El verdadero significado del arrepentimiento

Por J. Michael Feazell

 

“UN MIEDO terrible”. Así describió el joven su profundo temor de que Dios lo había rechazado por sus repetidos pecados.


“Pensé que me había arrepentido, pero lo hice otra vez”, explicó. Ni siquiera sé si en realidad tenga fe, porque tengo miedo de que Dios no me perdonará otra vez. No importa cuán sincero crea que es mi arrepentimiento, nunca parece ser lo suficiente”.


Hablemos acerca de lo que el evangelio quiere decir con arrepentimiento hacia Dios.


El primer error al tratar de entender lo que significa es el de buscar la definición en un diccionario de la palabra arrepentirse. Los diccionarios contemporáneos nos dicen cómo se entienden las palabras en el tiempo en que el diccionario fue compilado. Pero un diccionario del siglo 21 no nos dice qué estaba pensando la persona que, hace 2.000 años, escribió en griego acerca de cosas que se hablaron en arameo, por ejemplo.
El  Diccionario del español moderno dice lo siguiente acerca de la palabra arrepentirse: “pesarle a uno de haber hecho o haber dejado de hacer alguna cosa”.


Esta definición es precisamente lo que la mayoría de los religiosos creen que Jesús estaba diciendo cuando dijo: “Arrepentíos y creed”. Creen que Jesús quiso decir que solo aquellos que se arrepienten, o sea, que dejan de pecar y cambian sus caminos, estarán en el reino de Dios. Pero la realidad es que eso es precisamente lo que Jesús no estaba diciendo.

 

Un Error Común


Es un error común para los cristianos pensar que el arrepentimiento significa dejar de pecar. “Si en realidad se hubiera arrepentido no lo hubiera hecho otra vez” es un estribillo que muchas almas atormentadas han oído de parte de los bien intencionados observantes de la ley, consejeros espirituales. Se nos ha dicho que el arrepentimiento es “dar la media vuelta e ir en dirección opuesta”, y se explica en el contexto de darle la espalda al pecado y vivir una vida obediente a la ley de Dios.
Con esa idea firmemente en mente, los cristianos emprenden su camino con las mejores intenciones de cambiar sus acciones. Pero en el camino algunos hábitos cambian y otros parece que se pegan como un fuerte pegamento. Y aun los hábitos que hemos cambiado nos vuelven a plagar.
Cuando nos sentimos frustrados y deprimidos acerca de nuestro fracaso de alcanzar las altas normas de Dios, escuchamos otro sermón o leemos otro artículo acerca del “verdadero arrepentimiento”, y cómo tal arrepentimiento resulta en un rechazo total del pecado.


Entonces arrancamos otra vez en la “cacharra del compromiso” con los mismos previsibles resultados miserables. Y nuestra frustración y desesperación se agudan, porque nos damos cuenta de que nuestro alejamiento del pecado no está “completo”.


Solo podemos asumir que “en realidad no nos hemos arrepentido”. Nuestro arrepentimiento no fue suficientemente “profundo”, o “no lo sentimos” suficientemente o no fue suficientemente “sincero”. Y si en realidad no nos hemos arrepentido, entonces en realidad no debemos tener fe. Lo que significa que en realidad no debemos tener el Espíritu Santo. Lo que quiere decir que en realidad no debemos estar salvos.
Finalmente, o nos acostumbramos a vivir así, o, como muchos han hecho, nos damos por vencidos y nos alejamos de esa medicina obscena que la gente llama cristianismo.


Ni siquiera hablamos acerca del desastre de las personas que en realidad creen que han limpiado sus vidas y se han hecho por su propia cuenta aceptables a Dios. Su estado es mucho peor.


El arrepentimiento hacia Dios sencillamente no se trata de un yo nuevo y mejorado.

 

Arrepentíos y creed en el evangelio


“Arrepentíos y creed en el evangelio”, declara Jesús en Marcos 1:15. El arrepentimiento y la fe marcan el comienzo de nuestra vida nueva en el reino de Dios. No porque hicimos lo correcto, sino porque  cuando se caen las escamas de nuestros ojos oscurecidos, por fin vemos en Jesucristo la luz gloriosa de la libertad de los hijos de Dios.


