La buena enseñanza de la Navidad

 

A

lgunas verdades nunca pueden repetirse lo suficiente.

         Esta es una: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”. (Juan 3:16).

         ¡CUIDADO! Hasta las buenas noticias son fáciles de olvidar. La familiaridad produce menosprecio. Las demandas de la vida diaria pueden distraernos de las realidades eternas. No es de extrañar que el escritor de Hebreos nos advierte: “Por eso es necesario que prestemos más atención a lo que hemos oído, no sea que perdamos el rumbo” (Hebreos 2:1).

         Para mantenernos fuertes y creciendo como cristianos, el escritor de Hebreos nos amonesta a fijar nuestros pensamientos en Jesús (Hebreos 3:1). Fue precisamente para ayudarnos a permanecer arraigados en Cristo, que la iglesia por cientos de años ha celebrado la Navidad. La Navidad nos permite poner el enfoque claramente en el gran acto salvador de nuestro Dios, quien envió a su Hijo para morir por nosotros.

         Pero para algunos de nosotros, la Navidad es una época del año que queremos evitar. Algunos queremos irnos a lugares de retiro para apartarnos de todas estas “cosas paganas”. Aunque nuestra iglesia no requiere que celebremos la Navidad, hay un requerimiento bíblico de “Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo” (II Timoteo 4:2 RV60). ¡No hay una época del año en que no se predique la palabra! La traducción New Living lo pone de esta forma: “Predica la Palabra de Dios; persiste en hacerlo, sea o no oportuno; corrige, reprende y anima pacientemente con buena enseñanza”.

         Ya sea que celebremos la Navidad tradicional o no, ¿cuál es la “buena enseñanza” que debemos compartir en esta época del año?

Cristo es el Señor de todo tiempo que entra
en nuestro tiempo

         Como cristianos hemos sido liberados de la esclavitud de observar días, meses y temporadas especiales (Gálatas 4:8-11). Ahora somos libres de seleccionar los días que nos ayuden a preservar a Jesús como Señor de nuestras vidas (Romanos 14:4-6). Puesto que Cristo es Señor de toda la creación, somos libres de escoger cualquier época que queramos como tiempo para celebrar su obra de salvación en nuestras vidas. De hecho, debemos asegurarnos de reunirnos para hacerlo (Hebreos 10:25).

         Hace cientos de años cuando la iglesia cristiana abrazó estas verdades y decidió observar la Navidad, su propósito fue recordarnos que Dios nos ama tanto que vino a morir por nosotros. Así que, parte de la “buena enseñanza” que queremos vivir en nuestras propias vidas y compartir con otros, es una fe que reconoce que Dios mira el corazón. Cuando aquellos mismos cristianos tomaron y redimieron para Cristo una época que pudo haber sido dedicada a la adoración pagana, es su corazón, así como el nuestro hoy, lo que Dios mira. Él honra lo que nosotros los cristianos hacemos, porque lo hacemos para santificarlo como Señor de nuestras vidas. Sería un extraño rechazo de la verdad del amor y aceptación de Dios, si de alguna forma hacemos que las personas se sientan mal porque su iglesia celebra el nacimiento de el Salvador en la Navidad.

         Como cristianos somos instruidos a vivir de tal forma que “hagamos que la enseñanza sobre Dios nuestro Salvador sea atractiva en toda forma” (Tito 2:10 NLT). Una pregunta importante para cada uno de nosotros es esta: ¿estamos haciendo que el evangelio sea atractivo a otros por la forma en que nos comportamos en la época navideña? ¿Nuestros mensajes verbales y no verbales hacen que la gente se sienta afirmada a apartar un tiempo para celebrar el nacimiento del Hijo de Dios, o los hacemos sentir desanimados de alguna forma? ¿Damos en cierta forma la impresión de que el cristianismo incluye la idea supersticiosa de que somos impuros al observar ciertos días?

         Una buena enseñanza para enfatizar en esta época del año es la realidad de que el que nos redime de toda maldad y nos purifica para él (Tito 2:14) puede redimir el tiempo y permitirnos usarlo para su gloria.

Amor encarnado: Dios se hace carne

         Otra buena enseñanza acerca de Jesús en la que podemos fijar nuestros ojos es la manera en que Dios escoge dar a su Hijo por nosotros. Él lo envió a nacer de una mujer (Gálatas 4:4). Si hay algún cumpleaños que celebrar, ¡seguramente es este!

