59:1-2). El pecado ha creado una barrera entre nosotros y Dios —una que no podemos saltar por nosotros mismos.

Pero la brecha se ha sanado. Jesús probó la muerte por nosotros (Heb 2:9). Con el “fin de llevar a muchos hijos a la gloria” (v. 10), pagó la pena de muerte que nuestros pecados nos acarrearon.

Apocalipsis 21:7 dice que Dios quiere unirnos con él en una relación de familia. Por el amor que Dios nos tiene y lo que ha hecho por nosotros, y lo que está haciendo por nosotros como Autor de nuestra salvación, “Jesús no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Heb 2:10-11).

¿Qué debemos hacer?

Hechos 2:38 nos manda arrepentirnos de nuestros pecados y bautizarnos —para figurativamente enterrar el antiguo yo. Dios promete darnos el don del Espíritu Santo, a aquellos quienes creen que Jesucristo es el Salvador, Señor y Rey (Gá 3:2-5).

Cuando nos hayamos arrepentido —volviendo a Dios de los caminos egocéntricos, mundanos y pecaminosos que seguíamos en el pasado— entramos, por fe, en una nueva relación con él.

Nacemos de nuevo (Jn 3:3), con vida nueva en Cristo por medio del Espíritu Santo, regenerados por el Espíritu mediante la gracia y la misericordia de Dios y la obra redentora de Jesucristo.

¿Qué sucede entonces? Crecemos “en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2P 3:18) para el resto de nuestras vidas, destinados a participar en la primera resurrección, después de la cual “estaremos con el Señor para siempre” (1Ts 4:13-17).

Una herencia imponente

Dios “nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para que tengamos una esperanza viva y recibamos una herencia indestructible, incontaminada e inmarchitable.

Tal herencia está reservada en el cielo para ustedes, a quienes el poder de Dios protege mediante la fe hasta que llegue la salvación que se ha de revelar en los últimos tiempos” (1P 1:3-5).

En la resurrección recibiremos inmortalidad (1Co 15:54) y un “cuerpo espiritual” (v. 44). “Y así como hemos llevado la imagen de aquel hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial”, dice el versículo 49. Como “hijos de Dios” que hemos tomado “parte en la resurrección”, no estaremos sujetos a la muerte (Lc 20:36).

¿Podría haber algo más maravilloso de lo que la Biblia dice sobre Dios y nuestra relación futura con él, una relación que puede empezar ahora mismo? “Seremos semejantes a él [Jesús], porque lo veremos tal como él es” (1Jn 3:2).

Apocalipsis 21:3 dice que, en el tiempo del nuevo cielo y nueva tierra, “¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios” (Ap 21:3).

Nosotros seremos uno con Dios en amor, perfección, justicia y espíritu. Como hijos inmortales suyos, seremos la familia de Dios en su sentido más completo y compartiremos compañerismo completo con él en alegría perfecta y eterna.

¡Este es un mensaje maravilloso e inspirador, de esperanza y la salvación eterna que Dios tiene para todos aquéllos que están preparados para creer!

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