Todo lo que se necesitaba hacer para el perdón humano y la salvación ya se ha hecho por medio de la muerte y resurrección del Hijo de Dios. Hubo un tiempo cuando estábamos a oscuras al respecto. No podíamos disfrutar o reposar en ello porque estábamos ciegos.


Pensamos que teníamos que forjar nuestro propio camino en este mundo, y gastábamos todo nuestro esfuerzo y tiempo arando el surco más recto posible en nuestro pequeño rincón de la vida.


Dedicamos toda nuestra atención en mantener nuestra vida y futuro salvo y seguro. Trabajamos duro para ser respetados y apreciados.

Defendimos nuestros derechos y tratamos de no dejar que nadie ni nada se aprovechara de nosotros. Peleamos por proteger y preservar nuestra reputación, nuestra familia, nuestras posesiones. Hicimos todo lo posible para darle significado a nuestras vidas, para ser ganadores y no perdedores.


Pero al igual que todos los que jamás han vivido, era una batalla perdida. A pesar de nuestros mejores esfuerzos y planes y trabajo arduo, simplemente no podemos controlar nuestras vidas. No podemos detener los desastres, tragedias, fracasos y dolores que vienen de la nada y destrozan los pequeños desechos de esperanza y gozo que hemos logrado juntar.


Entonces un día, porque así lo quería Dios, Él nos permitió ver las cosas como en realidad lo son. El mundo es de Él, y nosotros somos de Él.
Estamos muertos en nuestros pecados, y no hay ningún escape. Estamos perdidos, somos perdedores ciegos, porque no tenemos la cordura de agarrar la mano del único que conoce el camino. Pero eso está bien, porque Él se convirtió en perdedor por nosotros por medio de la crucifixión y muerte, y nosotros podemos ser ganadores con Él cuando nos unimos con Él en su muerte para que podamos también estar con Él en su resurrección.


En otras palabras, ¡Dios nos dio las buenas nuevas! Las buenas nuevas son que Él ha pagado personalmente el gran precio de nuestra egoísta, rebelde, destructiva y mala locura. Él gratuitamente nos ha salvado, limpiado, purificado y vestido en justicia y ha arreglado un lugar para nosotros en la mesa eterna del banquete. Y por medio de esta palabra del evangelio, nos invita a confiar en que así es.


Cuando, por la gracia de Dios, llegue a entender eso y  creerlo, usted se ha arrepentido. Arrepentirse, como pueden ver, es decir: “¡Sí! ¡Sí! ¡Lo creo! ¡Confío en tu palabra! Voy a dejar atrás esta vida ajetreada mía, este esfuerzo inútil de mantener junta con chicle y alambre esta muerte que creía que era vida. Estoy listo para descansar. ¡Ayuda mi incredulidad!”


El arrepentimiento es un cambio de cómo usted piensa. Es un cambio de perspectiva, de verse a sí mismo como el centro del universo a ver a Dios como el centro del universo, y de confiar su vida a su misericordia. Es rendirse. Es tirar abajo su corona a los pies del legítimo Gobernante del cosmos. Es el cambio más importante que hará en su vida.

 

No se trata de moralidad


El arrepentimiento no es acerca de la moralidad. No es acerca de buen comportamiento. No es acerca de “mejorar”.


El arrepentimiento es poner su confianza en Dios y no en usted mismo, su ingenio, sus amistades, su país, su gobierno, sus armas, su dinero, su autoridad, su prestigio, su reputación, su automóvil, su casa, su trabajo, su patrimonio familiar, su color, su género, su éxito, su apariencia, su ropa, sus títulos, sus diplomas, su iglesia, su esposa, sus músculos, sus líderes, su inteligencia, su acento, sus logros, sus obras de caridad, su compasión, su dominio propio, su castidad, su honestidad, su obediencia, su devoción, sus disciplinas espirituales o cualquier otra cosa que tenga que ver con usted que no haya incluido yo en esta larga lista.


El arrepentimiento es jugarlo todo a una carta; la carta de Él. Es tomar su partido, creer lo que Él dice, compartir su suerte con Él, dándole su lealtad a Él.


