|
Por Michael Houghton
Esta mañana tuve unas palabras con Dios.
No, no fueron las típicas palabras de siempre. Fueron palabras francas y directas.
No me gustaba como se estaban desarrollando las
cosas, y finalmente, tras varios años, tuve que preguntar a Dios si tenía
en mente algún propósito para mí.
Me encontraba
de pie en la bañera justo debajo de la ducha. No me encontraba nada bien.
A duras pena pude cerrar los grifos sin caerme, pero no estaba seguro si podría salir
de la bañera y mantenerme erguido. Desde que me diagnosticaron la
enfermedad de Parkinson hace unos años, he sufrido bastantes caídas, y
parece que siempre estoy sufriendo de algún dolor de cuello, o rodilla u
hombro magullado.
Miré a mi
alrededor a todas las superficies duras del cuarto de baño – lavabo,
cómoda, poyata, armarios, suelo. Sabía con toda seguridad que volvería a
caerme, y sabía que me iba a doler. La frustración de alguien que vive
con una enfermedad degenerativa de largo plazo brotó en mí como el Monte
Santa Elena, y exploté.
No le
pregunté a Dios por qué estaba enfermo. En cambio, grité: “¿Que gloria
puede haber para ti en esto?”
Y esperé un
rato, con la esperanza de que alguien me echara de menos y vendría a
comprobar cómo estaba.
Entonces
grité de nuevo “¿Pero qué plan puedes tener tú aquí?”
Casi al
instante recordé la promesa que Jesús hizo cuando dijo “Nunca os dejaré
ni os abandonaré.”
Sin siquiera
pensar en la efectividad que un rayo puede tener si el blanco estuviera
de pie en el agua y empapado, me escuche gritar “¿Cómo puedo saber que
estás ahí?”
Supongo que
es bastante raro ver al Señor con tus propios ojos, a no ser que seas uno
de esos tipos que salen en la televisión. ¿Cuántas veces se te presenta
Dios para darte algunas palabras de ánimo, o para tomarte del brazo y
ayudarte a salir de la bañera? ¿Y cuándo fue la última vez que Jesús vino
a tu casa con algo para comer en aquél día que estabas demasiado cansado
para prepararte un bocadillo? ¿O te lavó la ropa cuando no tenías medios
para acercarte a la lavandería o ni siquiera tenías las fuerzas para
cargar la lavadora? ¿O leía
contigo las escrituras mientras te vencía el sueño?
¿Cómo
podemos saber que Dios está ahí? ¿Cómo podemos saber que no estamos solos
en nuestras tribulaciones?
Bueno, conseguí salir de la bañera de alguna
manera, pero la pregunta continuó obsesionándome durante la comida y
hasta bien entrada la tarde. De repente, me vino a la mente que cuando
Jesús dio de comer a los cinco mil, ahí había discípulos. Cuando resucitó
a Lázaro, ahí había discípulos. Cuando sanó a los leprosos y bendijo a
los niños, ahí había discípulos.
Mis
pensamientos fueron interrumpidos por mi nieta de cuatro años, quien se
acercó a mi mecedora, puso su mejilla pegajosa sobre mi mano y con una
amplia sonrisa me miró. Cuando sentí el afecto de su dulce roce, la miré
y ella me dijo. “Abuelito, siento que estés enfermo.” Las lágrimas
comenzaron a fluir de mis ojos, porque comprendí que Jesús acababa de
responder a mi pregunta. Por eso
sé que él está ahí.
Él viaja con
sus discípulos. Allá donde vayan ellos, ahí está él. La mano que envía la
tarjeta es guiada por el Señor. Las manos que preparan un guiso y las que
lo reparten son guiadas por el Señor. El amigo que te visita y se sienta
contigo solo para escucharte desahogar, él o ella también es guiada por
Jesús. Y cuando mi nieta sonríe, Jesús me está dando de su amor junto con
el suyo.
Él también
viaja contigo. Siempre que estreches un lazo a aquellos que te rodean,
Jesús está ahí contigo, ministrando a aquellos que le necesitan. Y
siempre que te echan una mano en cualquier circunstancia, Jesús está
detrás de ello.
Pablo
escribió en Gálatas 6:14, “Pero
lejos esté de mi gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo,
por quién el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.” Todos somos
Cristo para los demás cuando nos encontramos en momentos de necesidad.
Sigo clamando
a Dios a veces, y estoy seguro que no le importa. Pero ya no tengo por qué
preocuparme de si está ahí.
Traducido por: Antonio Rodriguez
|