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por C. Baxter Kruger, Ph.D.
Cuando tenía 12 años, mis padres me llevaron
a mí, a mis dos hermanos y a mi mejor amigo a Nueva Orleans a ver el
partido de los Vikingos de Minnesota contra el equipo de los Santos. Consideré
la oportunidad de ir a Nueva Orleans como una gran ocasión ya que venía
de un pueblito del sur de Mississippi. Este viaje fue una de las
ocasiones especiales de mi juventud dado que los Vikingos eran mi equipo
favorito de futbol americano. Las tres horas que duró el viaje para
llegar a Nueva Orleans me parecieron un día eterno. Pero, finalmente
llegamos y mi padre estacionó el carro. Tomamos el tranvía al viejo estadio
Tulane. Fue una tarde maravillosa y el partido fue todo lo que yo había
soñado.
Después del juego, cuando íbamos bajando por la rampa de salida,
volteé sobre el barandal y vi tres autobuses en fila, y reconocí a los
corpulentos hombres que estaban abordando los transportes, eran los
Vikingos. Sin pensarlo, corrí por la rampa y de alguna manera llegué
hasta donde estaban los jugadores. Pude saludar de mano a Carl Eller y a unos
centímetros al lado estaban Alan Page y Wally Hilgenberg. Además, pude
tocar la gorra del entrenador Bud Grant. Está de más decirlo pero parecía
que estaba en el cielo.
Al poco rato, de uno en uno lo autobuses se alejaron. Recuerdo que
iban por el estadio, daban la vuelta a la izquierda para luego perderse
de vista. Cuando se había ido el último autobús, miré a mi alrededor y no
había nadie más a la vista. El más grande de los temores se apoderó de mi
pequeño corazón. De pronto, me di cuenta que no tenía la menor idea de
dónde estaban mis padres, y lo peor, ellos no tenían idea de dónde estaba
yo. El pánico se apoderó de mí. No tenía ni la menor idea de qué es lo
que iba a hacer. Mi corazón latía tan rápido que ni siquiera podía
pensar.
Tenía doce años de edad, en Nueva Orleans, en el estadio Tulane, y
estaba oscureciendo. Estaba lejos de poder hacer algo y desde lo más
profundo de mi ser sabía que estaba en problemas. En algún momento, se me
ocurrió buscar a un policía pero no había ninguno. No podía encontrar a
nadie y mucho menos a un policía, y recorrí los alrededores del estadio
cuando menos tres veces.
Ya para entonces estaba desesperado y lloroso. Había muchas casas
cerca, pero no me animé a ir por ayuda. Lo único que sabía que tenía que
hacer era encontrar mi camino de regreso al carro. Pensé en un momento
acerca del tranvía que habíamos tomado para venir al estadio, pero ¿cuál
ruta había sido? La dirección
norte o sur de las calles de Nueva Orleans no tenían ningún significado
para mí. De cualquier modo, no tenía idea de cuál dirección tomar. Ni
siquiera recordaba los nombres de algunas de las calles. Tenía algo de
dinero en mi bolsillo, así que me subí a un tranvía y le dije al conductor
que estaba perdido.
Él me dijo que me sentara en la parte posterior del vehículo y que
mantuviera mis ojos abiertos, y que si veía algo familiar, que jalara del
cable de parada y él se detendría.
Conforme el tranvía iba por la ciudad, me cambiaba de un lado a
otro, apoyando mi cara sobre las frías ventanas, esperando, sólo
esperando ver algo que pudiera reconocer – un árbol, un edificio, una
calle, un carro estacionado, quién sabe – tal vez ver a mis padres. Pero
no sucedió. Estuve en el tranvía hasta que éste completó su ruta y
regresó al estadio. No sabiendo que más hacer, me bajé y caminé alrededor
del estadio hasta el lugar en donde habían estado los camiones de los
jugadores. Sólo y atemorizado me senté en un montículo de hojas bajo un
roble. Recuerdo que estaba llorando mientras tenía en la mano una ramita,
pero ya no tenía más lágrimas. Era una situación terrible.