El arrepentimiento no es acerca de promesas de portarse bien. No es acerca de hacer un gran esfuerzo para “sacar el pecado de su vida”. Es confiar en que Dios tendrá misericordia de usted. Es confiar en que Dios le arreglará su corazón maligno. Es confiar en que Dios es quien dice que es; el Creador, Salvador, Redentor, Maestro, Señor y Santificador. Y es morir, morir a su necesidad de que otros lo consideren justo y bueno.
Estamos hablando acerca de una relación de amor; no que nosotros amamos a Dios, sino que Él nos amó a nosotros (1 Juan 4:10). Esta Persona es la fuente de todo lo que es, incluyéndolo a usted, y usted se ha llegado a dar cuenta de que esta Persona lo ama a usted por lo que usted es; su hijo amado en Cristo; ciertamente no por lo que usted tiene, o lo que haya hecho, o por su reputación, o por su parecer, o cualquier otra característica que tenga, sino pura y simplemente por Cristo en usted.


Súbitamente nada es igual. Todo el mundo repentinamente se ha vuelto brillante. Todos sus fracasos no importan. Son redimidos y corregidos en la muerte y resurrección de Jesucristo. Su futuro eterno está asegurado, y nada en el cielo o la tierra puede quitarle su gozo, porque usted pertenece a Dios por la gracia de Cristo (Romanos 8:1, 38).


Usted cree en Él, confía en Él, pone su vida en sus manos, pase lo que pase, no importa lo que alguien diga o haga.


Usted puede ser generoso en el perdón, en la paciencia, en la bondad, aun en pérdidas y derrotas; no tiene nada que perder, porque ha ganado absolutamente todo en Cristo (Efesios 4:32-5:1). Lo único que importa es la nueva criatura (Gálatas 6:15).


El arrepentimiento no es solamente otro compromiso gastado y vacío de ser un buen niño o niña. Es morir a todas las grandes imágenes de sí mismo y poner la mano débil perdedora en la mano del Hombre que calmó el mar (Gálatas 6:3). Es venir a Cristo para descansar (Mateo 11:28-30). Es confiar en su palabra de gracia.

 

La iniciativa de Dios, no la nuestra


El arrepentimiento es acerca de confiar en que Dios es quien es y hacer lo que dice, no acerca de sus buenas obras contra sus malas obras. Dios en su libertad perfecta de ser quien quiera ser en su amor por nosotros decidió perdonar nuestros pecados.


Entendamos claramente esto: Dios perdona nuestros pecados; todos ellos, pasados, presentes y futuros; no lleva cuenta de ellos (Juan 3:17). Jesús murió por nosotros siendo aún pecadores (Romanos 5:8). Él es el Cordero inmolado, y fue inmolado por nosotros, por cada uno de nosotros (1 Juan 2:2).


El arrepentimiento, como pueden ver, no es una manera de hacer que Dios haga lo que ya ha hecho. Más bien, es creer que lo ha hecho; ha salvado su vida para siempre y le ha dado una herencia eterna, y tal creencia florece en un amor por Él.


“Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”, nos enseñó a orar Jesús. Cuando nos damos cuenta de que Dios nos ha perdonado, por razones propias, simplemente decidió cancelar nuestra vida entera de arrogancia, todas nuestras mentiras, toda nuestra crueldad, toda nuestra soberbia, los deseos carnales, traiciones y maldad; todos nuestros viles pensamientos, acciones y planes, tenemos que tomar una decisión. Podemos adorarlo y agradecerle por siempre por su sacrificio indescriptible de amor, o podemos continuar viviendo la carrera fútil que amamos tanto que nos hace pensar: “Soy una buena persona y no crea que no lo soy”.
Podemos creer a Dios, podemos ignorarlo, o podemos correr temerosos de Él. Si le creemos, podemos caminar en una amistad gozosa con Él (y ya que es un amigo de pecadores, todos los pecadores, eso incluye a todos, así que aun las personas malas son nuestros amigos). Si no confiamos en Él, si creemos que no podrá ni querrá perdonarnos, no podemos caminar gozosamente con Él (o con nadie más, con excepción de las personas que se comporten como nosotros deseamos). Al contrario, tendremos temor de Él y finalmente lo despreciaremos a Él (y a todos los que no se quiten de nuestro camino).