         ¡Dios se hizo carne! Que pensamiento más increíble. Todavía no podemos entender cómo un individuo puede ser al mismo tiempo completamente Dios y completamente humano. Pero lo creemos porque eso es lo que la Palabra de Dios nos dice: “De ellos son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre! Amén” (Romanos 9:5). Sólo pensar en eso llevó a Pablo a la adoración – “¡Alabado sea por siempre! Amén”.

            En la época navideña tenemos una oportunidad especial de unirnos con Pablo para contemplar este innegable gran “misterio de nuestra fe: Él se manifestó como hombre; fue vindicado por el Espíritu, visto por los ángeles, proclamado entre las naciones, creído en el mundo, recibido en la gloria. (1 Timoteo 3:16).

         La navidad nos da la oportunidad no sólo de pensar en Cristo viniendo en la carne sino también de revivir esta realidad. Esa es la importancia de muchos desfiles y actuaciones teatrales navideñas. Esto permite que todos nuestros sentidos estén involucrados, no sólo nuestra mente. Permítanme compartirles un ejemplo personal. Cada año una iglesia Metodista local hace una reactuación detallada del nacimiento de Jesús. Construyen un pequeño pueblo, con tiendas, casas, un fuerte y la escena del pesebre. Traen cabras, vacas y gallinas vivas. Los miembros de la iglesia se ofrecen como voluntarios para vestirse como vendedores, soldados romanos (¡hasta uno a caballo!), como peregrinos buscando alojamiento, como ángeles, y como María y José. Y en los brazos de María está un bebé real recién nacido.

         Hacen esto por tres noches cada Navidad y lo han estado haciendo por años. Yo he ido varias veces en los años pasados. Un año mientras caminaba a través del pueblo y entraba en la escena del pesebre comencé a estornudar. El heno y el olor de los animales me provocaron alergia. Una pequeña cosa. Una parte ordinaria de mi vida diaria. Pero de pronto esto se convirtió en algo sobrenatural para mí. Me mostró en una nueva forma que el Dios perfecto decidió ponerse a sí mismo en un mundo de alergénicos, gérmenes e impotencia. Escogió nacer en un rincón del Imperio Romano. Entre los pobres. Con animales como sus compañeros de cuarto. En una nueva forma – en vivo y a todo color – experimenté este increíble amor de un Dios que nos ama tanto que vino por nosotros. Se sujetó a las limitaciones de la vida en la carne, hasta el punto de ser “obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!” (Filipenses 2:8).

         Mientras estaba entre los animales, junto a la paja y mirando al hijo de alguien que estaba representando al Hijo de Dios, pensé: espero que el pastor haya pedido un bebe sin alergias. Y luego me di cuenta de que hacer que el niño Jesús fuera sin alergias no era de importancia para el Padre. El enfoque del Padre era rescatarnos de las devastadoras cadenas del pecado, así que “no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (Romanos 8:32). Pedir venir a una vida cómoda ni siquiera se cruzó por la mente de Jesús, él “dio su vida por nuestros pecados para rescatarnos de este mundo malvado” (Gálatas 1:4).

         Así que él vino a nuestro mundo. Voluntariamente, como había sido enviado. Para rescatarnos. Porque nos ama.

         Así que, también nos envía a nosotros. Dentro de este mundo lleno de pecado. Para ser su presencia personificada. Para que otros conozcan que Dios los ama. Para animarlos en su esfuerzo por experimentarlo a él y a su amor. Para extenderles ese amor que nos ha dado a nosotros.

         Queridos hermanos, algunas verdades nunca pueden repetirse suficiente. Y deben ser más que escuchadas. Deben ser experimentadas. Las celebraciones bien pensadas pueden ayudarnos a revivir las obras salvadoras de Dios y experimentar de nuevas formas la maravilla de un amor que viene a nuestro mundo. Esta Navidad, por qué no pedirle a Dios que nos de nueva intuición a Su corazón. Para ayudarnos a ver la Encarnación de una forma nueva y muy personal. Formas que nos hagan querer vivir una vida de encarnación – permitiendo a Jesús vivir en nosotros de tal forma que nuestra pasión sea hacer que el evangelio sea atractivo a otros en toda época del año, incluyendo la época navideña.

         Pero para que esto suceda usted debe pedirle a Dios que le quite cualquier obstáculo en su corazón o en su mente que no le permita experimentar en formas nuevas y más personales, la realidad de su amor.

         ¡Tengan una temporada Cristo-céntrica! Y que el Nuevo Año los encuentre haciendo el evangelio más y más atractivo para las personas que conozcan.

Charles Fleming

Director Regional de la Iglesia de Dios Universal para América Latina y el Caribe.


 

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