Pero las cosas empeoraron. Conforme estaba sentado, los doce años
de mi vida relampaguearon frente a mis ojos. De pronto, las luces del
estadio se apagaron. Nunca había experimentado esa clase de oscuridad.
Casi 30 años después, todavía veo las sombras amenazadoras del lugar y puedo
percibir el olor del concreto y escuchar las hojas acarreadas por el frío
viento. No sé cuánto tiempo permanecí sentado, pero parecieron horas, y
ciertamente me pareció más largo que el viaje que hice en el tranvía
hacia el estadio. Estaba tan oscuro, tan sólo y con frío.
Repentinamente, las luces del estadio se encendieron, y antes de
que me diera cuenta de lo que estaba pasando, ya estaba corriendo
alrededor del estadio. Alguien debió de haber prendido las luces y estaba
decidido a como diera lugar encontrar a esa persona. Y entonces, sucedió.
Sobre el ruido de mis pasos y el palpitar de mis temores, escuché el
sonido más bendito de toda Nueva Orleans, el sonido más bendito que jamás
haya escuchado en mi vida, se escuchó una palabra: “!Baxter! – era mi
padre.
Nadie tenía que decirme qué hacer. Nadie tenía qué decirme el
significado de esa palabra. Nadie tenía que decirme cómo aplicar esa
palabra a mi vida. Ni nombre, gritado por mi padre, expresaba una
grandiosa esperanza. Al igual que un gran geyser del parque nacional de Yellowstone,
la sobrecogedora tensión fue inmediatamente liberada. El temor
avasallador y la frenética búsqueda, al igual que los autobuses, tomaron
una vuelta a la izquierda y desaparecieron. Y en su lugar, surgieron las
cosas más simples y maravillosas de todas: la seguridad, la confianza, y
el descanso…
Esta historia es una viva imagen de cómo trabaja
el cristianismo. No es acerca
de normas y reglamentos o de tratar frenéticamente de salvarnos a
nosotros mismos. El cristianismo es acerca de ser encontrados, hallados. La
vida cristiana es acerca de escuchar al Padre de Jesús pronunciar
nuestros nombres, porque al escucharle decir nuestros nombres, experimentamos
algo que nunca podríamos crear o mantener por nosotros mismos – una
confianza sobrenatural.
La pregunta es, ¿Por qué es tan difícil para nosotros escuchar al
Padre de Jesús pronunciar nuestros nombres? Después de todo, nos ha
estado hablando durante toda nuestra vida y nada emocionaría más al Padre
que vernos vivir nuestras vidas en este bautismo de confianza y de seguridad
sobrenatural. El problema, tal como se lo puede imaginar, tiene que ver con nosotros; con nuestra
propia perspectiva. Ya hablaremos más acerca de nuestras mentes
debilitadas en otro artículo.
Mientras tanto, he aquí una oración:
“Señor Jesucristo, amado, eterno y fiel hijo del Padre, comparte
tus oídos conmigo. Dame de tu vista, tu mente, tu compañerismo con el
Padre, para que contigo lo pueda conocer, vivir, trabajar, y jugar en la
libertad del Espíritu Santo”.
C. Baxter Kruger es el director de Ministerios Perichoresis y
presidente de una compañía que fabrica anzuelos y carnadas para pesca. Es
escritor y ha publicado siete libros, entre ellos El Gran Baile, Jesús y la Enmienda de Adán, Atravesando todos los
Mundos. Para mayor información acerca del Dr. Kruger visite la página
de Perichoresis en www.perichoresis.org
Esta historia fue publicada originalmente en C. Baxter Kruger, El Gran Baile (Jackson, Miss: Editorial
Perichoresis, 2000, y Vancouver, British Columbia: Publicaciones Regent
College, 2005).
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