 

Dos caras de la misma moneda


La fe y el arrepentimiento van de la mano. Cuando usted confía en Dios, dos cosas suceden a la vez. Usted se da cuenta de que es un pecador que necesita la misericordia de Dios, y decide confiar en Dios para salvarlo y redimir su vida. En otras palabras, cuando pone su confianza en Dios, también se ha arrepentido.


En Hechos 2:38, por ejemplo, Pedro le dijo a la multitud: “Arrepentíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo”. Creencia, o fe, es esencial para el arrepentimiento. Al decir “Arrepentíos” también estaba implicando “creer” o “confiar”.


Más tarde en la historia, Pedro lo expresa de esta manera: “que se arrepientan y se conviertan a Dios…”. Convertirnos a Dios es alejarnos de nosotros mismos.


No quiere decir que seremos moralmente perfectos. Quiere decir que nos hemos alejado de nuestras ambiciones personales de hacernos algo valioso para Cristo y en su lugar ponemos nuestra confianza y esperanza en su palabra, sus buenas nuevas, su declaración de que hemos sido redimidos por su sangre, perdón, resurrección y herencia eterna.


Cuando confiamos en Dios en cuanto al perdón y la salvación, nos hemos arrepentido. El arrepentimiento hacia Dios es un cambio en la manera en nuestra manera de pensar, y afecta todo en nuestra vida. La nueva manera de pensar es el camino de confiar en que Dios hará lo que nunca podríamos hacer en millones de vidas. El arrepentimiento no es un cambio de imperfección moral a perfección moral; usted no es capaz de lograrlo.

 

Los cadáveres no mejoran


Nosotros no somos capaces de alcanzar la perfección moral porque, el hecho es, que estamos muertos. El pecado nos ha matado, como Pablo explica en Efesios 2:4-5. Pero aunque estábamos muertos en nuestros pecados (el estar muerto es lo que hemos contribuido a este proceso de perdón y redención), Cristo nos vivificó (esto es lo que Cristo ha contribuido a todo esto).


Lo único que pueden hacer los muertos es nada. No pueden vivir para la justicia o cualquier otra cosa, porque están muertos, muertos en pecado. Pero es precisamente gente muerta, y solo gente muerta, quienes son resucitados de los muertos.


Resucitar a los muertos es lo que hace Cristo. Él no derrama perfume sobre cadáveres. No los apoya y ni los viste en trajes de fiesta y espera que hagan algo justo.


Están muertos. No pueden hacer nada. Jesús no está nada interesado en nuevos y mejores cadáveres. Lo que Jesús hace es resucitarlos. Y otra vez, solamente resucita cadáveres.


En otras palabras, la única manera de entrar a la resurrección de Jesús, su vida, es estando muerto. No toma mucho esfuerzo el estar muerto. De hecho, no toma nada de esfuerzo. Y muertos es precisamente lo que estamos.


La oveja perdida no se encontró a sí misma antes de que el pastor la fuera a buscar y la encontrara (Lucas 15:1-7). La moneda perdida no se encontró a sí misma antes de que la mujer fuera a buscarla y la encontrara (vers. 8-10).


Lo único que contribuyó a todo el proceso de ser buscados, encontrados y festejados en una gran fiesta fue el estar perdidos. Su completa desesperación y perdición fue lo único que tenían que les permitió ser encontrados.


Aun el hijo perdido en la siguiente parábola (versos 11-24) se encuentra a sí mismo ya perdonado, redimido y completamente aceptado puramente a base de la pródiga gracia del padre, no basándose en su plan de “forjar su camino de regreso hacia su plan de gracia”. Su padre tuvo compasión de él sin haber escuchado la primera palabra de su discurso que expresaría “lo siento”  (vers. 20).


Cuando el hijo finalmente aceptó el hedor de la pocilga, su falta de vida y su perdición, iba rumbo a descubrir algo asombroso que había sido cierto todo el tiempo: su padre, al que había rechazado y deshonrado, nunca había dejado de amarlo apasionada e incondicionalmente.


Su padre ignoró por completo su proyecto para redimirse a sí mismo (vers. 19-24), y sin ni siquiera un período de tiempo probatorio, lo restauró a sus derechos completos como hijo.


De la misma manera, nuestra completa, desesperada, falta de vida es lo único que nos permite ser resucitados. La iniciativa, la labor y el éxito de toda la operación es completamente del Pastor, de la Mujer, del Padre, de Dios.


Lo único que contribuimos a nuestro proceso de resurrección es estar muertos. Esto es cierto para nosotros espiritualmente tal como lo es físicamente. Si no podemos aceptar el hecho de que estamos muertos, no podemos aceptar el hecho de que hemos, por la gracia de Dios en Cristo, sido levantados de los muertos. El arrepentimiento es aceptar el hecho de que usted está muerto y recibir de Dios su resurrección en Cristo.


Como pueden ver, la resurrección no es producir una obra buena y noble o expresar un discurso lleno de emoción diseñado para motivar a Dios para que lo perdone a usted.


Estamos muertos, lo que quiere decir que no hay absolutamente nada que podamos hacer para posiblemente añadir algo a nuestra vivificación. Es una simple cuestión de creer las buenas nuevas de Dios acerca del perdón y la redención en Cristo por medio de los cuales resucita a los muertos.


Pablo proclama el misterio, o la paradoja si así lo prefiere, de nuestra muerte y resurrección en Cristo en Colosenses 3:3: “Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios”.


El misterio, o paradoja, es que hemos muerto, pero a la misma vez, vivimos, pero esa vida, la cual es gloriosa, no es evidente: está escondida con Cristo en Dios, y no aparecerá como en realidad es hasta que Cristo mismo aparezca, como dice el versículo 4: “Cuando se manifieste Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros seréis manifestados con él en gloria”.


Nuestra vida es Cristo. Cuando Él aparezca, apareceremos con Él, porque Él es, después de todo, nuestra vida. Veámoslo otra vez. Los cadáveres no pueden hacer nada por sí mismos. No pueden cambiar. No pueden “mejorar”. No pueden superarse. Lo único que pueden hacer es estar muertos.


Dios, sin embargo, quien es la misma Fuente de la vida, absolutamente ama levantar a los muertos, y en Cristo, hace eso mismo (Romanos 6:4). Los cadáveres no traen nada al proceso con excepción de su falta de vida.


Dios lo hace todo. Es su obra de comienzo a fin. Esto significa que hay dos tipos de cadáveres resucitados: los que reciben su redención con gozo y aquellos que, prefiriendo su acostumbrada muerte sobre la vida, la desprecian, cierran sus ojos, se tapan sus oídos y gastan todas sus energías en pretender que todavía están muertos.


Una vez más, el arrepentimiento es decir “¡sí!” al don del perdón y redención que Dios dice que usted tiene en Cristo. No es hacer penitencia, hacer promesas o hundirse en remordimiento.


Así es. El arrepentimiento no es acerca de una cadena interminable de frases como “lo siento mucho” o “te prometo que no lo volveré a hacer”. Seamos totalmente honestos. La probabilidad es que lo va a volver a hacer, si no en hecho, por lo menos en pensamiento, deseo y emoción. Sí, usted lo siente, quizá en ocasiones profundamente, y verdaderamente no quiere ser el tipo de persona que lo hará otra vez, pero eso definitivamente no es el corazón ni la esencia del arrepentimiento.
Recordemos que estamos muertos, y los muertos actúan tal como muertos. Pero aunque estamos muertos en pecado, estamos, a la misma vez, vivos con Cristo (Romanos 6:11).


Pero nuestra vida en Cristo está oculta con Él en Dios, y no se manifiesta a sí misma muy constantemente o con frecuencia, todavía. No va a ser revelada por lo que en realidad es hasta que Cristo mismo aparezca.
Mientras tanto, aunque estamos ahora vivos en Cristo, también estamos, por un tiempo, todavía muertos al pecado, y su mortandad se manifiesta a sí misma casi todo el tiempo. Y es precisamente por estar muertos que no podemos dejar de actuar de esa forma, la cual Cristo ha resucitado y vivificado con Él en Dios, para ser revelado cuando Él sea revelado.
Allí es donde viene la fe. Arrepentirse y creer el evangelio. Los dos van de la mano. No se puede tener el uno sin el otro. Creer en las buenas nuevas, que Dios lo ha limpiado en la sangre de Cristo, que ha sanado su muerte y lo ha vivificado para siempre en su Hijo, es arrepentirse.
De la misma manera, el acudir a Dios en completa desesperación, perdición y falta de vida, recibir su redención gratuita y salvación, es tener fe, creer en el evangelio. Hay dos caras de la misma moneda, y es una moneda que Dios le da por ninguna otra razón que la de que es justo y misericordioso para con nosotros.

 

El comportamiento no es una medida


Claro está, alguien dirá, que el arrepentimiento hacia Dios resultará en buena moralidad y buen comportamiento. Y no disputo eso. El “problema es que nos gusta medir el arrepentimiento por la ausencia o presencia de buen comportamiento, y eso es trágicamente malentender el arrepentimiento”.


La honesta verdad es que no tenemos una moralidad perfecta o un comportamiento perfecto, y lo que no es perfecto simplemente no es suficientemente bueno para el reino de Dios de todos modos.
Vamos, entonces, dejemos la idea que implica que “si su arrepentimiento es sincero, entonces no cometerá ese pecado otra vez”. Ese precisamente no es el punto del arrepentimiento.


El punto del arrepentimiento es un cambio de corazón, de apoyarnos a nosotros mismos, de estar en nuestra propia esquina del cuadrilátero, de ser nuestro propio cabildero, agente de prensa, representante de sindicato, abogado defensor, a confiar en Dios, a estar de su parte, en su esquina, de morir a nosotros mismos y ser los amados hijos de Dios completamente perdonados, redimidos y amados en Cristo.


Arrepentirse significa dos cosas que naturalmente no nos gustan. Primero, significa que en nosotros no hay nada bueno. En segundo lugar, significa enfrentarnos al hecho de que no somos mejores que nadie. Estamos en la misma fila con los otros perdedores esperando la misericordia que no merecemos.


En otras palabras, el arrepentimiento surge de un espíritu humillado. Este espíritu humillado es uno que no tiene confianza en lo que puede hacer. Ya no tiene esperanza, ha fallecido, por decirlo así, ha fallecido a sí mismo y se ha puesto a sí mismo en una canasta al frente del umbral de Dios.

 

Digamos “¡Sí!” al “¡Sí!” de Dios


Debemos deshacernos de la idea espantosa de que el arrepentimiento es una promesa de nunca más pecar. En primer lugar, tal promesa es solo palabras al aire. En segundo lugar, no tiene significado espiritual alguno.
Dios ha declarado un “¡Sí!” todopoderoso, estruendoso y eterno a usted por medio de la muerte y resurrección de Jesucristo. El arrepentimiento es cuando usted le dice “¡Sí!” al “¡Sí!” de Dios. Es volverse a Dios para recibir su bendito don, su justa declaración de su inocencia y salvación en Cristo.


El aceptar su don es reconocer su falta de vida y su necesidad de vida en Él. Es confiar en Él, creer en Él y ponernos a nosotros mismos, nuestro ser, nuestra existencia, en sus manos. Es descansar en Él, y darle nuestras cargas.


¿Por qué entonces no nos regocijamos en la rica y creciente gracia de nuestro Señor y Salvador, y tomamos nuestro descanso en Él? Él redime al perdido. Él salva al pecador. Él resucita a los muertos.


Él está a nuestro favor, y porque así es, nada puede estar en medio de Él y nosotros, ni siquiera nuestros horribles pecados, o los de su vecino. Confiemos en Él. Son buenas noticias para cada uno de nosotros. Él es el Verbo, y sabe acerca de lo que está hablando.

 

 

Copyright © 2001  Iglesia de Dios Universal

 

Hit Counter